No hay mejor lugar para firmar la paz que la U. Nacional

El auditorio León de Greiff está listo para un hecho simbólico que marcará el inicio de una nueva etapa de la vida política del país.

Durante su más de siglo y medio de existencia, la Universidad Nacional ha sido la conciencia de la nación. Sus profesores, investigadores, egresados y estudiantes han trabajado arduamente para contribuir a mejorar la calidad de vida de los colombianos con su producción científica, desarrollos tecnológicos, obras de arte, investigaciones sociales y literarias, entre otras formas de creación. Pero también ha puesto víctimas en esta ola de violencia, como Jesús Antonio Bejarano, más conocido como ‘Chucho’, profesor y exnegociador de paz.

La firma del Acuerdo de Paz entre el Gobierno y las Farc es uno de los hechos simbólicos más importantes de nuestra historia política. Algunos han señalado que debe tener lugar en Marquetalia (Tolima); otros en medio de la polémica existente por estos días, han propuesto a la región geográfica de Urabá por la intensidad que el conflicto tuvo en esta zona, y por esta misma vía, algún punto del departamento del Cauca, del Putumayo, de Cundinamarca, de Boyacá, de Antioquia. La lista sigue. En realidad tendríamos que evaluar los 32 departamentos del país, y tener en cuenta que todo el territorio nacional ha sido afectado por esta guerra sin cuartel. Para ser ecuánimes, no hay lugar más propicio para firmar la paz que el auditorio León de Greiff de la Universidad Nacional.

Si la guerra entre el Estado y las Farc comenzó por la exclusión social, política y el desconocimiento de las reivindicaciones agrarias de los movimientos campesinos, la paz debe comenzar por la inclusión de los marginados en las aulas de clase, para que se formen y ayuden a construir un nuevo país.

Si el conflicto armado que experimenta el país comenzó porque hombres como Laureano Gómez desconocían las diferencias, la paz debe comenzar en cátedras en las que se les muestre a las nuevas generaciones el valor de la diferencia, y la necesidad de respetar a quien piensa, opina, ama, o cree diferente.

Si la guerra comenzó por el olvido estatal al campo y al atraso técnico al cual han estado sometidos durante décadas los campesinos de las fronteras del país, la paz debe comenzar por la formación de técnicos, ingenieros agrícolas, zootecnistas, médicos y cuanto profesional necesario para el desarrollo rural.

Si la guerra comenzó por la alta centralización, la paz debe comenzar por garantizar educación en las regiones. Y allí es donde quiero hacer énfasis: el León de Greiff no es únicamente el auditorio de la sede Bogotá de la Universidad Nacional, es el auditorio de los estudiantes de la Orinoquia, de la Amazonia, de Tumaco, de Manizales de Medellín, del Archipiélago de San Andrés y Providencia. El León de Greiff es el auditorio de cada uno de los grupos de investigación que trabajan en el Pacifico, en el Cauca, en Nariño, en la Guajira. El auditorio León de Greiff es de todos los colombianos, como la Universidad Nacional, patrimonio de la Nación.

Si la guerra surgió al calor y el ruido de los fierros, que la paz surja con el conocimiento y la curiosidad científica.

En el escenario del posacuerdo con las Farc y el proceso de paz que se está cocinando con el Eln, la educación será una de las patas que sostendrá la reconciliación de la sociedad colombiana. Con un aumento en el presupuesto, el Gobierno nacional puede encomendarle la formación educativa de los reinsertados a las universidades públicas, como sucedió con el M19 y la Universidad Pedagógica. La Universidad Nacional y sus cinco sedes pueden ser entonces la clave para consolidar la paz.

En todo caso, más allá del lugar, lo clave es que el acuerdo se cumpla. Y estos horrores vividos desde nuestra genealogía sean para nuestros nietos tan solo una historia de terror contada en nuestra vejez con la certeza del nunca jamás.