Ni establecimiento ni estancamiento

Colombia registra hoy indicadores sociales muy diferentes a los del siglo pasado. Entre 1940 y 1970, de manera acelerada, una parte importante de la sociedad colombiana accedió a la clase media y a una vida menos llena de estrecheces.

Por Sebastián Guerra Sánchez

El senador Jorge Robledo viene machacando una idea como eslogan de compaña: derrotar a “los mismos con las mismas” en las próximas elecciones presidenciales. Derrotar a Santos, Uribe, Vargas, y también a De La Calle, pues todos, sin excepción, hacen parte del “establecimiento” que desde siempre ha mal-gobernado a Colombia. También habría que derrotar a Petro y a las Farc, dice, pero por razones diferentes.

Lo del “establecimiento” es una idea vieja y perezosa. Oculta más de lo que permite ver. La palabra se la inventaron los satíricos ingleses por allá en los años cincuenta para referirse a la muy minúscula y conservadora élite que bajo las mismas ideas e intereses dominaba la política, los negocios y los medios de comunicación en Inglaterra. En la Colombia de hoy la palabreja no aplica, pues a pesar de los apellidos que se repiten y las concentraciones de poder –piénsese en el conglomerado Sarmiento Angulo–, diversas élites y contra-élites pujan por el control del Estado.    

Para empezar, Uribe y Santos no son lo mismo (sí, hay que volver a insistir en esta idea). El recurso homogeneizante al neoliberalismo, la corrupción o la “mermelada”  no soluciona el problema. Ya lo decía Carlos Gaviria en una de las últimas entrevistas que concedió: “Convertir el Estado de derecho en Estado de opinión, degradar el Estado social a Estado comunitario, amoldando el rótulo a los intereses del autócrata, herir de muerte la independencia de los jueces por no ceder a sus exigencias ilegítimas y vulnerar la intimidad de los opositores mediante la interceptación ilegal de las comunicaciones no me parecen asuntos de mera forma”. Gaviria –quien sin sonrojarse hizo público su voto por Juan Manuel Santos en la segunda vuelta presidencial de 2014– no se refería al proceso de paz, sin duda el gran legado de Santos, sino al funcionamiento mismo del Estado de Derecho. 

Como lo ha explicado el historiador Malcolm Deas, la idea de una “élite del poder” indiferenciada y monolítica que actúa articuladamente en torno a unas mismas ideas e intereses desconoce de un tajo la separación constitucional de poderes (los cuales entran en pugnacidad a menudo); la diversidad de gremios y asociaciones económicas (que en ocasiones chocan con el ejecutivo y en otras no); las fuerzas regionales que ascienden y descienden, se consolidan y desaparecen.  La denominada “fila india” que encarrilaba a los candidatos presidenciales uno tras otro ha desaparecido. Incluso, durante el Frente Nacional se pueden establecer diferencias significativas entre un gobierno y otro.

Si hiciéramos el ejercicio sociológico de identificar quiénes hacen parte del “establecimiento”, ¿dónde trazamos la raya? ¿Iván Duque es establecimiento? ¿Martha Lucía Ramirez? ¿Maurice Armitage? ¿Oscar Naranjo? ¿El alcalde de Bucaramanga o el de Ibagué? ¿son los mismos con las mismas? Los intereses económicos, regionales y políticos son diferentes y las apuestas de gobierno varían, a pesar de los esfuerzos ideológicos por empaquetarlos. Incluso, un mismo gobierno –particularmente los gobiernos de centro–, dada la pluralidad de  actores e intereses que los integran, pueden contener y poner en marcha diversas agendas, algunas más clientelistas y otras más tecnocráticas, unas más de izquierda, otras más de derecha.

Quizás el senador Robledo insiste en la idea porque va en sintonía con un viejo tópico de la izquierda nacional que establece que en Colombia, desde la independencia (o desde el despunte del capitalismo, o desde la apertura de los 90) “nada ha cambiado”. “¿Cómo va haber cambiado algo si siempre han gobernado los mismos?”, pregunta el senador. Un diagnóstico que recuerda la falsa distinción que Orlando Fals Borda establecía entre “cambio marginal” y “cambio significativo”, de la cual concluía que aquí todo cambio o transformación había sido insustancial.

Como bien lo ha mostrado el institucionalismo histórico, el cambio social es, en palabras de Douglas North: “abrumadoramente incremental”. Lo normal es, por tanto, la reforma parcial, la modificación precisa, la evolución sucesiva de pequeñas trasformaciones que, en su encadenamiento, trasladan a las sociedades de una estado de cosas a otro. De ahí la importancia de pensar lo que transciende a los gobernantes de turno: las burocracias, los diseños institucionales, la materia gris y dura del Estado. 

Sin pasar por el populismo o la revolución, en su propia “medianía”, Colombia registra hoy indicadores sociales muy diferentes a los del siglo pasado. Entre 1940 y 1970, de manera acelerada, una parte importante de la sociedad colombiana accedió a la clase media y a una vida menos llena de estrecheces. Por no ir muy lejos, entre 2010 y 2016, a lo largo de la actual administración, 4.3 millones de personas salieron de la pobreza. Una cifra para nada despreciable. Avances que, sin embargo, son sistemáticamente negados por algunos de nuestros mejores intelectuales y políticos, quienes practican, sin matices ni atenuantes –y sin la debida impugnación social–, una retórica del fracaso.

Ni establecimiento ni estancamiento. Es otro el punto de partida.