Negociación, ¿“porque sí” o por qué sí?

La invitación de hoy es a no caer en falsas hipótesis y, por el contrario, a abordar de una manera objetiva el por qué de los acuerdos. Para tales efectos debemos preguntarnos: ¿por qué una negociación?

Desde su publicación definitiva, mucho se ha dicho acerca del Acuerdo de Paz construido en La Habana. Que estuvo mal negociado, que el equipo del Gobierno otorgó muchas concesiones y, más preocupante aún, que la mejor alternativa para ponerle un fin a la guerra consiste en continuar con la lucha armada y no en negociar. La invitación de hoy es a no caer en falsas hipótesis y, por el contrario, a abordar de una manera objetiva el por qué de los acuerdos. Para tales efectos debemos preguntarnos: ¿por qué una negociación?

Autores como William Ury y Roger Fischer – mundialmente reconocidos por sus grandes aportes a la teoría de la negociación – han establecido que un buen proceso negociador es aquel que, en vez de ser el producto de un ganador y un perdedor, es el resultado de un acuerdo de mutuas ganancias. En ese sentido, en la negociación nadie tiene por qué perder. Quien se sienta en la mesa debe ser consciente que para alcanzar sus intereses tiene que ceder. En otras palabras, negociar es un proceso en el que se acuerdan líneas de conducta para resolver conflictos, incluso los más irreconciliables, como los de las FARC y el Gobierno Nacional.

No obstante, la verdadera cuestión está en qué fue lo que motivó a las partes en conflicto a llegar a negociar. Para ello no requerimos de las teorías de Ury y Fischer sino de algunos elementos inherentes a los estudios sobre resolución de conflictos. Y advierto, no es mi intención hacer de esta columna de opinión un ensayo académico – o al menos llenarlo de teoría somnolienta - pero ¿no cree usted que con tanto debate andante necesitamos un poco más de profundidad en nuestros argumentos? Yo creo que sí. Por ello traigo a la mesa tres razones (fundadas en el pensamiento de autores como Camilo Echandía, Bárbara Walter y Jesús Antonio Bejarano) que explican los motivos por los cuales la negociación entre las FARC y el Gobierno no fue una decisión tomada a la ligera.

En primera instancia, en Colombia ya sufríamos de un agotamiento por la guerra. Los costos asociados a ella en términos de duración, víctimas y esfuerzo institucional dejaron de ser sostenibles. Vivir un conflicto armado interno por cincuenta años no solo implica un desgaste económico y político, sino el simple y humano hecho de terminar librando una guerra insana que no es nuestra. De acuerdo con cifras del Centro de Memoria Histórica de Colombia, el conflicto armado interno ha cobrado la vida de más de 218 mil personas. De esta cifra, el 81% (que equivale a alrededor de 180 mil personas) han sido civiles. El conflicto ha dejado 27 mil víctimas de secuestros entre 1970 y 2013, así como entre 1981 y 2013 se registraron 23 mil asesinatos selectivos, más de 11 mil víctimas de masacres y 25 mil desapariciones forzadas. Como dice el adagio popular, “no hay mal que dure cien años, ni cuerpo que lo resista.”

En segundo lugar, en Colombia hubo un estancamiento militar que motivó a las partes a recurrir a otras alternativas, como la negociación. Cabe aclarar que esto no se refiere a la concepción de un empate militar, sino propiamente a la incapacidad de una parte de infligirle un daño certero al enemigo, y de esa manera superarlo definitivamente. Cabe recordar que con la iniciativa de reforma militar de Andrés Pastrana y la Política de Seguridad Democrática de la administración de Álvaro Uribe las Fuerzas Militares del país se fortalecieron y su capacidad de combatir a las guerrillas aumentó. Las bajas de alias “Raúl Reyes”, del “Mono Jojoy” y de Alfonso Cano en las operaciones Fénix, Sodoma y Odiseo representaron un contundente golpe para las FARC. Con hazañas militares de tal magnitud, fue fácil pensar que el Gobierno Nacional podría fácilmente ejecutar una victoria militar total.

No obstante, la capacidad defensiva de los remanentes de las FARC se mantenía vigente por tres razones principales: las tropas se replegaron en zonas de frontera de alto valor estratégico por su difícil acceso y la baja presencia del Estado; controlaron los corredores de droga para sobrevivir económicamente; y privilegiaron la utilización Minas Antipersona como estrategia de defensa, lo que impidió el rápido avance de las fuerzas del Estado para su combate. De ese modo, pensar que la mejor estrategia consistía en combatir era alejarse de las alternativas reales para ponerle fin al conflicto.

Por último, tras el agotamiento por el conflicto y la incapacidad de superarlo militarmente, pensar en negociar requiere de la superación de un asunto clave: la desconfianza. Es el peor de los males en un conflicto; es lógico: es natural no confiar en las buenas intenciones de la contraparte, especialmente si se encuentra armada. Por ello el acompañamiento de terceros actores es crucial. Frente a eso Cuba, Noruega, Venezuela, Chile y las Naciones Unidas han actuado de un modo mediador tal que ambas partes están motivadas a confiar en que lo que se pactó se va a cumplir.

En conclusión, la negociación ocurre por el agotamiento del conflicto, el estancamiento militar y la participación de terceros que garanticen la confianza entre las partes. Carl Von Clausewitz alguna vez afirmó que la guerra es la continuación de la política por otros medios. Si completamos la ecuación, podemos atrevernos a decir que la negociación es la continuación de la guerra por medios más solemnes. Negociar no implica engendrar una amistad, pues el conflicto ideológico será eterno e irreconciliable, pero la guerra no. Por eso las FARC y el Gobierno han comprendido que no pueden alcanzar sus objetivos por medios militares, de manera que resulta necesario valorar la bondad de la negociación e interiorizar que, aunque lo negociado no implica la paz absoluta, sí se refiere a abrazar la idea de construirla de manera estable y duradera.