¡Murió Perla María!

Cómo lloran tus mujeres ese tumbao y los regaños arrugaos en tu rostro cansao. Murió la puta, la maestra, la lectora, la que un día llegó de Cuba amándola por siempre en un rincón de Cúcuta.

La mulata de cadera cadenciosa que bailaba dando palmas. La de mirada diáfana del azúcar ¡uepa je! La que ponía a bailar el parque Mercedes. La dueña de la noche. Cómo lloran tus mujeres ese tumbao y los regaños arrugaos en tu rostro cansao. Murió la puta, la maestra, la lectora, la que un día llegó de Cuba amándola por siempre en un rincón de Cúcuta.

-Yo no necesito tacos altos, el sabor está en mi cuerpo-, dicen que decía.

¡Hoy se murió!  

Siempre dichosa, renaciendo en los brazos de otro, de otros, de ninguno.

-¡Mi cuerpo te agradece!-, dicen que decía después del amor. Nunca “Mi dios le pague”.

¡Se murió Perla María!, la de todos, la de nadie. La dueña de los cabaret de la frontera, la que no se dejó comprar por el nuevo negocio, ¡ella no!, ella venía del verdadero negocio, de cuando había dignidad. El oficio de las mujeres libres que daban su cuerpo por placer o dinero, como en la antigüedad.

-¡Eligió ser puta!, nadie se lo impuso-, dicen y piensan algunos de alguna manera.

¡Las lucecitas de la rumba te extrañarán por siempre, Perlita!

No murió de ninguna enfermedad, ni la mató ningún hombre, salió victoriosa. No la detuvo ningún policía ni ningún narco, ganó. Ni Fidel, ni los barbados de la sierra pudieron contra ella, se les voló. Sobreviviente de la guerra y de la sierra. Los hombres gozaban con lo que traía de La Habana, mientras rezaba en secreto a sus dioses negros para que siempre volvieran. Así hizo fortuna, dicen.

Con tanto sabor en poco tiempo hizo billete, ¡Perla María!, el primero por trabajo y el segundo de pila: Perla y María, su conjugación Y así lo repetía: soberbia, altanera, serena, mandona y curtida en el oficio. La de las lucecitas rojas, a la que pocos llegaban.

-¡El orgullo de una puta es elegir a quien se come y no quien se la come a una!-, dice Regina, la transexual que conoció a Perla María

Y vos lo lograste, Perlita.

Cuando muchos se fueron de la revolución de los barbudos, en la isla que había sido el patio de los del norte, a Perla María no le quedó salida que irse con su oficio pa otro lao. Cantó con Celia sus desdichas y se fue a un país desconocido al sur del continente. Llevaba algunos versos, también escribía, pero pronto los cambió por su cuerpo en tiempos de la bonanza petrolera al nororiente del país del sagrado corazón.

- ¡Ay Perla María, salud!- brindan algunos que no escucho en la multitud del parque.

Murió gorda y sin pronunciar la “r”, como las matronas del caribe. Todavía movía las piernas aunque las había cambiado por la calculadora. Administradora y consejera del negocio, como buena maestra. Caminaba despacio pero con sabor.

No la quiso el obispo, ni el alcalde, ni las reputadas familias, muchos menos los políticos, pero la quería el pueblo, las mujeres para quien fue su ejemplo y los hombres que de jóvenes compartieron eternas rumbas en su cuerpo. ¡Cómo bailaba!

-¡Todos vendemos algo en nuestra vida!-, decía un amigo mientras tomábamos una cerveza

Y la caravana emblemática pasaba al frente de nosotros llevando a la inolvidable Perla María, que nunca conocimos pero que todos comentaban. La perlita aquella, de todos y de nadie, la del timbal, la de las congas, la maestra del oficio.

¡Hasta siempre Perla, hasta siempre María!