Memoria capital

El relato histórico de Bogotá ha sido una colcha de retazos como resultado, en gran medida, de la reacción coyuntural y desorganizada a sus propias problemáticas.

Aunque buena parte de la violencia en Colombia ha tenido lugar en territorios alejados de las grandes ciudades, Bogotá, la capital colombiana donde confluye todo el país para bien o para mal, esa ciudad que parece sin dueños ni dolientes, ha sido escenario de hechos transcendentales dentro del conflicto armado que han determinado la dinámica de violencia nacional. Desde el asesinato de Jorge Eliécer Gaitán y el caos ocasionado por el Bogotazo en abril de 1948, pasando por la toma del Palacio de Justica en 1985; los magnicidios de tantos colombianos valiosos y valientes como Luis Carlos Galán, Guillermo Cano, Jaime Garzón, Eduardo Umaña, entre tantos otros; las bombas del DAS en 1989, de la calle 93 en 1993 y del Club El Nogal en 2003; y cerca de Bogotá, en Soacha, hace cerca de una década, el origen de los falsos positivos. Todo esto sin contar con que Bogotá es la ciudad que mayor número de desplazados ha recibido con ocasión del conflicto.

A pesar de esa demoledora realidad, el relato histórico de Bogotá ha sido una colcha de retazos como resultado, en gran medida, de la reacción coyuntural y desorganizada a sus propias problemáticas. La falta de reflexión hacia adentro, hacia lo que ha significado Bogotá dentro de la violencia de los últimos casi 70 años, ha sido característica generalizada de nuestra ciudad. Se ha desconocido el riesgo tan grande que ha corrido siempre la estabilidad del país gobernado desde el lugar donde se han presentado los actos más graves de nuestra historia reciente.

En 2014, mediante decreto, la calle 26 -desde la avenida Ciudad de Quito hasta Monserrate- fue designada como ‘Eje de la Paz y la Memoria’, con el ánimo de contribuir al proceso de reparación de las víctimas y con el fin de articular y consolidar los esfuerzos aislados que hasta el momento existían en torno a la memoria de la ciudad. La selección de ese corredor como escenario urbano de memoria histórica bogotana, no fue aleatorio: sobre la 26 se encuentra el Cementerio Central de la ciudad, donde reposan los restos de muchas víctimas de la violencia en Bogotá. Además, esa calle cuenta con espacios que paulatinamente han venido siendo reclamados como lugares de memoria, como el Parque de la Independencia y la Plazoleta de los Murales. En 2012 en el Parque del Renacimiento, se inauguró el Centro de Memoria, Paz y Reconciliación con el Memorial por la Vida, construido alrededor de la simbología de la tierra y las víctimas. Adicionalmente, en desarrollo de esta iniciativa de consolidación urbana de la memoria de la ciudad, en la 26 con 30 se tiene previsto construir el Museo Nacional de la Memoria como resultado de la puesta en marcha de la Ley de Víctimas de 2010.

La coherencia de este gran plan urbanístico en torno a la memoria de la ciudad, choca hoy con voces que pretenden desarticularlo. En particular, la iniciativa de reemplazar con una cancha de fútbol los columbarios del Cementerio Central que lindan en perfecta armonía con el Memorial por la Vida y que fueron intervenidos por la artista plástica Beatriz González con el apoyo de la también artista Doris Salcedo, hace unos pocos años, resulta desconcertante. Es una propuesta que parece ignorar el momento trascendental por el que atraviesa Colombia. La obra ‘Auras Anónimas’ en los columbarios es un espacio que invita

a la reflexión alrededor de ese duelo pendiente que tenemos que hacer como ciudad y como país para consolidar el anhelo nacional de paz; es el arte trascendente al servicio de la cohesión social, la verdad y la reconciliación, a la altura del momento histórico actual, pues, como afirma la maestra González, sin memoria y sin duelo no llega la paz.

Los bogotanos necesitamos construir juntos el relato que compartimos. No podremos mirar hacia adelante ni encontrar una verdadera identidad como ciudad, renunciando a reconocer nuestro pasado y al recorrido que nos ha llevado a ser lo que somos. Por eso, nos merecemos que nuestros gobernantes velen por la protección del patrimonio cultural e histórico que da testimonio de lo que somos y de dónde venimos. Solo así, nos reconoceremos colectivamente como ciudadanos y como parte de un mismo proyecto de país