Más partidos políticos, ¡por favor!

En nuestros tiempos de creciente e irreversible individualismo social y especialización económica, acelerado por la digitalización global, los partidos políticos deberían servir de anclaje político, prestando orientación en un mundo cada vez más complejo. La realidad es otra.

Es temporada de lanzar las campañas presidenciales otra vez. A tan sólo diez meses de las próximas elecciones democráticas, las primeras del posconflicto, uno tras otro precandidato anuncia en exornadas, pero poco precisas, palabras su proyecto político con el que competirá en la contienda presidencial que culmina en junio de 2018.

La exministra y esperanzadora candidata Clara López, por ejemplo, acaba de lanzar la plataforma electoral #todossomoscolombia (siempre con hashtag) que aspira, según su propria definición, unir “grupos de jóvenes y mujeres, grupos poblacionales, de todas y todos, que busca articular los más variados sectores de la sociedad en una convergencia pluralista y democrática”. Su competencia Claudia López, de la políticamente desconcertante Alianza Verde (¿son más socio-liberales que ecologistas?), busca generar atención pública al enfoquarse en la escencial batalla contra la corrupción. 

Para que me entiendan correctamente: esas dos presidenciables, y algunos otros también, son bastante prometedoras, parecen poseer convicciones progresistas y creencias avanzadas, pero como votante informado me gustaría saber más sobre su cultura política y tradición partidista. Los candidatos a la Presidencia son predominantemente individuos con agendas y campañas personalizadas, mientras que los partidos son el sistema multifacético de dónde salen, que forman y desafían a esos futuros gobernadores y líderes. En otras palabras: son un filtro elemental del funcionamiento de la democracia representativa y ningún otro aparato, ni el "big business" (candidatos como Trump) ni la religión organizada (candidatos como el ultra-evangélico alcalde de Río de Janeiro) puede ocupar.

En nuestros tiempos de creciente e irreversible individualismo social y especialización económica, acelerado por la digitalización global, los partidos políticos deberían servir de anclaje político, prestando orientación en un mundo cada vez más complejo.

La realidad es otra, lamentablemente. Especialmente en Colombia, el “mercado electoral” está caracterizado por una considerable fragmentación política, una alta volatilidad y, en muchos lugares, una limitada participación de las mujeres y minorías étnicas en la política. Muchos dicen que el primer culpable es el electorado, no las instituciones, sencillamente porque disminuyó la identificación partidista del pueblo.

Yo no estoy de acuerdo con esa explicación simplista. Este país vivió la época del Frente Nacional, seguido por un periodo de aún más predominio absoluto de la representación democrática por parte de los dos grandes partidos: Liberal y Conservador, antes del surgimiento de los Nuevos Partidos. Sí, los partidos perdieron gran porcentaje de sus militantes, en parte porque se debilitó el vínculo con organizaciones intermedias. Siendo los sindicatos el ejemplo más destacado de esto. Muchas entidades constantemente se re-configuran, reorientan, cambian de nombre e integrantes principales, desaparecen y se refundan. Eso impide generar confianza pública en el sistema partidista y en la representación parlamentaria.

Yo aprecio la diversificación democrática, sin embargo debería ser posible para los partidos colombianos facilitar un cierto nivel de diferentes alas, posiciones y credos bajo el mismo techo organizativo. Estamos viendo otra vez pre-candidatos usando los colores de “su partido”, aunque ni el nombre de la entidad que, aparentemente representan, está en la portada de sus páginas web.  

Obviamente, los partidos se tienen que modernizar: abrir sus convenciones al público, introducir transparencia a los asuntos y votaciones internas, invitar a la participación partidista (también a independientes y a los que no aportan financieramente), comportarse más como organizaciones de base que de la élite.

La democracia representativa, especialmente la presidencial, requiere un “colador de candidatos” y una red perimetral. Ojalá #todossomoscolombia y otras plataformas no cierren sus cuentas de Twitter o borren sus cuentas en Facebook sino que manifiesten y puntualicen su rumbo, presencia y visión política – antes, durante y después del voto presidencial–.