Más museos para la memoria en Colombia

Es imposible reconstruir un país sin memoria. Si no tenemos la capacidad de decirnos la verdad en la cara aun con lo doloroso que esto pueda ser. Necesitamos espacios donde nos contemos una y otra vez lo que pasó, cómo ocurrió y quiénes fueron sus responsables.

La esma era el lugar a donde llevaban los secuestrados y perseguidos por la dictadura argentina. Generalmente eran jóvenes, profesionales críticos o militantes de alguna organización política opuesta al régimen. Y aunque las cifras hablan de más de 30.000 desaparecidos, 3.000 personas o más pasaron por este sitio clandestino ubicado en Buenos Aires.

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La exesma, como popularmente se le conoce, es un predio gigante en donde se formaban cadentes y funcionaban algunos talleres de mecánica de la armada argentina. Uno de los edificios se llama el casino, tiene tres pisos y un enorme sótano. En el tercer piso confinaban a los desaparecidos y en el sótano los torturaban. Aun se paran los pelos de punta al ver las paredes con cicatrices que narran la crueldad de los hechos.

Me fue imposible durante la visita guiada no comenzar a realizar una comparación con la situación de Colombia, especialmente cuando en un momento del tramo se dijo con detalle el nombre de los verdugos y los procesos penales que algunos afrontan. Y ahí descubrí que la esencia para un museo de la memoria no solo es recordar el rostro de las víctimas, es sobre todo denunciar la verdad de lo ocurrido, cuáles fueron los intereses y sus responsables.

No pude dejar de imaginar si nosotros en Colombia hubiéramos hecho lo mismo con el DAS. En Cúcuta por ejemplo tumbaron el edificio al que, se sabe, llevaron muchas personas hoy desaparecidas. O si hiciéramos lo mismo con el Cantón Norte de Bogotá en donde asesinaron personas inocentes sospechosas de la toma del Palacio de Justicia, o por qué no, convertir el mismo Palacio en un espacio para la memoria a donde podamos ir para que nos muestren la verdad de lo ocurrido.

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Otro aprendizaje importante sobre un museo para la memoria es que el espacio debe ser vital, que siga vivo, que se lo empoderen los procesos sociales y sea el escenario que motive nuevas luchas. Que sea un actor que siempre interpele para revisar lo que sigue ocurriendo y alerte sobre acontecimientos que directa o indirectamente estén llevando a repetir la represión y la eliminación del otro diferente.

Pero lejos estamos aún en nuestro país de tener espacios de este tamaño, mucho menos cuando los perpetradores siguen de algún modo en el poder y cuando ni siquiera tenemos una versión común de las causas que nos llevaron al exterminio total del otro diferente. Hasta hace muy poco a un partido político que exterminaron en miles, le devolvieron la personería jurídica, a los que algo podían decir los extraditaron y ni siquiera un sistema jurídico que podría conducirnos al camino de la verdad dejó de pasar manoseado por el parlamento.

Es imposible reconstruir un país sin memoria. Si no tenemos la capacidad de decirnos la verdad en la cara aun con lo doloroso que esto pueda ser. Necesitamos espacios donde nos contemos una y otra vez lo que pasó, cómo ocurrió y quiénes fueron sus responsables. Pero se me hace que todavía estamos muy frescos, que a lo mejor demoraremos algunas generaciones más para hacer la nueva Colombia.

Mientras tanto, las víctimas, nuestros desaparecidos siguen esperando justicia, las miles de familias aguardan que por lo menos les digan donde pusieron los cuerpos y por qué los asesinaron… Y así bajaba las escaleras de la esma con todas estas cosas en mi cabeza, los ojos penetrantes de alguna imagen de un desaparecido me produjeron la sensación de que como pude ser él o ella, mañana podemos ser cualquiera de nosotros. Un miedo terrible penetró mis huesos.