Los colombianos que inmigraron al puerto de Buenos Aires

Felipe, Marta y Mauricio, tienen menos de treinta y cinco años de edad, es decir son hijos de un país roto por un conflicto crudo y cruel que apenas intenta cerrar sus grietas. Uno que los hizo a un lado como a millones de colombianos que viven en el exilio.

Felipe lleva cuatro años en Buenos Aires, es colombiano. Salió buscando oportunidades académicas y decidió quedarse, ama su país, pero dice que no le ofrece nada, y que con este gobierno ve menos oportunidades en el horizonte, solo deudas, maltrato y plomo, afirma entre risas. Se vino a probar suerte como licenciado en comunicación, y aunque Argentina se pone peor que Colombia aplicando las recetas neoliberales, manifiesta que acá le brindan más posibilidades de trabajar y especializarse y de ser él mismo, un tipo gay, punkero y ateo, sin discriminación, insiste.

Marta también es colombiana aunque se considera “ciudadana del mundo”, una suerte de protesta contra su nacionalidad. Dice que a Colombia “no vuelve ni multada”, “Colombia es pa los ricos, pa el que tenga plata o quiera vivir endeudado”, dice que no le interesa ninguna de estas opciones, “y que entonces pa que volver”. Es paisa, y a diferencia de Felipe que es rolo (bogotano), califica a su país de “mala patria”, como ya lo hicieran otros reputados connacionales exiliados del tamaño de García Márquez y Fernando Vallejo.

Mauricio se licenció en Filosofía y es artista, intentó varias veces aplicar a las reducidas becas colombianas y hasta militó en un movimiento político de su entonces universidad en el Valle del Cauca, lo que le costó persecución a muerte, humillaciones y de paso una depresión de la cual casi no sale. En algunas de sus letras e imágenes está retratado el delirio de sentirse asesinado por su pensamiento de izquierda y su arte militante. Dice que su condición en un país como Colombia, sumado a no pertenecer a ninguna élite literaria o rosca de revistas y diarios, le impidió publicar dos novelas que ya han sido reproducidas por editoriales independientes en Buenos Aires y sin persecución de ninguna clase.

Felipe, Marta y Mauricio, tienen menos de treinta y cinco años de edad, es decir son hijos de un país roto por un conflicto crudo y cruel que apenas intenta cerrar sus grietas. Que los hizo a un lado silenciosamente como a millones de colombianos que viven en el exilio, pero sobre los que nadie dice nada. Tres jóvenes que representan una generación productiva que ha decidido ofrecer sus capacidades de trabajo y creación en un país que no es el suyo. Donde no los rechazan por lo que son, ni les cierran espacios por el simple hecho de pensar y ser diferente.  

Solo uno, Felipe, votó en las presidenciales por la Colombia Humana, los demás fueron indiferentes, consideraron que Colombia no cambia ni con un presidente de izquierda, dan a entender que el país tiene una destrucción tal que necesita de generaciones y cambios culturales antes que sucesiones de poderes ejecutivos. Los tres apoyan el proceso de paz con las Farc y lamentan que ahora se cierre la puerta con el ELN. Y esperan sobre todo pronóstico que haya una apertura realmente democrática, no simple remiendos de leyes y decretos.

Conversando al ritmo de unas cervezas en la avenida Córdoba, una importante calle de Buenos Aires, en un café viejo de anarquistas españoles que llegaron al viejo puerto del sur en la oleada migratoria de principios de siglo XX, convinimos en una suerte de brindis tímido que la patria es el mundo y que al fin al cabo hay que vivir contra todo pronóstico donde podamos ser felices y realizados. Sin embargo, entre músicas y algarabías de personas de distintos países, una nostalgia colombiana nos invadió, hicimos silencio aunque nos miramos. Luego nos acompañó el sentimiento de abrazarnos junto a otros inmigrantes colombianos en todo el mundo y esperar que algún día la patria sea la buena madre que hasta ahora no ha podido ser.