Lecciones para montar en bicicleta

Un acuerdo de cese al fuego debe estar acompañado por una política de desarme. No hay discurso político legítimo si permanece acompañado por el poder de las armas.

Todavía recuerdo cuando aprendí a montar en bicicleta. En cada intento por dominarla, mi padre me invitaba a recordar los errores cometidos para mejorar. Creo yo que fue una experiencia no muy distinta a la de todos los que alguna vez nos aventuramos a intentarlo: de caída en caída, aprendimos.

Hace pocas semanas el proceso de paz con las FARC dio un giro deseado por todos: la firma sobre el fin del conflicto armado bilateral y el acuerdo sobre dejación de armas. Desde ese día, el país se ha visto en una maravillosa incertidumbre sobre cuándo será el día de la firma definitiva. Sin embargo, no podemos caer en la ansiedad. La paciencia es una virtud que ha acompañado nuestro proceso por más de tres décadas.

Es por eso que, a partir de un escenario común para muchos de nosotros, como lo fue el de aprender a montar en bicicleta, pretendo dar inicio a esta breve reflexión. De esta perspectiva tan sencilla es importante comprender que la construcción de paz en Colombia es un proceso que requirió de fuertes caídas antes de aprender a dominarla.

A partir de 1982 entendimos que de las caídas más duras surgen las heridas más difíciles de sanar. El expresidente Betancur fue el primero en descifrar que la oposición armada era merecedora de un espacio de diálogo formal y de la oportunidad de manifestar sus ideas en la política y no en las armas. El surgimiento de la Unión Patriótica representó un punto de inflexión en el conflicto con las FARC. No obstante, la falta de garantías políticas, el nacimiento de las estructuras paramilitares y la voluntad de las FARC por no dejar las armas tuvieron como efecto los desgarradores eventos que todos debemos recordar. Ante nuestro primer pedalazo hacia la paz, caímos, y muy duro.

La “Mano Tendida y Pulso Firme” de Virgilio Barco (similar a la “Mano Firme, Corazón Grande” de un presidente posterior) sepultó todo intento de negociación y cese al fuego entre el Gobierno y las FARC. Además, se hizo impensable una negociación bilateral tras los asesinatos de los excandidatos presidenciales Jaime Pardo Leal, Bernardo Jaramillo, Carlos Pizarro y Luis Carlos Galán. Al intentar subirnos de nuevo, resbalamos.

Con un país desangrado por la violencia y una guerrilla unificada y sin la voluntad para dejar las armas, las negociaciones de 1992 en Caracas, Venezuela, y Tlaxcala, México, estaban destinadas al fracaso. El gobierno de César Gaviria no pudo curar las heridas en las rodillas.

Fue hasta 1998 que el Gobierno adoptó una agenda arriesgada e innovadora para buscar la paz. A pesar de lo que se critica del proceso del Gobierno de Andrés Pastrana, cabe resaltar que la internacionalización del conflicto ha sido un factor fundamental para entender el porqué de lo que ocurre hoy. Desafortunadamente, un drástico error de cálculo como la zona de distensión y el secuestro sistemático de colombianos terminaron con los anhelos de paz, dejando, eso sí, una valiosa experiencia para el futuro. Empezamos a entender cómo agarrar el manubrio.

Tal como me enseñó mi papá, recordar los errores cometidos en el pasado resulta útil para aprender, en mi caso, a montar en bicicleta. ¿Tendrá una analogía tan simplista algo de relevante para la construcción de paz? Yo creo que sí. Repensar las estrategias de paz requiere de fallar. Pero de ello surgen, precisamente, las enseñanzas.

Para efecto de las presentes negociaciones, del periodo entre 1982 y 2002 aprendimos que el reconocimiento de la contraparte como actor político es una estrategia inteligente para motivar una negociación bilateral. Eso sí, con las garantías institucionales necesarias para respaldar el libre ejercicio democrático de la oposición.

Entendimos también que un acuerdo de cese al fuego debe estar acompañado por una política de desarme. No hay discurso político legítimo si permanece acompañado por el poder de las armas. Además, nos dimos cuenta de que la participación de terceros como observadores y mediadores internacionales resulta de gran ayuda para acompañar, custodiar y legitimar un proceso de paz.

La reflexión de este artículo tiene como propósito recordarle al lector que nuestro proceso no es aislado y que esta no es la paz de ningún presidente. Por el contrario, es el producto de una construcción que venimos realizando desde hace más de treinta años. Bajo los esfuerzos de varias administraciones hemos logrado entender cómo subirnos sin resbalar, pedalear hacia adelante y maniobrar en la dirección correcta. Al día de hoy nada hubiera sido posible sin los errores del pasado; sin entender que cuando se toca fondo, el único camino es hacia arriba.

Dedico estas breves palabras a la memoria de todos aquellos que dieron sus vidas para que hoy, todos los colombianos y colombianas, veamos la paz más cerca que nunca. Tal vez, finalmente, hemos aprendido las lecciones para montar en bicicleta.

*Profesional en Gobierno y Relaciones Internacionales de la Universidad Externado de Colombia. Candidato a Magister en Asuntos Internacionales de la misma institución. Actualmente es estudiante de la Academia Diplomática Augusto Ramírez Ocampo.