La “singularidad” de la guerra colombiana

Una revisión del registro histórico demuestra que la distinción entre combatientes y no combatientes nunca pasó de ser un desiderátum teórico. Que las reglas de conducta de los códigos caballerescos y los tratados formales solo fueron y han sido respetadas en contados casos, por algunos actores y por circunstancias particulares

Por Pedro Valenzuela*.

En repetidas ocasiones y diferentes escenarios he escuchado que el nuestro es el conflicto más complejo y difícil de resolver. Expertos y legos normalmente respaldan esta afirmación con argumentos sobre el número y la diversidad de actores, el papel de la economía ilegal y la violencia extendida contra la población civil. Se volvió incluso un lugar común afirmar que esta era una “guerra contra los civiles”. Lo que se pasa por alto es que prácticamente todas las guerras lo son. Una revisión del registro histórico demuestra que la distinción entre combatientes y no combatientes nunca pasó de ser un desiderátum teórico. Que las reglas de conducta de los códigos caballerescos y los tratados formales solo fueron y han sido respetadas en contados casos, por algunos actores y por circunstancias particulares.

Que guerrillas, paramilitares, fuerza pública y organizaciones ligadas a economías ilegales convirtieran a la población civil en blanco de sus acciones no es resultado de la degradación de los conflictos armados contemporáneos, en especial los librados tras la caída del muro de Berlín, a raíz de su supuesta despolitización o del hecho de que se libren en nombre de proyectos políticos estrechos y, por ende, excluyentes, o por motivos estrictamente económicos.

Suficiente se ha escrito en la literatura académica para desvirtuar tales argumentos. Sin remontarnos demasiado en el pasado, las guerras políticas libradas entre las grandes potencias dos veces durante el siglo pasado tuvieron como uno de sus blancos principales a la población civil. Alrededor de 9.7 millones de soldados y 10 millones de civiles murieron en la primera guerra mundial. Cálculos recientes estiman el número de muertes militares entre 22 y 30 millones y de muertes civiles entre 38 y 55 millones en la segunda guerra mundial, a causa de bombardeos indiscriminados (Osaka, Tokio, Dresde, Hamburgo, Bristol, Londres, Caen, Kleve, Berlín, Colonia, Hiroshima, Nagasaki), de sitios prolongados (Estalingrado, Leningrado), de la persecución a grupos humanos específicos (judíos, comunistas, socialistas, gitanos, polacos, ucranianos, testigos de Jehová, homosexuales, discapacitados). Los perpetradores: ejércitos regulares, partisanos (guerrillas) y milicias de ciudadanos. Como aquí.

Y también aquí se reprodujeron y se reproducen todos los horrores de las guerras pasadas y presentes. Desde la violencia sexual hasta el desplazamiento masivo (y también por razones puramente militares o con la intención de apropiarse de los bienes de los desplazados), la desaparición de miles de personas, los hornos crematorios de los paramilitares, los campos de concentración de las guerrillas, y un largo etcétera de crueldades y horrores, posiblemente innovaciones criollas, como el descuartizamiento con motosierra y los cocodrilos alimentados con cuerpos humanos.

Los informes del Centro de Memoria Histórica y los que producirá la Comisión de la Verdad constatan y constatarán estos hechos que los interesados en la evolución del conflicto han venido documentando desde la academia, las organizaciones sociales y de derechos humanos, las iglesias, el Ministerio Público y las organizaciones intergubernamentales. Y que el gran público, informado hasta épocas recientes a cuentagotas por los medios de comunicación, pronto olvidaba o justificaba.

La mayor contribución de estos informes no es demostrar la singularidad del conflicto colombiano. Más bien sería, entre tantos otros, la generación de una conciencia entre la ciudadanía más amplia, trascendiendo los siempre estigmatizados círculos comprometidos con la defensa de los derechos humanos y señalar la apremiante necesidad de cerrar definitivamente un conflicto que afecta desmedidamente a los sectores más vulnerables de la sociedad. Y como colofón, evidenciar que la violencia prolongada, cualquiera sea su causa, adquiere su propia dinámica, independientemente de si se recurre a ella como último recurso – ¿qué actor no argumenta que agotó los medios pacíficos antes de optar por la violencia – o de si se trata de una reacción a una violencia anterior – ¿qué actor no niega que la suya sea la violencia original?

*Profesor Titular, Facultad de Ciencias Políticas y Relaciones Internacionales, Pontificia Universidad Javeriana