Las lecciones de la plebitusa un año después

Entendí que nosotros, los jóvenes, quienes no hemos visto nunca un país en paz, no podemos permitir que nos roben la posibilidad de cambio. Esto me llevó, a mí, y a muchas personas más, al acto maravilloso de coincidir.

Por: Daniela Amaya

Pasadas las 5:00 de la tarde del domingo 2 de octubre del 2016 en las pantallas del Parque de los Hippies, la torre del No se hizo más alta que la torre del Sí. Las banderas blancas que habían ondeado durante la transmisión se guardaron con desgano e incertidumbre. El parque fue quedando vacío poco a poco. Había que hacer algo.

Traté de (des)confirmar los resultados de las pantallas en cada grupo de whatsapp y actualicé una y otra vez las páginas de los medios hasta que recalenté el celular. Cada confirmación me nublaba más los ojos. Me sentía desconcertada y sola. Cuando vi a la primera persona con lágrimas en las mejillas sentí alivio y me permití pestañear. La decepción era compartida. Había que hacer algo.

Los resultados del plebiscito se me presentaron como la victoria de la indolencia y de la resistencia al cambio. Desde un lugar de superioridad moral que hoy ha adquirido sin duda nuevos matices, juzgué a todos los que votaron No. Sin importar sus razones pensé que sus motivos no podían borrar la voluntad de perdón de las víctimas y la promesa de transformación que tantas personas duraron años construyendo y que en los acuerdos se perfilaban como una alternativa a la guerra y su sufrimiento.

Sentí vergüenza. Me reproché por no haber hecho algo más para apoyar la campaña del Sí y asumir el ejercicio político como algo propio. Entendí que nosotros, los jóvenes, quienes no hemos visto nunca un país en paz, no podemos permitir que nos roben la posibilidad de cambio. Esto me llevó, a mí, y a muchas personas más, al acto maravilloso de coincidir. Movidos por una convicción quizás más emocional que racional, compartíamos un sentido de urgencia, una determinación que en este punto crítico necesitaba concretarse en acciones contundentes. Había que hacer algo.

Nos tomamos las calles y, con esto, tomamos la palabra. Alguien me decía hace poco que este acto político, esta intención enunciativa, les correspondía a los jóvenes porque, a diferencia de los adultos, ellos tienen derecho a gritar, a alzar la voz. Durante las movilizaciones, sin embargo, trascendimos el acto de denuncia y nos organizamos, creamos convergencias y gestos o encuentros improbables. Como lo dice Michel De Certeau, historiador y filósofo francés, que la ciudadanía tome la palabra no simboliza una adquisición de un poder, sino la puesta en marcha de un camino hacia la transformación de la cultura política.

Hoy, un año después del momento en el que supe que algo tenía que cambiar, le he dado nuevos sentidos a acciones que podrían parecer irrelevantes. Caminar, en el contexto de una marcha, es un acto político; dormir, cuando se hace en un piso duro y frío como el de la Plaza de Bolívar para representar un territorio de paz, es un acto político; hablar frente a un público, con el propósito de plantear alternativas y expresar voluntades colectivas, tal como ocurre en una asamblea, es un hecho político.

Siguiendo a De Certeau, “entiendo por creencia no el objeto del creer (un dogma, un  programa, etc.), sino la participación de sujetos en una proposición, el acto de enunciarla al tenerla por cierta, dicho de otra manera, una modalidad de la afirmación y no su contenido.” Puedo decir con total convicción que creo en la paz porque hay que hacerla, porque hay que dirigirse hacia ella y plantearla en los términos que se pueda y a partir de las herramientas que se tenga. Somos jóvenes y dirán que es poco lo que conocemos todavía de la política y del mundo, pero hay que convertir la paz en una acción social. Esta es la gran lección de la plebitusa.