Las lecciones de historia de Duque, ¿revisionismo calculado?

Existe un sector político en Colombia manejando desde hace un tiempo versiones alteradas de lo que hemos aprendido sobre nuestra historia, negando, por ejemplo, la existencia de conflicto armado para reducirlo a una amenaza narcoterrorista sin causas adicionales.

Las recientes declaraciones del presidente Iván Duque planteando la existencia de un apoyo crucial por parte de los padres fundadores de Estados Unidos a nuestra gesta indepedentista, han dado para todo: burlas, sarcasmo, memes, noticias falsas, lamentos por la ignorancia de quien nos dirige, en fin. Y a la vez, desató una ola de solidaridad del gabinete gubernamental con peores errores que el original, empezando por la vicepresidenta Martha Lucía Ramírez y de ahí para abajo consejeros y asesores que se han dedicado a ‘encontrar’ las pruebas de que lo que el Presidente dijo sí es cierto.

No deja de llamar la atención, por un lado, que prácticamente nada se haya hablado sobre el propósito y resultados de la visita del secretario de Estado de Estados Unidos, Mike Pompeo, a Colombia, gracias a la cortina de humo que la nueva versión de nuestra historia creó. Tratándose de un gobierno como el de Donald Trump, debería ser muy preocupante para Colombia que los acuerdos y decisiones surgidas de esa visita no hayan estado sometidas a ningún escrutinio. Eso por sí solo podría ser el verdadero éxito de la visita y, por lo tanto, explicar que no se trató de una estupidez del presidente Duque sino de una estrategia para evitar hablar de lo importante. Como lo dijo Sandra Borda, típica maniobra trumpista.

Pero siguiendo con esta mirada conspirativa, hay otra posibilidad aún más siniestra y peligrosa. Llevamos meses presenciando una acción gubernamental decidida a atacar la memoria histórica del conflicto colombiano. Ya ha habido dos intentos -fallidos, gracias al poder de las redes sociales- de nombramiento de personas negacionistas o parcializadas a favor de sectores altamente comprometidos con violaciones a los derechos humanos, para dirigir el Centro Nacional de Memoria Histórica (CNMH).

Tal vez sea esperar mucha habilidad y astucia de un gobierno que ha demostrado tener todo menos eso, pero no deja de ser preocupante su determinación por explicar y acomodar esa declaración histórica absurda recurriendo a datos aislados, creando un gran debate en torno a una falsedad que después de tantas vueltas podría dejar la sensación de tener algo de cierta. Es decir, la confusión y el debate ‘democrático’ se habría creado deliberadamente, abonando el terreno de una historia acomodada a las necesidades de la agenda actual. Recuerda la novela ‘1984’, en la que Orwell describe un mundo donde un elemento fundamental de la acción del partido que gobierna a la distópica Oceanía consiste en cambiar la historia, en reescribirla para que sirva los propósitos que en el momento existan y así diseñar una versión de los hechos a la medida de las necesidades de quienes detentan el poder. En perspectiva, esto no se aleja mucho de lo que vimos esta semana.

Existe un sector político en Colombia manejando desde hace un tiempo versiones alteradas de lo que hemos aprendido sobre nuestra historia, negando, por ejemplo, la existencia de conflicto armado para reducirlo a una amenaza narcoterrorista sin causas adicionales, glorificando el frente nacional o negando hechos como la masacre de las bananeras. Y ese mismo sector aplaude dictadores de ultraderecha que vienen a arrasar con lo que no se considera apto para el proyecto de sociedad que plantean, con todo lo que eso implica. No son pocos los que siguen elogiando al gobierno de Pinochet por lo que hizo en Chile, o que consideran a Fujimori una víctima de los sectores de izquierda que van en contravía del progreso de los países; quienes consideran un ejemplo de verdadera construcción de patria la ‘conquista’ del oeste en Estados Unidos o aquéllos que minimizan, cuando no niegan, la existencia del holocausto. Y aunque las declaraciones del Presidente no tienen las implicaciones ni revisten la gravedad de estos ejemplos, es tal vez prudente tenerlas en mente recordando que las visiones revisionistas de la historia son muchas veces estrategias deliberadas de los gobiernos con la pretensión de justificar las medidas -generalmente excesivas- que adopten en el presente.

La memoria histórica de un país sirve para construir el relato que explicará para bien o para mal lo que es en la actualidad y lo que podrá ser en el futuro. Por eso, ponerla al servicio de un régimen o una agenda política, es condenarla a su desaparición, pues se corre el riesgo de que se acomode el pasado para justificar el presente, tal como ha intentado hacer, por ejemplo, el gobierno venezolano. Sería tal vez mejor subestimar menos y vigilar más a fondo a un gobierno que soterradamente parece haber puesto en pausa el tema de la paz y tener una agenda de contramemoria sobre nuestro conflicto. Hacer un nombramiento serio en el CNMH podría contribuir a recuperar la confianza que por ahora no tiene el gobierno para liderar asuntos como el regreso de la historia a los pénsums de los colegios y la celebración del bicentenario de nuestra independencia.