Las 5:00 p.m. del 2 de octubre de 2016

Luego de las declaraciones de Santos, Uribe y las Farc, es claro que la pregunta del plebiscito, tan sencilla como peligrosa y reduccionista, nos dividió y le entregó las negociaciones a los tejemanejes oscuros de las guerras de partido y de los intereses políticos.

El país, por un instante, parecía narrado por Lorca. Eran, en efecto, la cinco de la tarde. Eran (casi) las cinco en punto de la tarde y los analistas y periodistas de los canales que transmitían en vivo el plebiscito parecían perplejos. Calma, pedían algunos, faltan todavía las mesas de las regiones. Esto, aseguraban, aún no es definitivo.

Eran, casi, las cinco de la tarde.

La Registraduría había prometido que para esa hora, las cinco de la tarde del 2 de octubre de 2016, conoceríamos los resultados de las votaciones.

Eran, casi, las cinco en punto de la tarde y con más del 98% de las mesas escrutadas ya era claro que no era necesario esperar más. El No había ganado por una diferencia frustrante. 50,2%: un barrio de Ciudad Bolívar, menos personas de las que siguen una cuenta exitosa en Twitter. Unos 65 mil votos le faltaron al Sí para imponerse.

Y fueron las cinco de la tarde y pareció que nadie estaba preparado. No lo estaban muchos medios, que seguro tuvieron que repensar sus portadas y sus especiales y sus análisis. No lo estaba el Gobierno que tuvo que convocar a una reunión extraordinaria luego de que fueran las cinco de la tarde. No lo esperaban, probablemente, los líderes del No, a quienes les tomó casi cinco horas, luego de las cinco de la tarde, para dar una declaración oficial. “Muchos están sorprendidos”, aseguró Francisco Santos en Caracol, “pero yo siempre supe que esto pasaría”. Y no estaban preparadas las Farc, con sus líderes en La Habana viendo la transmisión en poltronas de cuero y sus guerrilleros alistando maleta para llegar a las Zonas Veredales.

Eran las cinco de la tarde en punto y las redes sociales, haciendo gala de su algoritmo maldito que nos rodea de las opiniones que queremos oír, se llenó de llantos y gritos y digresiones y memes. Eran las cinco de la tarde y en los chats de WhatsApp todos nos convertimos en analistas políticos, en estadistas, en expertos. Eran las cinco de la tarde y de golpe una nube oscura cubrió la tranquilidad de los que apoyaban el Sí pero que no salieron a votar. Eran las cinco de la tarde, eran las cinco en punto de la tarde cuando el Centro Democrático empezó a celebrar “su victoria”, como si la de ayer hubiera sido una elección presidencial. Eran las cinco de la tarde y las Farc aseguraron que el “amor de sus corazones” los empujaba a seguir buscando la paz. Eran las cinco de la tarde y la cabeza de muchos empezó a jugar con mil y un explicaciones:

1. El huracán Matthew no dejó votar a la Costa. Hubo zonas de la Guajira, ya se sabe, donde la Registraduría no pudo llegar y comunidades enteras se quedaron sin su derecho al voto.

2. Hubo casi 170 mil votos nulos, eso sin duda hubiera marcado una diferencia.

3. ¡La abstención fue histórica! Si la gente hubiera salido…

4. Es que fue muy pronto…

5. Es que se demoraron mucho…

6. Es que los indecisos…

7. Es que las encuestas…

8. Es que Santos, tan débil.

9. Es que Uribe, tan fuerte.

10. Es que Vargas Lleras, tan bravo y ausente.

11. Es que es muy pequeña la diferencia.

12. Es que el Brexit era un referente.

13. Es que la gente cree esto y no aquello.

14. Es que…

15. Es que…

Pero pasadas las cinco de la tarde ya nada podía cambiar. La campaña del Sí (tan blanda, tan borrosa, tan indefinida) había perdido contra la del No (tan espinosa, tan encrispada en su furia tuitera, tan certera en su desinformación). Pero perdió con el sabor amargo de lo que para muchos es un empate técnico. El país se desnudó en las urnas: la definición de la polarización (esa palabra que cargamos como el apellido de un padre abandónico) es exactamente lo que sucedió este domingo. Una visión no aplastó a la otra, los del Sí no son unos excéntricos políticos, náufragos de una orilla abandonada, prisioneros de su visión política. El país destapó las vendas de su herida más grande y profunda, una herida que lo separa en la mitad como un matrimonio condenado al divorcio. Hoy, luego de las declaraciones de Santos, Uribe y las Farc, es claro que la pregunta del plebiscito, tan sencilla como peligrosa y reduccionista, nos dividió y le entregó las negociaciones (antes entre Farc, Gobierno y pueblo vía el plebiscito) a los tejemanejes oscuros de las guerras de partido y de los intereses políticos.

Somos dos países, desde este domingo a las cinco de la tarde quedó claro. Dos países con dos culturas políticas diametrales. Somos un país de víctimas valientes que en su inmensa mayoría le dijeron que Sí al final de la guerra y un país de personas que, en una convicción tan válida como abstracta, no pueden imaginar una paz sin cárcel. Somos un mutante, un ser híbrido, un país hecho de dos piezas irreconciliables.  

Y están los que no salieron a votar, obvio, pero ellos mismos se han excluido del país y de cualquier discusión.  

El país del Sí y el país del No. Dos países que tienen la misma fuerza y, así es la democracia, el mismo derecho a querer vivir su propia versión. El país del sí y el país del no pero no el país del nunca jamás. Los resultados dejan a una Colombia en medio de mil incertidumbres. Los anhelos de los definitivos murieron este domingo a las cinco de la tarde: no habrá un pronto final definitivo de la guerra, no habrá por lo pronto una certeza de no repetición. En cambio, fuimos un país que, como un homenaje de segunda categoría a Cantinflas, dijo sí pero no y no pero sí, un país que aun no está dispuesto a abrazar una de las dos opciones que estaban en el tarjetón y eso, dejando las pasiones de lado, es importante, elocuente y urgente. Eso, digo, habla de las falencias del proceso y de cómo el gobierno no entendió nunca el latido del país. 

El 2 de cotubre, a las cinco de la tarde, se zanjó una nueva negociación. Una negociación que sólo terminará con un abrazo entre los dos países que hoy somos como colombianos.