La verdad que duele más que el resultado del NO

Miedo, prejuicios y sobre todo analfabetismo político. Eso es lo que hay detrás de todo este enredo de razones y sinrazones.

Sí, el NO ganó. No por mucho. Pero obviamente la diferencia se dimensiona porque esperábamos ganar abrumadoramente. No hubo Plan B porque se suponía que el país había entendido que estas eran unas votaciones extraordinarias por un hecho extraordinario e histórico. Y que, a pesar de no haber leído las 297 páginas del acuerdo entre el gobierno nacional y las FARC, sus gentes le apostaban al fin de una de sus guerras y a la paz, sin más. Innumerables analistas y columnistas han desmenuzado el enorme sancocho que fueron las motivaciones detrás de los votos y los no votos.

Le metemos razón para que no duela tanto. Pero duele. Y no sólo duele porque perdimos, sino porque develó verdades que duelen.

Verdades como darnos cuenta que la mentira que se repite se vuelve verdad. Que el género se puede convertir en ideología para usarlo como argumento contra la paz. Que el moralismo, no la ética, nos divide en buenos y malos, sin historia ni contexto. Que la paz se trata como un candidato y no un bien común. Que a muchos políticos, no todos, sólo les interesan las elecciones cuando son candidatos, y hay puestos, plata y curules en juego. Que aún las personas votan por lo que les dice el jefe, porque las amenazan con quitarles el subsidio y la beca y si las llevan a votar. Que aún hay párrocos que usan el púlpito para advertir que te vas para el infierno si votas por un acuerdo de paz. Todo eso pasó. Y mucho más.

Miedo, prejuicios y sobre todo analfabetismo político. Eso es lo que hay detrás de todo este enredo de razones y sinrazones. Una mínima lección de historia y contexto serían excelentes. Para entender porque Mambrú se fue a la guerra. Por amor a la causa, por ideales, por necesidad, por miedo, por venganza, por rabietas, por huir de casa, por desplazamiento forzado.

Solo un pequeño ejemplo. En las mujeres con las que trabajamos pedagogía de paz y reconciliación en el Tolima, encontramos historias de personas que estuvieron en las filas de la guerrilla pero luego son desplazadas, policías que son víctimas, exguerrilleras que vivieron la misma violencia de género que sus vecinas en la comunidad,  campesinas ricas que se consideran víctimas. Han vivido la guerra como combatientes, como víctimas o como comunidad receptora, pero muy pocas saben por qué hay guerrillas y paramilitares. Lo he vivido en carne propia. Aun después de 26 años de haber firmado la paz el M-19, para unas señoras en Ibagué aún soy una exguerrillera que come niños.

Lo seguiremos repitiendo hasta el cansancio. Colombia necesita pedagogía de paz. Transformación cultural para generar cambios de mentalidad. Alfabetización en democracia, ciudadanía y mínimos conocimientos de historia y contexto para sepamos en qué país y región vivimos y qué decisiones tomamos. Para comprender los acuerdos de paz y poder votar a conciencia.

Tal vez eso es lo bueno de que ganara el NO. Tenemos de frente una cruda radiografía de un país donde ahora hay mucho debate y foros de expertos en paz y postconflicto, pero poca pedagogía de paz real.  

La violencia se alimenta de la ignorancia y del miedo. La paz es más exigente: demanda conciencia, autonomía, discernimiento. Y en ello, la educación es la mejor manera para lograr  que la guerra muy pronto sea solamente un tema de estudio del pasado.