La triste agonía de la historia

La posibilidad de construir una verdadera cultura para la paz está a la vuelta de la esquina. El primer paso es recobrar el papel de la historia y los historiadores como ejes de construcción ciudadana.

Un país sin historia es un país sin legado. Proveniente de la más aguda de las ironías, Colombia se está construyendo de espaldas a su pasado, la pobre relación de la sociedad colombiana con su historia ha contribuido a construir un camino que conduce al fracaso.

Así es, con un silencio cómplice la academia y los historiadores nos hemos callado ante una realidad que nos ha traído profundas y negativas consecuencias, un ocultamiento que ha conducido a una sociedad con enemistades sin fin ni propósitos comunes. La historia debería ser uno de los más desarrollados saberes de nuestra sociedad, sin embargo, hoy yace relegada a libros para los académicos y algunas almas eruditas que se refugian en archivos y saberes, por lo general ocultos para el grueso social.

Es momento que exijamos al legislativo reinstaurar la catedra obligatoria de historia en la educación básica, con el fin de vigorizar la conciencia sobre los símbolos y la historia de la república, de ese modo fortaleceremos el  exiguo sentido de orgullo patrio que hoy existe.      

Frustra la cantidad de relatos y mitos que se han creado sobre nuestro pasado, tan imprecisos y nocivos que se han constituido en una receta perfecta para desorientar la sociedad, esta falencia ha sido el inicio para consolidar una estela negra que no permite comprender el lugar de Colombia en el mundo ni la construcción de un proyecto nacional que se compadezca con nuestra naturaleza.

Es imperativo que no se invisibilice más a los historiadores, por el contrario este es su momento, el marco de las circunstancias actuales requiere documentar lo acontecido y reflexionar sobre lo que ya fue, de ese modo podremos mirar en retrospectiva y hallar un bálsamo para la reflexión. Basta de relegar a la historia a una profesión de segunda orden, mal pagada y sin apoyos para la investigación.

La juventud en los colegios y universidades no comprenden su sociedad, el contexto que la rodea y mucho menos su pasado, el boom informativo y la globalización han contribuido para formar seres humanos deshumanizados, sin ideologías ni argumentos. Hoy sucesos de transformación tan relevantes como la desaparición de las FARC y el proceso de paz con él ELN se pelean titulares con la farándula y el deporte, vergüenza inadmisible, máxime si tenemos en cuenta que las últimas cinco generaciones hemos crecido en medio del conflicto, esto es evidencia pura de una conciencia histórica paupérrima.

Pareciese que viviéramos en un espiral cíclico, donde las noticias del presente son un caricaturesco reflejo de las del pasado, la existencia de un país político y un país nacional, como lo señalase Gaitán, acusa a una minoría arraigada en el poder que conduce el destino de una mayoría que se desenvuelve negándose a su realidad, consolada en circos, goles y alaridos de penaltis.

El hito histórico del desarme debe marcar la senda para la exaltación de huellas y logros así como de cicatrices sobre las que nos enorgullecemos y avergonzamos como nación, de este modo nos regocijaremos en nuestras gestas y no repetiremos nuestras caídas. Estas señales históricas deben ser tan grandes, evidentes y voluminosas que sea imposible ignorarlas o borrarlas de nuestra conciencia colectiva.

Lo cierto es que aún hay esperanza, la posibilidad de construir una verdadera cultura para la paz está a la vuelta de la esquina. El primer paso es recobrar el papel de la historia y los historiadores como ejes de construcción ciudadana, referentes para el desarrollo de un gran pacto social que permita hablar sobre lo sucedido: sin temor, sin pena, sin orgullo, por el contrario, abordar en las plazas públicas una reflexión sincera, autocrítica y trasformadora; que nos llevé a detener la espiral infinita de odios y polarización: un verdadero freno al subdesarrollo

En últimas la más básica de las obligaciones de un ciudadano es querer a su país, defenderlo y conocer su pasado, por ello si usted no distingue las diferencias entre el 20 de julio y el 7 de agosto o no logra identificar las causas básicas del conflicto armado interno, reflexione, tome conciencia y estudie.