La tragedia que a nadie le importa

Los que celebran con gozo que los venezolanos se vayan de Cúcuta solo porque son diferentes y necesitan oportunidades, pone de manifiesto quienes son los miserables. Váyanse, les dije de nuevo, este país merece morir en sus cien años de soledad.

No se sabe quién es el que está llevando la voz en Venezuela diciendo que Colombia es la tierra prometida donde “mana leche y miel”. Lo cierto es que miles de familia están pasando la frontera buscando oportunidades laborales en la ciudad con la tasa más alta de desempleo y de informalidad. Toda una paradoja.

Los semáforos están atestados de personas que suplican un peso, las calles de vendedores de dulces que cobran el precio a la conciencia de cada quien. Familias enteras deambulan por los barrios tocando a la puerta y pidiendo cualquier “cosita” “pá comer”. Tienen hambre y a nadie le importa.

Así conocí a Mari y José, dos campesinos venezolanos que caminan sin rumbo fijo con sus dos niñas a cuestas. Alguien en Caja Seca, como se llama su pueblo, les dijo que en Cúcuta sobraban las oportunidades y que a lo mejor allí podrían tener un empleo digno. Nada de esto fue cierto. Llegaron a dormir en un coliseo cerca de la terminal de transporte y a comer prácticamente de la basura, por no hablar de los insultos xenofóbicos.

¿A quién le importa esta tragedia?, parece que a nadie, me responde el silencio. Dos días sin comer, sin bañarse y lo más duro, Sofía, la niña más grande soñando con los regalos de navidad que el niño a quien le enseñaron que se llama dios debe traerle. A quien le importa si a José, un extrabajador de la entonces gigante Pdvsa, se le acabó la suela de los zapatos y tiene que caminar con los pies ampollados. A nadie, me dice de nuevo el silencio.

No tienen documentos, pero si son importantes para el mercado de tratas de mujeres que ya le preguntaron por Sofia. O para que cuiden una finca de café, aunque de sueldo solo les ofrezcan el techo y la comida que puedan sembrar en el campo. O para que Mari limpie todo un día el destacamento de policías por diez mil pesos colombianos. Si, no todo está tan mal, si son importantes, hay oportunidades.

¡Es que son unos vagos!, dicen los más osados que antes de la caída del sistema venezolano traían los carros llenos de comida, porque aquí era muy costoso. “Como se pierde la memoria” …, dice un tango que escuchó mientras medito en soledad la tragedia que a nadie le importa.  No se preocupe, “la culpa es de ellos”, quise responderles en algún momento, “porque aquí la culpa siempre ha sido de otros, nunca de nosotros”.

Solo bastaba compartir la mesa con estas personas para darse cuenta de que no eran vagos ni mucho menos los humanoides que nacieron malditos, como creen algunos. Personas tan normales e inteligentes, con ganas de trabajar, sueños e ilusiones, que llegaron por error a un país peor que el de ellos con un disfraz más convincente montado por décadas en los de siempre.

Pero como a nadie les importó se fueron; en donde a uno no lo quieren lo mejor es marcharse, decía mi madre. Se devolvieron las veinte horas que separan a Cúcuta de Caja Seca, para el júbilo de algunos. Váyanse, les dije, este país no merece personas tan buenas, les repetí. Los que celebran con gozo que personas como estas se vayan del país solo porque son diferentes y necesitan oportunidades, pone de manifiesto quienes son los miserables. Váyanse, les dije de nuevo, este país merece morir en sus cien años de soledad.

Ahora mismo están viajando de nuevo a su tierra, con la convicción más profunda de que todo es mentira, y que aún en la pobreza el terruño de uno es la única verdad que merece ser vivida. Tiempos mejores vendrán, así nos despedimos. Un abrazo, ojos aguados y un silencio para no volvernos a ver nunca más.