La próxima gran batalla: los lugares de memoria.

En Colombia se avecina, como es lo deseable, una explosión de estos escenarios de memoria. Es la oportunidad para que reconozcamos con vergüenza y reflexión la violencia, sin mojigaterías, sobre los momentos de orgullo y barbarie ocurridos en el marco del conflicto armado.

Por: Sebastian Pacheco*

Hace pocos meses Barack Obama en su visita oficial a la república de Argentina decidió  rendir homenaje a las víctimas de la dictadura cívico militar en el 40º aniversario del Golpe de Estado de 1976. El 9 de junio del presente año, Ángela Merkel, junto al presidente Mauricio Macri, escuchó los reclamos de las madres de la Plaza de Mayo con un cartel que denunciaba 30.000 muertos y desaparecidos en el gobierno militar.

Estos eventos por parte de  dos influyentes líderes políticos contemporáneos frente a la reivindicación, son la fiel evidencia de la fiebre por la memoria, este concepto arropado bajo el florecimiento de la escuela historiográfica francesa y la conceptualización sociológica ha desatado un auge, un frenesí por su desarrollo.

La construcción de estas memorias requiere de espacios para propagar su mensaje; una mutación de lo oral y lo subjetivo hacia lo material. Desde la antigua Grecia hasta Napoleón se ha consignado en elementos materiales la conservación de la historia y la memoria en relación a hechos heroicos o gestas memorables.

Es frecuente ver en Estados Unidos, China, Japón y sobre todo en Europa, un sinfín de monumentos y lugares sobre los cuales se cimienta la grandeza de la nación. Desde el fin de la Segunda Guerra Mundial se multiplicaron las localidades para rendir honor a los sacrificios, principalmente militares, sobre los que se construye el espíritu colectivo.

En Colombia se avecina, como es lo deseable, una explosión de estos escenarios. El país necesita dar un paso hacia la reconciliación y el reencuentro por medio de los espacios de memoria más allá de bustos y monumentos abandonados a la suerte de la indigencia o de las aves, o lo que es peor: aislados por el desinterés y el desconocimiento social. Lo que se requiere es el diseño de zonas que convoquen a la visita y la apropiación ciudadana.

Soñar en áreas que logren ser reconocidas por su valor para recordar y reflexionar sobre el “Nunca Más” del conflicto en Colombia. Estos espacios requerirán de la generosa expresión del sector privado, la más amplia destinación presupuestal de la oficialidad y, por sobre todo, el deseo de las víctimas para depositar su memoria en el seno de la historia y la arquitectura urbana.

Su concepción debe estar en la vía de lo social; magníficos e imponentes, alejados de ideas pobres y sin imaginación. Nuestra generación tiene un deber con el país y con el honor de las víctimas; el deber de concordia para detener de forma permanente el derramamiento de sangre y las continuas guerras que nos persiguen desde la fundación de la República y el caótico fantasma decimonónico.

Este cambio debe ser representado por medio de un gran pacto nacional, sobre lo que nos une y no sobre los odios y diferencias que nos separan. La reconciliación se debe manifestar por medio de la literatura, pintura, poesía, música, artes plásticas, el diseño y todas las expresiones en vía de la reflexión social.

El reto se enmarca en llevar el arte a las calles, ubicándolos en la médula de la escena social donde su impacto tenga fuerza. Es la oportunidad para que reconozcamos con vergüenza y reflexión la violencia, sin mojigaterías, sobre los momentos de orgullo y barbarie ocurridos en el marco del conflicto armado.

La necesidad de decir muchas cosas indecibles y abrir capítulos que solo evocan sangre y destrucción, debe regirse por el principio fundamental de la objetividad. El más mínimo asomo para la imposición de relatos de un sector político o social solo concluirá en rechazo y en la perpetuación del rencor.

A las víctimas, esta es la oportunidad para que nunca desistan de buscar los escenarios para inmortalizar sus nombres y sus memorias. A las autoridades, el compromiso para no revictimizar y escatimar en recursos para la construcción de espacios acordes al peso histórico que nos ha dejado la confrontación. A la academia y los artistas, es la coyuntura para pensar en obras monumentales, trascendentales e icónicas: por ejemplo, miremos el espejo del cementerio de Arlington, el Arco del Triunfo en Paris, el monumento de Iwo Jima, el Memorial Museum del 11S, el parque de la Memoria de Buenos Aires, los memoriales alemanes y un sinfín de referentes que evocan con grandeza y respeto por su pasado.

*Historiador Universidad Nacional Magister (e) Seguridad y Defensa Nacional