La paz perfecta

En pleno proceso electoral, los colombianos estamos divididos entre las bondades y las perversidades del proceso de paz. El no entender que la paz perfecta es una quimera, contribuye a atizar las diferencias.

Una enfermedad de mamá me sustrajo en los últimos dos meses de continuar escribiendo mi columna. Fue un periodo importante para reflexionar acerca de muchos aspectos de mi existencia, incluido, claro está, mi natural interés sobre el futuro de Colombia y su tránsito por los empedrados caminos del posconflicto o el posacuerdo, vocablos que se utilizan a gusto de quien ve el vaso medio lleno o medio vacío.

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Observé absorto los malabares del Gobierno en el Congreso para que en diciembre se aprobaran el grueso de medidas de la justicia transicional, la posesión de los magistrados de la Jurisdicción Especial para la Paz y la designación de los comisionados de la verdad, entre otros temas relativos al decurso de los acuerdos de La Habana.

Poco ha cambiado en este corto tiempo. La polarización sigue latente entre los que reclaman la guerra sobre la paz, entre los partidarios del SI y los del NO, entre los que quieren ver a los integrantes de las Farc haciendo política y los que los prefieren en el monte echando bala. Todo ello con sazonado hoy con el más picante de los condimentos: la contienda electoral.

Cual propietarios de un carrito de helados, los políticos de todas las vertientes ideológicas andan en una especie de pesca ideológica en río revuelto que para nada contribuye a que cese la horrible noche de la que premonitoriamente hace referencia nuestro himno nacional. Exacerbación de ideas irreconciliables y extremas que hace más difícil el tránsito hacia el fin de la violencia que desde hace más de seis décadas sacude los cimientos de nuestra sociedad y que todavía tiñe de rojo nuestro suelo patrio con la sangre de sus hijos.

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Muchos sectores de nuestra sociedad se quedaron esperando que Colombia alcanzara la reflexión cristiana sobre la pace perfecta o paz perfecta. Para los integrantes de dichos sectores, tal estado de perfección estaría dado por la satisfacción de sus propios intereses y propósitos, sin importar los de los demás.

Como ciudadano, periodista y militar en retiro, no comparto muchas de las normas y decisiones adoptadas en desarrollo de los acuerdos de La Habana, en especial aquellas relacionados con la Jurisdicción Especial para la Paz. Pero entiendo o creo entender la lógica de los procesos de paz: llegar a acuerdos en los que ambas partes se sientan satisfechas y en los que el grueso de los sectores que representan hallen las herramientas para andar los pasos siguientes.

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Era de tontos pensar que el resultado del proceso de paz sería el exterminio de las Farc, la encarcelación por años de sus integrantes y la construcción de una nueva sociedad sobre la derrota de este grupo armado ilegal. Nada más alejado de la realidad.

Ahora vemos a sus antiguos cabecillas como cabezas visibles de un partido político en campaña, pagando el precio de sus errores del pasado como se ha evidenciado en sus escabrosas salidas a la plaza pública. Ese el precio del juego de la democracia y así lo tendrá que asmilar este naciente movimiento político. Para las Farc hoy no es tan evidente la pace perefecta.

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En aras de comprender lo imperfectamente acordado y no satanizarlo, invito a muchos colombianos a leer libros, ensayos y uno que otro escrito de expetos en construcción de paz como Jean Paul Lederach, Johan Galtung o Vicen Fisas. Allí se darán cuenta que de los más de 120 procesos de paz que se han dado en el planeta en los últimos 25 años, el ciento por ciento está lejos de alanzar la perfección.

¡La paz perfecta sencillamente no existe!

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