La paz olímpica

El fin de la guerra permitirá mostrarle al mundo más productos de exportación de inmejorable calidad, como nuestros deportistas.

El 24 de junio de 1995, durante la Copa Mundial de Rugby en Sudáfrica, la selección de ese país logró lo impensable: tras décadas sin obtener resultados considerables a nivel mundial, se coronó campeona ante su gente en contra de todos los pronósticos. Al mando del Estado estaba Nelson Mandela, quien en 1989 se encontraba recluido en la cárcel y cinco años más tarde se convirtió en el primer presidente negro de la nación. La histórica victoria de los Springboks, que cambió el rumbo social de Sudáfrica, no fue producto del azar; fue una apuesta política brillante.

A mediados del siglo pasado inició en el país del sur de África uno de los escenarios sociales más lamentables - y penosos - en la historia reciente del mundo. El Apartheid, un sistema político de segregación racial dividió al país en los colores blanco y negro. Con el divisionismo en auge, el escenario social de Sudáfrica se caracterizó por hechos como el aislamiento social, la discriminación, la restricción de libertades civiles para la población negra y el uso de la fuerza estatal en su contra.

Mandela, al salir de prisión tras 27 años de confinamiento por su justa lucha, comprendió que la reconstrucción del tejido de una sociedad desgarrada por la violencia requiere de estrategias modernas que trasciendan los habituales acuerdos políticos. Su alternativa fue el deporte. Le apostó a ganar el campeonato de la Copa Mundial de Rugby como incentivo social a la reconciliación. Transcurridos 21 años, la realidad refleja que lo consiguió.

Durante estos tiempos de competencia olímpica no podemos desconocer el papel determinante del deporte en nuestra identidad nacional. Sin embargo, apostarle al deporte como política pública es costoso y durante muchos años las administraciones del país le asignaron un lugar al final de la fila. No obstante, el éxito reciente de nuestros compatriotas en las competencias internacionales ha estado acompañado por un mayor esfuerzo del Estado. Mientras que el presupuesto destinado al deporte en el año 2008 fue de aproximadamente 143 mil millones de pesos, para este año se aprobó un rubro cercano a los 260 mil millones, lo que posiciona a Colombia en el cuarto lugar de los países latinoamericanos y del Caribe que más invierten en deporte.

Hoy en día Colombia es potencia en diversas disciplinas como el levantamiento de pesas, boxeo, el ciclismo de pista y ruta, patinaje de velocidad, BMX y fútbol. Cada vez más se evidencian los esfuerzos del Gobierno Nacional por hacer del deporte un eje central para el desarrollo del país. Por ejemplo, en 1972, a los deportistas que asistieron a los Juegos Olímpicos de Múnich tan sólo se les reconocieron los tiquetes aéreos. Para las justas de Barcelona, en 1992, el gobierno invirtió 142 mil dólares en la preparación de los 52 colombianos clasificados. A Río de Janeiro, en donde se consiguió el mejor resultado de la historia del país en JJ. OO, asistieron 147 atletas apoyados por una inversión de más de 10 millones de dólares por parte del Gobierno, lo que demuestra una correlación directamente proporcional entre éxito e inversión y desmiente las simples coincidencias.

Sin embargo, el creciente acompañamiento del Estado todavía se hace insuficiente. Aún nos falta mucho para lograr los más altos estándares de apoyo al deporte que ostentan países como Estados Unidos, en donde anualmente se destinan mil millones de dólares a programas deportivos y se refuerza el vínculo entre el sistema educativo con la formación de atletas del más alto nivel. Pero mientras en Colombia el rubro de defensa siga siendo excesivamente alto en comparación al de deporte (para 2016 se aprobó un monto superior a los 10 billones de pesos para el sector defensa), no podremos disfrutar enteramente del talento de todos los futuros atletas que puede dar este país.

Por lo anterior, pensar en la construcción de paz trasciende de lejos los acuerdos políticos. Con el fin del conflicto armado, el Estado colombiano podrá multiplicar el apoyo al deporte en regiones como el Urabá que, a pesar de estar azotada por la guerra desde hace décadas, ha visto nacer entre las cenizas a héroes y heroínas como Yuberjen Martínez, Mabel Mosquera, Juan Guillermo Cuadrado y Caterine Ibargüen. Tan solo imaginemos a más como ellos representando a Colombia con triunfos y borrando la imagen conflictiva que reina en el exterior sobre nuestro país.

Lo ocurrido en Sudáfrica en 1995 marcó un precedente del que se pueden aprender lecciones. El éxito y reconocimiento de un país permiten trasladar las diferencias sociales a un segundo plano. El deporte se muestra como ejemplo de por lo que sí vale la pena estar unidos y de lo que es merecedor de ruido incesante: los triunfos de compatriotas que nos enorgullecen y enaltecen como colombianos.

El fin de la guerra permitirá mostrarle al mundo más productos de exportación de inmejorable calidad, como nuestros deportistas. El día en que haya más Yuberjenes y Caterines que, en vez de utilizar el deporte como un escudo contra la guerra, lo ejerzan libremente bajo las mejores condiciones posibles garantizadas por un Estado sin conflicto, nos habremos acercado una paz más completa, integral y al alcance de todos; a una paz olímpica.