La paz de los jóvenes y la no repetición

Se debe atacar la raíz del conflicto armado: la falta de oportunidades. El sistema educativo nacional debe fortalecerse para que pueda darle respuesta a miles de jóvenes que no pueden acceder a la educación superior.

Nadie puede librarse de los intensos debates que ha suscitado por estos días la refrendación, mediante el mecanismo del plebiscito, de los acuerdos alcanzados en La Habana (Cuba) entre el Gobierno y las Farc.

Las universidades han sido un caldero de intenso debate. En las fachadas, en los salones, en las cafeterías, en las plazas, en los pasillos, en las entradas de los campus universitarios cuelgan pendones que invitan a votar, a participar con ahínco en las jornadas del próximo 2 de octubre. Unas votaciones que pueden cambiar el rumbo del país.

El ‘Sí’ a la paz predomina entre los jóvenes. Exhaustos por la violencia, hartos de ver morir a sus amigos, vecinos y familiares en una guerra sin cuartel, con miedo a caminar por las veredas de noche, además, con ansias de recorrer ese país vedado por las minas antipersonas, y la violencia del más fuerte ejercida por los diversos grupos armados ilegales que hacen presencia en el territorio nacional, la generación que se forja en la educación básica, técnica y superior, se apresta para decir sin titubeos, ‘Sí’.

Sí a una Colombia más incluyente, en la cual el desarrollo agrario y el campesino sean ejes principales de la economía; ‘Sí’ a la verdad y la reparación; ‘Si’ a la apertura del cerrado y excluyente campo político colombiano; ‘Si’, a la paz. 

En la Universidad Nacional de Colombia, la de los Andes, la Distrital, Externado, de Antioquia y en casi todas las universidades del país, rectores, decanos, trabajadores y estudiantes se reúnen para conocer la totalidad de los Acuerdos de Paz y tomar una decisión a conciencia. Ese es el propósito de la academia, tener un espíritu democrático e innovador. 

El papel de la universidad colombiana es servir de conciencia de la nación. Su producción debe estar orientada al servicio de la sociedad para resolver los problemas, tanto de índole técnico, práctico o social. Y con todo el debate que ha traído las negociaciones de paz, uno de los temas que ha salido a flote es la necesidad de una gran reforma nacional de la educación como garantía de la estabilidad y la paz, de la culminación exitosa del proceso.

Absorber, cualificar y capacitar a quienes se someten al contrato social, es una tarea apremiante. Desde el Ministerio de Educación Nacional se debe gestionar una reforma sin precedentes: fortalecer la educación rural, aumentar la presencia de instituciones de educación técnica y superior en lugares alejados de las capitales andinas que siempre han concentrado la oferta educativa, y garantizar los estándares de calidad en las zonas que históricamente han sido afectadas por el conflicto social y armado.

Se debe atacar la raíz del conflicto armado: la falta de oportunidades. El sistema educativo nacional debe fortalecerse para que pueda darle respuesta a la demanda de los miles de jóvenes que cada año buscan darle un giro a sus vidas, y que sin el brazo económico de su familia, no pueden acceder a la educación superior.

El Gobierno puede adelantar procesos de negociación con todos los grupos armados ilegales, pero, si no se le brindan oportunidades y herramientas a los jóvenes, la ilegalidad les dará, sin problemas, caminos empantanados y espejismos camuflados de un mundo nuevo en cada esquina, en cada calle. Preguntémosle a los jóvenes que engrosaron las filas de los grupos armados al margen de la ley, si preferirían vivir en la zozobra de la selva, con sus botas húmedas y escapando a la presión de la Fuerza Pública, o en un salón de clases, aprendiendo, compartiendo con sus pares, saboreando la tranquilidad de la legalidad.