La ‘Paloma de la Paz’ no es tan blanca como la pintan

La paz tiene dilemas, tensiones y enormes desafíos. Sin embargo, asimilar sus características y empoderar su construcción es una de las mejores estrategias que los colombianos podemos adoptar en estos tiempos de férreo debate, oposición e incertidumbre.   

Si algo he aprendido en mi corta vida es que en el mundo nada es absoluto. Permanentemente debemos convivir con la otredad, con aquello que se identifica por ser distinto, rival, antónimo de lo único y sinónimo de lo dual. El mundo de las ideas siempre está supeditado al ying y al yang.

La idea de la paz como fin último de las naciones tiene todo menos de blanca o negra; por el contrario, es gris. Es un concepto complejo, ambiguo y se piensa universal a pesar de ser exclusivo, más bien inherente, a cada contexto que la persigue. Por esa razón – a pesar de que es un término muy de moda por estos tiempos - definir qué es la paz resulta sumamente desafiante.

Durante la antigua Roma, Marco Tulio Cicerón intentó aproximarse a su definición afirmando: “Si queremos gozar la paz, debemos velar bien las armas. Si deponemos las armas, no tendremos jamás la paz”. De acuerdo con su aproximación, sin una contienda en armas jamás existiría la paz, la cual sería, por lo tanto, la justificación misma de luchar. Por otro lado, en alguna oportunidad Albert Einstein manifestó: “Cuando me preguntaron sobre algún arma capaz de contrarrestar el poder de la bomba atómica, yo sugerí la mejor de todas: la paz”. Con respecto a este nuevo acercamiento al concepto, cabe resaltar la oposición inminente hacia la aproximación de Cicerón: la paz no es la justificación para combatir en armas, sino la razón para no hacerlo. ¿Cuál de los dos tiene la razón?

De acuerdo con lo anterior, en efecto el concepto se aleja de ser omnímodo y, contrariamente, resulta abstracto. Es precisamente tal característica la que ha causado tanta confusión en el proceso colombiano. Por lo tanto, debemos entender que la paz no es como la pintan: tiene dilemas, tensiones y, por supuesto, enormes desafíos. Sin embargo, asimilar sus características y empoderar su construcción es una de las mejores estrategias que los colombianos podemos adoptar en estos tiempos de férreo debate, oposición e incertidumbre.   

Al respecto, cabe precisar que de la paz siempre podrá decirse mucho y que esta puede alcanzarse de múltiples maneras. En lo que respecta a Colombia, se ha adoptado la Justicia Transicional –otro término muy de moda, pero poco comprendido- como el medio por el cual se reconoce y empodera a las víctimas y se promueven la paz y la reconciliación. A pesar de la infinidad de bondades que el concepto abarca en sí mismo, al igual que la paz, posee múltiples desafíos. Entenderlos no es más que una obligación para quienes queremos la firma de la paz en Colombia.

A propósito de lo anterior, es notable la superposición que se busca de la justicia restaurativa por encima de la tradicional justicia retributiva. Resulta absolutamente valioso el hecho de haber entendido que lo más importante no es confinar en una cárcel a los victimarios –aunque siga siendo necesario- sino reparar el daño de las víctimas, reconocerlas y garantizarles el derecho a la verdad. En otras palabras, la bondad de nuestro proceso ha sido comprender que el camino hacia la paz y la reconciliación se construye con el perdón y no únicamente con el castigo.

A pesar de lo anterior, la aplicación de este mecanismo transicional posee algo de trágico en Colombia. Al no ser un manual universal sobre cómo alcanzar la paz, su aplicación depende en amplio sentido del contexto de nuestro país. De esa manera, la aplicación de justicia a los victimarios tendrá enormes retos como la congestión procesal en la rama judicial, el bochornoso hacinamiento en las cárceles y la dificultad de determinar en algunos casos –por la complejidad del conflicto- quién es víctima y quién es victimario. O, en el mismo sentido, ¿cómo determinar si quienes deseen esclarecer la verdad lo harán de forma competa y veraz? 

Como se afirmó en los inicios de esta breve columna, no es posible construir paz bajo términos absolutos. La paz es solemne pero esquiva; posee bondades y desafíos, retos, problemas, diversos matices y formas de alcanzarse. Sin embargo, lo más importante al respecto es el esfuerzo individual y colectivo de los colombianos por entender la complejidad del concepto, reconocer sus características con el fin de reflexionar frente a lo que suceda en la coyuntura de paz de nuestro país. No hay nada más cierto en afirmar que la paz es de todos.

Es de esa manera que podemos sentar bases sólidas para la opinión, el sano debate y la reconciliación. La paz va más allá: no podemos hacerla si no la interiorizamos. Su consecución tiene riesgos, pero hay que correrlos ¡de una vez por todas!

*Profesional en Gobierno y Relaciones Internacionales de la Universidad Externado de Colombia. Candidato a Magister en Asuntos Internacionales de la misma institución. Actualmente es estudiante de la Academia Diplomática Augusto Ramírez Ocampo.