La Nacional

En medio del tenso escenario de la guerra, era probable que la Nacional fuese el sitio menos indicado para que el hijo de un policía -como era mi caso- ingresara a cursar su pregrado.

En julio de 2000, fecha en la cual empecé mis estudios de ciencia política en la Universidad Nacional de Colombia, el conflicto armado interno entraba en su etapa de mayor intensidad. La zona de distensión del Caguán era la sede de unos diálogos en los que las FARC no se cansaban de tomar del pelo al gobierno de Pastrana y, de paso, a todos los colombianos esperanzados en lograr la paz con aquel proceso. Los atentados, el secuestro (más de 2 mil casos anuales), las ‘pescas milagrosas’, la destrucción de municipios y los severos golpes contra la fuerza pública eran la constante.

Por su lado, las AUC seguían fortaleciéndose por todo el país, masacrando y desplazando población al igual que las guerrillas, adueñándose paulatinamente de tierras y del poder político regional e incluso nacional, con la complicidad de varios miembros del estamento militar y con el auspicio de una clase política corrupta. Y el narcotráfico, siempre presente, había dejado de ser un negocio exclusivo de los carteles para convertirse en el principal combustible de la guerra. En resumen, esto era un absoluto caos, estábamos ante un callejón sin salida.

En medio de ese tenso escenario, era probable que la Nacional fuese el sitio menos indicado para que el hijo de un policía -como era mi caso- ingresara a cursar su pregrado. En parte por la incidencia que el conflicto tenía sobre ella, pero también, y esto debo reconocerlo, porque yo mismo estaba lleno de prejuicios cuando fui admitido. En mi imaginario prevalecía la presencia de esos movimientos radicales profundamente ideologizados que acudían a la violencia como forma de protesta y que, en buena medida, habían terminado por convertirse en un obstáculo para la generación de empatía entre las causas defendidas por el estudiantado y los ciudadanos del común.

Sin embargo, la incertidumbre inicial se disipó casi que de inmediato al darme cuenta de que la Universidad era mucho más que unos cuantos encapuchados. La inmensa mayoría de quienes coincidimos en sus aulas, en los pasillos de sus facultades y en su campus, éramos jóvenes con diferentes tendencias políticas y formas de interpretar la realidad que nos rodeaba, pero respetuosos de las opiniones de los compañeros, aunque difiriéramos de ellas.

Con un valor adicional. En la UN los estratos no importaban, a nadie le interesaban. La posibilidad de ingresar a ella por méritos académicos -sin depender exclusivamente de las capacidades económicas de nuestras familias-, nos liberaba de las aprensiones clasistas tan frecuentes en este país. De hecho, las historias de vida de cada uno de sus estudiantes enriquecían los criterios que apenas estábamos construyendo. La diversidad al interior de la Nacional era su atributo más destacable, el principal motivo para querer permanecer allí.

Claramente mi experiencia como estudiante cambió por completo mi percepción sobre la Universidad. Desde esta orilla he experimentado lo injusto que es para sus alumnos y egresados tener que cargar con el estigma de ser calificados como ‘revoltosos’ o ‘tirapiedras’, sin mencionar la extendida generalización de acusarnos de ‘auspiciadores de la guerrilla’ e incluso ‘terroristas’. Puede que parezcan irrelevantes, pero estas palabras calaron tan profundamente que, incluso, ser de la ‘Nacho’ nos puso en inferioridad de condiciones a la hora de encontrar trabajo, cuando debería ser todo lo contrario.

Ahora puedo decir, con conocimiento de causa, que esa noción distorsionada que existe sobre nuestra comunidad universitaria ha impedido que se valore, como debe ser, a los profesionales que allí se forman; personas comprometidas y decididas a aportarle a esta sociedad, con honestidad y coherencia. Porque si de algo tenemos plena conciencia los de la Nacional es de la responsabilidad que tenemos frente al país.

Pero los tiempos están cambiando. La celebración de sus 150 años de fundación es la oportunidad ideal para que los colombianos se reconcilien con la Universidad Nacional y, juntos, comencemos a derribar los prejuicios erigidos por décadas en torno a ella. No se arrepentirán, se los puedo asegurar. Acérquense a conocerla, únanse a esta fiesta. Compartan con quienes hemos tenido la fortuna de pertenecer a la mejor universidad del país y digan con nosotros que Somos Orgullo UN. Porque la Nacional es de todos, siempre lo ha sido.