La inefable indiferencia del Congreso

Se ha consolidado un principio oportunista en el cual priman los intereses del patriciado por encima de las víctimas que exigen una reivindicación histórica y merecen voz y representación en el poder legislativo.

El debate del acto legislativo 17 de 2017 mediante el cual se discutió la creación o no de las 16 circunscripciones transitorias especiales de paz, ha sido más que bochornoso; una vez más las elites andinas demuestran que desconocen la esencia del conflicto armado colombiano y las raíces históricas de la confrontación.

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Es un hecho que Colombia se ha desarrollado a partir de dinámicas entorno a grandes  centros de poder principalmente focalizados en las ciudades, las dinámicas sociales e históricas han permitido la aparición de entornos urbanos como Bogotá, Medellín, Cali, Barranquilla, Bucaramanga, entre otros, que han bifurcado la realidad entre el centro y la periferia.

Estos polos de desarrollo señalados desde el orden colonial, paulatinamente fueron sentando las bases de la republica enquistados en las dinámicas andinas, dejando con ello, en el olvido a cientos de miles de colombianos en regiones enteras, entre las que sobresalen  la amazonia, la inmensa Orinoquia, el pacifico y algunos otros territorios que se trasformaron en espacios de exclusión en los cuales reinó la ausencia del Estado y sus instituciones.

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Desde los movimientos partidistas y de bandoleros a inicios de siglo, como la proclama de grupos guerrilleros que en la década de los sesenta buscaron construir ‘repúblicas independientes’ ha existido la sensación de que el país ha evolucionado bajo dos dinámicas disimiles, una urbana y desarrollista, otra rural-provincial confinada al olvido.

Sobre esta realidad se han generado los mayores retos a la seguridad y la convivencia en Colombia en los últimos 100 años, la evidente desconexión de unas elites citadinas incapaces de construir un proyecto de país con espíritu holístico sobre la idea de lo nacional, permitió la promoción de espacios vacíos los cuales como los señalan los principios de la geografía humana y política, siempre tienden a ser ocupados, por actores que ante la ausencia de presencia estatal buscan la imposición de intereses particulares.

Algunas regiones como el Caquetá que a mediados de siglo vivía en el más profundo de los olvidos, con economía de subsistencia y escasa presencia estatal, fueron escenarios ideales para el crecimiento y desarrollo de dinámicas delictivas como la plantación de hoja de coca y la promoción de grupos ilegales.

Así entonces, se configuró uno de los principios fundamentales para la prolongación del conflicto armado interno en Colombia: los territorios y las comunidades que históricamente habían sido olvidadas por la política, el centralismo y los circuitos económicos, fueron atrapadas por las dinámicas de grupos subversivos, desde donde construyeron verdaderos fortines militares, que tan solo hasta la primera década del siglo XXI fue posible disputar por medio de la evolución de la Fuerza Pública colombiana.

Basado en lo anterior es totalmente incomprensible lo que ha sucedido en el congreso, más allá de las dinámicas de timing político, el primer compromiso de los partidos en una democracia representativa es con los ciudadanos y con la promesa de construir un mejor país. No obstante, se ha consolidado un principio oportunista en el cual priman los intereses del patriciado por encima de las víctimas que exigen una reivindicación histórica y merecen voz y representación en el poder legislativo.

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¿Acaso importa si los representantes de estos territorios fuesen comunistas, ex guerrilleros, liberales, conservadores, uribistas o miraistas? Es en el seno de la praxis política donde se deben manifestar los reclamos de lo rural-provincial; es por principio básico una incongruencia que se promueva un proceso de paz para dar garantías políticas a facciones disidentes  y a la vez se le cierren la puerta a regiones enteras que por décadas e incluso centurias han tenido que vivir en el más vergonzoso de los olvidos.

Sumado a lo anterior el hecho que estas curules estuvieran destinadas para víctimas del conflicto armado registradas en el RUV le da un componente satírico y de  frustración ya que esté es otro grupo tradicionalmente olvidado sobre el cual existen enormes necesidades insatisfechas, entre ellas, la de la representación política.

Así entonces resulta más que irónico que se pretenda construir paz y salir de la polarización con este tipo de actitudes por parte del congreso colombiano, el cual día a día demuestra su desconexión con las necesidades manifiestas del país,  y se reduce a la simple representación de un grupo de legisladores confinados en un búnker que no logra comprender más allá del límite de sus egolatrías y narcisismos los cuales  les imposibilita comprender las causas y orígenes de la violencia en Colombia, es por ello que sus actuaciones son un portazo en la cara a las regiones del conflicto y a las víctimas del mismo.

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