La concordia con fronteras invisibles

El acuerdo que se suscribió en Cartagena debe servir para superar líneas divisorias que construyó el conflicto armado.

A orillas del rio Ariari, al sur del Meta, una señora estableció un expendio de combustibles a finales de los años 70. Ella le puso a su servicio “La Concordia”. No había carreteras en ese entonces. Todo se movía por rio. Rápidamente este puerto se convirtió en un bullicioso caserío con casitas de madera y zinc. Eran los tiempos del cultivo de marihuana en los llanos y se asomaba la llegada de la coca. Lejos del país conocido quedaba “la concordia”. Invisible. Desconocida.

En 1984, los vecinos del puerto se dieron cuenta que les faltaba tierra para la vivienda de tanta gente que llegaba y corrieron la cerca de una hacienda que les rodeaba. Como en una escena sacada de “cien años de soledad”, la ley arribó por primera vez en una barcaza. A pedido del hacendado la Policía regresó la cerca a su lugar y enseguida se devolvió. Apenas 24 horas después los colonos corrieron el alambre otra vez. Así se formó un pueblecito que hoy lleva ese nombre. Pero la Concordia estaba lejos.

Antecitos de la tregua de la Uribe, la guerrilla arribó a esos lares y se quedó. Patrullaba y requisaba. Ponía sanciones y echaba discursos. Muchos les decían “los muchachos” porque eran hijos de campesinos. Pero tropas de la Séptima Brigada de Villavicencio aterrizaron un día en helicóptero. La comunidad salió enseguida a marchar por sus escasas calles con pañuelos blancos gritando “queremos paz” y “no queremos la violencia”.  Las FARC se fueron al otro lado del rio y la comunidad se quedó. El Ejército instaló una base y desde la otra orilla les disparaban a cada rato. A pesar de esto Concordia mantuvo su nombre.

Los colonos se dieron cuenta de que organizados podían reclamarle mejor al gobierno y aprovecharon para unirse a la UP. Hicieron grandes movilizaciones y reclamos. A la Concordia, aunque lejos, llegó el MAS, otra forma de violencia que a tiros mató o sacó corriendo a los simpatizantes de ideas agraristas o reformistas. Años más tarde, el Bloque Centauros de las AUC se instaló entre Concordia, Mapiripan y Puerto Rico. Cada bando armado convirtió en objetivo a los habitantes de la otra orilla. Así, los campesinos sin querer quedaron señalados los unos de guerrillos, los otros de paracos.

“Los del otro lado” sufrieron por la creación de esa frontera. Quien pasara el rio se atenía a las consecuencias. Cientos fueron asesinados por la osadía de atravesar la línea divisoria saliendo del confinamiento. Diez años luego, aunque los armados ilegales disminuyeron su accionar, el límite sigue existiendo a través de la estigmatización y el señalamiento entre los mismos civiles. Difícil panorama para la concordia.

Este lunes en Cartagena, el Jefe de Estado y las FARC firmaron un acuerdo en el que consignan tareas sociales pendientes, se comprometen con sus víctimas y anuncian su disposición a trabajar conjuntamente para reconstruir las zonas más golpeadas. A pocos días los colombianos vamos a las urnas a manifestar apoyo o rechazo a lo acordado por aquellos. Pero en el país nacional, del que hablara Gaitán, bastante falta para que asome la reconciliación y el perdón. Diferentes sondeos proyectan el triunfo del SI. Aun así, la concordia sigue lejos.

Cientos de organismos aplauden lo logrado por las partes y se acumula un importante respaldo internacional al proceso de paz. Pero adentro del país, ante la indiferencia de millares de personas, el debate por el fin del conflicto fue atrapado por el país político, y si el pueblo no reacciona, la construcción de paz quedará presa de sectores partidistas del clientelismo puro. A ello se suma la dolosa actuación de promotores del no que exhiben sin pudor sus deseos de contar con una fuerza letal que llegue a matar sin gritar “alto” siquiera.  

Más grave aún. Algunos líderes de distintas confesiones religiosas no solo manifiestan su desconfianza ante lo acordado. Un número poco despreciable de sacerdotes y pastores abiertamente invita a la división popular y ayuda con su actitud a que violentas posturas continúen entre la comunidad. Un buen cristiano tendría motivos de sobra para cuestionar la actitud de aquellos jerarcas de la fe que son incapaces de perdonar y de dar testimonio del mandamiento del amor. Es increíble que las principales organizaciones de víctimas hayan expresado perdón mientras que quienes predican sentimientos de cristiandad exigen aplicar la ley del talión.

En un periodo de construcción de paz, tendrá lugar el inmenso desafío de la construcción de memoria, del esclarecimiento de la verdad, de la aplicación de justicia y de la reparación. Pero para que no se reciclen factores de violencia y se emprenda la reconstrucción debe abrirse espacio la reconciliación. Lejos estará la concordia si los contradictores no admiten al menos aquel tipo de tolerancia en que el contrario expone sus ideas sin recibir como respuesta la agresión física.

*Coordina el OCDI GLOBAL en INDEPAZ.