Juradó: una página de dolor y olvido

En Juradó se cometieron todo tipo de crímenes de guerra: uso de armas prohibidas, secuestro como arma y extorsión para lograr “canjes”, la toma de rehenes y la tortura como “mecanismo” de guerra. Ahora es necesario que las víctimas conozcan la verdad y la justicia.

Juradó es un municipio del departamento del Chocó. Es un lugar ligeramente quebrado, selvático y húmedo. Su cabecera municipal se encuentra a orillas del mar pacífico, en un territorio insular donde confluyen los ríos Juradó y Partadó. Limita con Panamá y con las serranías del Darién y Baudó, azotadas por los fuertes inviernos y también por la indiscriminada violencia .

Como en todos los lugares del Chocó, en Juradó también ha predominado el abandono del Gobierno, pese a ser una región turística. El Estado ha tenido la convicción, por demás errada, que su presencia en las regiones se materializa a través de la fuerza pública. Como consecuencia de ello, las guerrillas han intentado ocupar su lugar a punta de bocas de fusiles, cilindros con metralla y con el ataque a las poblaciones, sumados al secuestro, la extorsión y los cultivos ilícitos.

Juradó es ejemplo de ello. Esta región está llena de historias ligadas al conflicto armado que hoy muchos desconocen. Por ejemplo, en el 2000, como protesta social, algunos de sus pobladores izaron la bandera panameña, después de un hecho atroz: una toma guerrillera de las Farc que acabó con el lugar.

El 12 de diciembre de 1999, a las siete de la noche, unos cuantos habitantes alertaron a los hombres de la Armada Nacional, que hacían parte apostadero naval, la desaparición de unos campesinos que habían salido desde tempranas horas a trabajar al monte. Aunque tenían la corazonada de que algo no marchaba bien, decidieron volver a sus hogares por la tranquilidad que les ofrecía la zona asegurada. No pasó mucho tiempo cuando se dieron cuenta que el presentimiento era veraz. A la media noche, cerca de 500 hombres del bloque “José María Córdova” de las Farc atacó el pueblo por las dos desembocaduras del río y la Serranía del Baudó.

Mientras un grupo de guerrilleros atacaba el apostadero naval, conformado por dos oficiales, 11 suboficiales y 123 infantes de marina, otro grupo de subversivos combatía contra 16 agentes del puesto de Policía en la parte sur del municipio. Los miembros de la Armada Nacional resistieron con valentía por cerca de 15 horas, sin que pudiese llegar el apoyo aéreo del avión fantasma y del helicóptero Arpía por las difíciles condiciones meteorológicas de la zona. Entretanto, la población se protegía en sus casas del ataque feroz e indiscriminado de la guerrilla con fusiles, pipetas de gas, tatucos, éstas últimas, armas no convencionales y prohibidas por el Derecho Internacional Humanitario (DIH).

A las seis de la mañana, el bloque guerrillero tenía copado el puesto de Infantería de Marina. No había mucho por hacer. Los uniformados estaban contra las balas y la pared. Por eso, al final de la tarde, ya sin municiones y exhaustos, 53 infantes de marina y 16 policías se entregaron para salvar sus vidas ante la imposibilidad de poder combatir.

Los números de los combates fueron desoladores: 26 muertos (24 infantes de marina, un policía y un civil), 33 heridos, el desplazamiento de 4.000 habitantes y un pueblo en ruinas. Como si fuera poco, tres uniformados fueron secuestrados, entre ellos, el TE Alejandro Ledezma Ortiz, comandante del puesto, quien fue asesinado con tiros de gracia años después, en el campamento de las Farc donde lo tenían secuestrado junto con otros siete miembros de la fuerza pública. Luego se supo que fue una retaliación a la operación que pretendía rescatar a Guillermo Gaviria, Gobernador de Antioquia, y a Gilberto Echeverri, asesor de paz de la gobernación de ese departamento, secuestrados el 21 de abril de 2001 y asesinados el 5 de mayo de 2003 en un intento de rescate.

En Juradó se cometieron todo tipo de crímenes de guerra: uso de armas prohibidas, secuestro como arma y extorsión para lograr “canjes”, la toma de rehenes y la tortura como “mecanismo” de guerra. Ahora pocos lo recuerdan. Y quienes los repasan, se lavan las manos con facilidad. Casi nadie busca entre los archivos de la memoria estos sucesos de la guerra cruenta y mucho menos los comentan.

Asombra que en declaraciones ante medios de comunicación, Rodrigo Londoño, “Timochenko”, enarbole con una mano la bandera de reconciliación y de paz, y con la otra diga: “¿Qué quiere que yo diga? ¿Me arrepiento de lo que fui? Yo no me arrepiento de lo que hice. Se cometieron errores, sí, pero nunca en las Farc se le dijo a un comandante vaya con su tropa a tal población y acabe con todo. Si se afectó a la población civil fue por circunstancias de la confrontación porque de pronto no se previó”. Quienes vivimos estos episodios y visitamos los lugares después de la barbarie sabemos que no fue así.

Estos actos no pueden quedar en el olvido. ¿Quién no quiere la paz? ¿Quién no comulga con el silencio de los fusiles y el sometimiento de las Farc a la legalidad y al estamento? Pero no, Rodrigo Londoño, así no se llega a la paz. A ella se llega con la verdad, asumiendo las responsabilidades y pidiendo perdón. ¿Acaso no era una organización jerarquizada? No olvide cuál fue el propósito de los Acuerdos de Paz. Entonces caminen hacia allá, respetando el brazo extendido que se les brindó. La página de Juradó, entre una de las tantas, espera reconstruirse para ser leída en voz alta y para que las víctimas sean resarcidas.

*Exmagistrado del Tribunal Superior Militar. Capitán de Navío de la Reserva Activa.