Heredar recuerdos

Las palabras con las que se narra y reconstruye la historia oficial, suelen ser el discurso del vencedor. Es por esto que se crea la necesidad de establecer formas paralelas de representación del pasado.

Hoy empezó ayer. Ayer miércoles 6 de noviembre de 1985, hacia el final de la mañana, comenzó la masacre en el Palacio de Justicia. (Jueves 7 de noviembre de 1985, ‘Historia oficial del amor’, Ricardo Silva Romero)

Por: Ana María Ramírez*

Cuando el papá o la mamá o los abuelos de uno cuentan lo que han vivido, es como si uno heredara sus recuerdos.

11:45 a.m.: los magistrados de las diferentes salas, acorralados por la taquicardia y las proclamas delirantes, «¡nadie se mueva!, ¡esto es una toma!», «¡viva Colombia!, ¡viva el M-19!», caen en cuenta de que no es que se hayan oído un par de tiros aislados allá afuera, sino que acaban de convertirlos en rehenes acá adentro.

Los recuerdos son insumos para la construcción de la identidad. Somos lo que hemos sido y desde ahí nos paramos para concebir cómo queremos vivir después. Ese proceso de aprendizaje y construcción personal podría ampliarse a la sociedad. Porque, así como cuando nos dolió sentir el límite de la vida de algún ser querido que murió, de la resiliencia aprendemos y crecemos. La vida sigue, enaltecida; una familia, un pueblo, una sociedad, pueden construir, seguir viviendo.

12:00 p.m.: el presidente de la República de Colombia, Belisario Betancur, toma la decisión de recuperar militarmente el Palacio desde el mismo momento en el que es oficialmente informado de la ocupación: «padrenuestroqueestásenelcielo...».

En esta definición del recuerdo está la posibilidad de crear y sostener el vínculo que nos une y que a veces no vemos por una falsa ilusión de individualidad. No es así, somos interdependientes. Estamos vinculados. Nos une una historia y a partir de ahí vamos construyendo visiones de lo deseable, de lo posible, de lo que nunca más queremos volver a vivir. En ese sentido, en la construcción de los sujetos (individuos y colectivos) que somos, se define una parte importante de los términos de lo que seremos después. Aquí duele reconocer que sucesos como los del Palacio de Justicia, pese a haber sido reprochados, se han reconstruido en el imaginario de algunos como la expresión de una gesta heroica, ‘como juicio político del M-19’, como una ‘defensa’ de la democracia, y es allí en donde ocurre la subjetivación de la historia. En muchos casos los relatos, reflexiones y testimonios son invisibilizados y desplazados por los recuentos históricos de los grandes procesos o simplemente por el silencio o, peor, por el olvido.

12:35 p.m.: los líderes de la toma del M-19, que se ha tomado por completo el lugar pero se ha replegado en los dos últimos pisos, repiten que todo esto terminará con un juicio al presidente, de parte de la secuestrada Corte Suprema de Justicia, por su asquerosa traición a la patria.

Las palabras con las que se narra y reconstruye la historia oficial, suelen ser el discurso del vencedor. Es por esto que se crea la necesidad de establecer formas paralelas de representación del pasado, con el fin de recuperar y ratificar la certeza histórica del recuerdo de quien sufrió, a partir de contemplar su historia, su interpretación de lo que pasó. Todo esto, porque en el olvido radica el riesgo de prolongar la victimización; porque el olvido es finalmente la victoria del victimario.

1:57 p.m.: dos tanques del ejército tumban el sagrado portón del Palacio de Justicia, que me daba tanto miedo cuando era un niño de cinco años, para retomar el control de los sótanos, para acabar de acabar con todo.

Retomo la idea de Gonzalo Sánchez Gómez, actual director del Centro de Memoria Histórica, de “proteger la historia”. Y así como un museo es un “espacio de conservación del patrimonio que rescata del olvido y de la posible destrucción los fragmentos de la historia que de otra forma se destruirían continuamente”, la literatura puede actuar igual, como un espacio protector de los recuerdos.

5:20 p.m.: el gobierno insiste en que negociar es perder el país, pero esto no está ya en manos de presidentes no de ministros ni de congresistas no de candidatos ni de nadie que no lleve uniforme.

La literatura se toma la licencia de imaginar y narrar historias, en cada personaje encuentra un potencial infinito de humanidad. Afirma Marta Orrantia, autora de la novela Mañana no te presentes que “Yolanda y Ramiro (protagonistas ficticios de su obra) podrían haber sido cualquiera de esos hombres y mujeres que estuvieron ahí ese día y cuyos testimonios perdimos para siempre”.

2:00 a.m.: comienza la peor de las batallas, sin lugar a dudas la debacle final, entre un ejército cada vez más impotente y una guerrilla a la espera de su sacrificio, pero poco a poco se va haciendo claro que la idea es volar en pedazos –pésele a quien le pese- ese baño donde lamentablemente están los 60 rehenes que quedan.

Recoger las voces y testimonios de quienes vivieron este episodio de violencia, es una manera de homenajear y reafirmar la memoria de los hechos. Las narraciones vivas y los relatos de esos hechos nos ayudan a ampliar nuestra comprensión, más allá de nuestra dimensión como individuos.

2:10 p.m.: nada ni nadie emite una sola sílaba ni una sola exhalación, pues acaba de explotar alguna bomba como un corazón entre el Palacio de Justicia, boooooooooooooooom, y por fin ha traído el fin.

La Toma del Palacio de Justicia se convirtió en un referente que marcó la vida de una generación y, por herencia, de las siguientes.

Ya no más. Ya es hora de que hoy sea mañana. Y aunque todavía falte parte del horror, desde las imágenes de los rescatados ensangrentados con las manos en alto hasta la alocución lastimera y en tercera persona del hombre al que nadie le cree que sí fue el presidente de la república en las 28 horas pasadas, ya estuvo bien y ya fue suficiente y ya fue demasiado.

 

*Investigadora de Dejusticia. 

**Un sincero agradecimiento a María Camila Carvajal que compartió conmigo su idea de ‘heredar los recuerdos’.