grasa_100x100.jpg

Descripción: 
Rafael Grasa.
Autor: 
El Espectador

Hacer las paces, construir la paz, retos del post-acuerdo

El principal reto es doble: gestionar las expectativas, a veces demasiado altas, y a la vez el escepticismo de parte de la opinión pública y de los actores sociales y políticos.

Para iniciar mi contribución a Colombia 2020 subrayaré las oportunidades y riesgos del post-acuerdo, a corto y largo plazo. Parto de lo manifestado recientemente en la versión impresa del diario (Debate sobre la paz: apocalípticos, itegrados y escépticos): exceso de vociferación y de cortoplacismo, más pasión que argumentación en el debate entre apocalípticos (pesimistas), integrados (optimistas) y escépticos; contraste entre la esperanza fundamentada en el futuro de Colombia de los actores internacionales y el pesimismo fatalista de muchos colombianos. Sirva de marco a las palabras que siguen.

A Colombia se le presentan numerosos y diversos retos, en el doble sentido de la palabra, peligro y oportunidad. El principal es doble: gestionar las expectativas, a veces demasiado altas, y a la vez el escepticismo de parte de la opinión pública y de los actores sociales y políticos. Para ello hay que distinguir entre retos derivados de hacer las paces (llegar a un acuerdo, refrendarlo y poner en marcha la normatividad y planes para implementarlo) y retos de construir la paz, un proceso más largo y con más protagonistas, orientado a disminuir el riesgo que en el futuro nuevos conflictos generen conductas violentas. Veamos algunas consideraciones.

Primero, que hacer las paces y construir la paz son cosas diferentes, aunque relacionadas temporal y sustantivamente. Los acuerdos que se firman al hacer las paces condicionan la construcción de la paz, en particular en las primeras fases. Instrumentos recientes, como la “Matriz de acuerdos de paz” de la Universidad de Nôtre Dame (www.peaceaccords.nd.edu), permiten seguir lo acordado, comparar y extraer lecciones. Los primeros análisis muestran que ningún acuerdo se implementó completamente, que muchos tuvieron que ser renegociados y que la implementación –un proceso en gran parte secuencial-,  en muchos de los aspectos fue lenta o simplemente fracasó. Así, temas claves como el desarme, la desmovilización y la reintegración, tomaron más tiempo del previsto, en torno a ocho años. Se trata sólo de una tendencia, pero sólida.

Segundo, se constata una correlación positiva entre una buena y sólida implementación de lo acordado y la calidad de la paz a medio y largo plazo. Es decir, el proceso largo (no menos de 10 a 15 años) de construcción de la paz se beneficia de una implementación sólida  de lo acordado, algo que exige contar con consenso significativo de las fuerzas sociales, económicas y políticas. Tercero, sabemos que el núcleo básico de la tarea de construcción de la paz es alimentar y sostener relaciones auténticas, comprometidas, entre las diversas líneas y fracturas en conflicto, o por tanto, entre los diversos actores enfrentados. Se trata de transformar el conflicto, sus condiciones de reproducción y mutación hacia formas violentas, para quebrar la tendencia cíclica a la reproducción. Eso es especialmente importante en Colombia, donde existen ciclos recurrentes e intergeneracionales de reproducción de la violencia vinculada a la vida política.

Cuarto, por tanto, hacer hoy las paces en Colombia no sólo depende de lo que suceda en La Habana, o en las diversas capitales de los países que actúan como facilitadores y garantes del proceso. Ni tampoco depende sólo del éxito de la refrendación social (legitimación), pese a que será crucial, ni de la refrendación institucional (recepción legal de lo acordado). Depende también de lo que se está haciendo y se hará en ciudades y comunidades de Colombia.

Y ello es así porque debemos entender la paz a la vez como proceso y como meta, como un proceso en construcción. Por ende, la paz es proceso y una meta en que todos los actores de la sociedad colombiana tienen mucho que decir, que hacer y que construir.

Por decirlo con las palabras de un poeta catalán, Miquel Martí i Pol:

“la paz no es una ráfaga de viento repentina, sino una piedra en la que hay que esculpir, día a día, el esfuerzo de conquistarla”.

*Profesor titular de Relaciones Internacionales de la Universidad Autónoma de Barcelona, coordinador del Programa de “Construcción de paz estratégica” del Instituto Catalán Internacional para la Paz (ICIP), que presidió desde su creación (2007) hasta mayo de 2016. / @GRASARafael