Violencia sexual, un flagelo presente

Guardo en mi cabeza lo que me pasó hace años cuando era pequeña: mujer embera

La dolorosa historia de una indígena que sufrió abuso sexual hace 17 años devela que falta mucho camino para que las mujeres víctimas del conflicto armado en Colombia logren su propia paz. 

Por: Laura Ximena Garzón Triana* 

Cuando Cecilia se acerca a la sesión, lleva consigo esos elementos especiales que caracterizan a una mujer indígena embera. Se trata de la paruma o falda morada con figuras de colores y una blusa vistosa con detalles brillantes y llamativos. Ella, a diferencia de la mayoría de las mujeres, no tiene pintado su rostro. Las figuras plasmadas en su piel están tatuadas.

Cecilia tiene 29 años, nació en una comunidad en la cabecera del resguardo Santa Cruz, en Antioquia. Su historia personal está marcada por  fuertes sentimientos asociados a las situaciones de violencia vividas en el pasado. Ahora, Cecilia vive en este lugar con sus cinco hijos, a quienes debe cuidar y proteger por sí misma. Con sus ojos cristalizados, conteniendo el llanto, cuenta que su esposo la abandonó hace nueve meses, y que desde entonces ha sido más difícil todo.

Aunque  veo el sufrimiento, producto de la  separación, percibo también que hay algo más profundo que le genera malestar. Una vez se siente con la confianza para hablar cuenta que está muy triste y sola. “Mis padres murieron y todavía guardo en mi cabeza lo que pasó hace años cuando era pequeña. Pensar en eso me hace llorar y querer morir”. Mientras escucho entiendo que hay heridas profundas en Cecilia que no han empezado a sanar y que, quizás, expresarlas le puede producir algo de alivio.

Cuenta que cuando tenía 12 años un grupo armado entró una mañana a la comunidad. Recuerda que la orden fue llevarla a ella y a su padre. Expresa con rabia que hubo golpes y maltratos hacia su padre y que él no sobrevivió. Con la mirada al espacio vacío y su cuerpo contraído me dice: “ellos me violaron por dos días, eran aproximadamente diez hombres", y después de esto,  con voz baja,  menciona que después de unos días la dejaron ir. Era tan pequeña, estaba sola, todo era confuso, y era difícil decidir qué camino tomar y hacia dónde ir.

En ese momento emprende su nuevo destino. Llega a  una comunidad cerca del municipio de Carepa (Antioquia), lejos de todos sus conocidos, donde vive su infancia y adolescencia. Un día se siente capaz de regresar a Polines a buscar a su madre. Comparte con ella grandes historias, cargadas de amor y buenos recuerdos, pero su madre muere a causa de una enfermedad.

De su relato, entiendo y veo en Cecilia sentimientos de ira, tristeza profunda, ideas de muerte que pese a los años del suceso (17 años han pasado) producen dolor físico y emocional, que interfieren en su funcionalidad y su capacidad para relacionarse con otras personas.

En consulta trabajamos en la expresión de emociones y síntomas relacionados con el suceso de violencia sexual, se fortalecen  esos recursos personales que pese a las situaciones dolorosas que ha vivido, le han permitido continuar y proteger a sus hijos con el amor fuerte de una madre.

A su vez, le explico a ella la importancia de recibir atención médica, a lo que accede, siendo consciente de los dolores físicos que aún permanecen. Veo finalmente que pese a las situaciones vividas y el estigma social que se percibe en el resguardo, las mujeres se han convertido en una fortaleza, en donde se protegen las unas a las otras, es una unión que le permite encontrar refugio y un espacio para expresar sus dolores y conseguir apoyo.

* Se ha modificado el nombre del paciente para mantener su confidencialidad. *Escrito por una psicóloga de Médicos Sin Fronteras (Municipio de Chigorodó, Antioquia, resguardo Polines).