Estamos listos sin listas

Si la historia de Colombia la escribiera un guionista, barrería con todos los premios existentes. La vorágine de acontecimientos y escándalos es más que vertiginosa. Durante 2017 sucedieron dos cosas esenciales: el fin del conflicto armado con las Farc y la evidencia del alto nivel de descomposición del Estado.

La implementación de los acuerdos o más bien su incumplimiento, centrándose en el desarme y la reinserción, pasaron a un segundo plano, sin que los aspectos trascendentales se lograran llevar a cabo. Ni la política rural y de tierras, ni la reforma política, ni el tratamiento adecuado a los cultivos ilícitos se pudieron abrir camino en los mínimos que significaba el acuerdo firmado. Fueron sí titulares del día a día los escándalos de corrupción y negligencia de la clase política atornillada en el poder.

Este escenario permitió -como pocas veces- una profunda indignación de la opinión pública, en especial frente a aspectos sensibles de una sociedad cualquiera como la alimentación para los niños y niñas, la salud de mayores, el cuidado del agua y los alimentos; por supuesto los consabidos carteles de toga, de compra y venta de sendas porciones de las administraciones y sus recursos.

Las mediciones pre-electorales arrancaron entonces con un fuerte desprestigio a la polarización uribismo-santismo, dando un viraje a que eran inaguantables los niveles de corrupción. Lo que algunos empezaron a llamar “los mismos con las mismas” tuvo sus respectivos contraataques del estilo “todos somos los mismos” para incluir a los denunciantes. Pero tal argumento ni siquiera negaba los hechos sino que buscaba distraer la opinión, generalizando el problema a todo el sistema y dando la idea de “eso es lo que hay”.

La esperanza de cambio de esa opinión generalizada al parecer se situó en 1) la justicia y 2) en la emergencia de actores políticos no corruptos. Frente a la justicia, la inmaculada posesión del fiscal general “de bolsillo” -aunque realmente es de cartera- ha dejado ver un virulento posicionamiento de la campaña de Vargas Lleras, atacando los acuerdos de La Habana, pero sobre todo debilitando las clientelas regionales -igual de tramposas- que no se sumaron a Cambio Radical. Así como atacando de soslayo a los posibles opositores decentes en las candidaturas regionales y a la Presidencia. Despejar el camino a las presidenciales antes que hacer justicia fue la ruta elegida por el fiscal perteneciente al partido con más relaciones de corrupción destapadas en los últimos años.   

Los actores políticos no corruptos -los llamo así para no situarlos en ninguna vera ideológica- tenían entonces la pelota en su cancha. El historial de denuncias, su talante altivo con el poder, su inteligencia y pericia para poder abrirse espacios en el escenario político los situó por primera vez en una posición privilegiada. Tenían en su mano además el mayor fervor de la indignación de los colombianos y colombianas de a pie, esta vez hasta las grandes encuestadoras privadas los han favorecido, y aún subiendo y bajando algunos puntos se mantuvieron a tope.

Sin reforma política, sin claridad del devenir de las personerías jurídicas de los partidos, sin claridad de las coaliciones, el resorte mecánico ya no fue entonces la opinión sino los cálculos sobre los votos escrutados anteriormente; la métrica ya no fue sobre el engranaje del cambio político sino sobre el piñón de las personerías y las curules actuales. Al menos es el indicador de cómo se han desenvuelto las conformaciones de listas a Senado y Cámara –coaligadas o no- y de consultas previas presidenciales.

Un país profundamente abstencionista pero hastiado, que sigue esperando la osadía y la interpelación eficaz a lo que mal funciona, se enfrenta entonces a que las opciones no corruptas sean aún hojas sueltas. La mejor explicación ha sido que “es un problema de egos” cuando realmente se trata de un problema de cálculos de trinchera, cálculos que en todo caso están basados en las estadísticas y el ayer y no en el pulso de la sociedad expectante.

Piensan mal quienes creen que el problema es mantener las curules como tribuna de oposición digna y no ser mayorías en el Congreso. Piensan mal quienes estimulan los chantajes para la unificación de la esperanza presidencial y creer que llegar en la mejor de las situaciones a segunda vuelta y esperar cuatro años más es un triunfo.

“Quienes nos gobiernan nos han llevado al borde del abismo y en el 2018 si ganan nos obligarán a dar un paso al frente” ese es el verdadero escenario y lo único que cabe es sensatez, por favor sensatez con el país para que las listas sean listas.