Eso no es lo bonito del fútbol

El 5 de septiembre de 1993 la Selección Colombia de Fútbol ganó, 5-0 contra la Selección Argentina, un partido que aseguraba su clasificación al mundial de 1994; ese mismo día, en medio de la celebración, hubo al menos 80 muertos y 700 heridos en el territorio nacional, pero no los recordamos, los pasamos por alto.

Hasta hace no mucho tiempo, pocos eran los éxitos alcanzados por el fútbol colombiano a nivel de mayores en el ámbito internacional. Por décadas habíamos vivido del recuerdo de un lejano empate contra la Unión Soviética en el Mundial de Chile-62 (el cual se quedó grabado en la memoria de la representante Cabal), al que luego se sumó la satisfacción por la igualdad a un gol frente a Alemania (Federal, por si acaso) en Italia-90, marcador que le posibilitó al equipo nacional avanzar, por primera vez en su historia, a la segunda fase de una Copa del Mundo.

Pero sin duda alguna, el resultado más recordado por las generaciones de aficionados que antecedieron a la irrupción de la selección de Pékerman, Falcao, James y compañía, es el triunfo por cinco goles a cero frente a los argentinos en Buenos Aires en el marco de las eliminatorias al Mundial de Estados Unidos-94; no solo por la relevancia del rival -en ese entonces subcampeón del mundo y bicampeón de América- sino también por el momento en que se produjo.

A comienzos de los noventa el ánimo de la población en general era de angustia y desesperanza como consecuencia de la violencia originada por la guerra sin cuartel librada entre el Estado y el cartel de Medellín. Derrotar por goleada a Argentina en su casa y asegurar la clasificación al mundial, se convirtió en una válvula de escape que le permitió a una inmensa mayoría de colombianos olvidar, así fuese por un instante, la dolorosa realidad por la que atravesábamos.

Lamentablemente, ese 5 de septiembre de 1993 debe ser igualmente recordado como una fecha fatídica. La victria desató la euforia de miles de hinchas que no estaban acostumbrados a ganar. El desmesurado consumo de alcohol -que encontró eco en la poco responsable exhortación a “sacar el aguardiente” de la transmisión televisiva del encuentro-, combinado con las armas de fuego, los cuchillos y los ebrios al volante cumplieron su cometido: aunque las cifras varían dependiendo de la fuente, se estima que esa noche por lo menos 80 personas murieron y otras 700 resultaron heridas en todo el territorio nacional.

Los días siguientes se fueron en discursos, reconocimientos y condecoraciones para la selección. Los noticieros repitieron hasta la saciedad los pases de Valderrama y las anotaciones de Rincón, Asprilla y el ‘Tren’ Valencia en el estadio Monumental de Núñez, así como la imagen de Maradona aplaudiendo a nuestros jugadores. El éxtasis colectivo relegó a un segundo plano los excesos del festejo. Sin embargo, lo acontecido en esa ocasión estuvo lejos de haberse quedado en un brote esporádico de violencia.

El 5-0 inauguró en el país el perverso hábito de celebrar desmedidamente las conquistas de deportivas -particularmente en el fútbol- como pretexto para justificar algunos comportamientos conflictivos, lo cual quedó demostrado en el pasado Mundial de Brasil-2014. Solo basta con ver el caso de Bogotá, en donde fue necesario declarar la ley seca ante las miles de riñas derivadas por la ingesta desaforada de licor durante los partidos de Colombia.

Dentro de un par de semanas, y en lo que pareciera ser un recordatorio del destino, se cumplirán 24 años de esa gesta futbolística, coincidiendo con la posibilidad matemática de asegurar la clasificación de la selección nacional a la Copa del Mundo de Rusia-2018. Muy seguramente veremos en los televisores notas rememorando la vapuleada a la que fue sometido el seleccionado argentino. Pero no sobraría recordar también a las víctimas de aquella triste celebración.

A diferencia del desolador panorama de esa época, en esta ocasión nos encontramos ante un escenario un poco más esperanzador en donde el fin del conflicto armado empieza a ser tangible. Probablemente -y sin ánimo triunfalista- tendremos motivos para festejar. Pero seamos consecuentes. No está mal brindar por la victoria, por el empate o por el fracaso. Lo inaceptable es que no podamos hacerlo en paz.

Adenda. Después del atentado terrorista en Barcelona las redes sociales se movilizaron masivamente para evitar la difusión de las imágenes de los muertos y heridos. Aquí, las fotos del atentado en el Andino fueron usadas con fines políticos y electorales. Qué lejos estamos…