Entre Guacho y Santrich

No tomar las lecciones aprendidas de otros procesos de paz nos podría llevar a que se multipliquen los guachos, y el acuerdo de paz no habrá sido más que otro largo y costoso proceso de negociación fallido.

Ante la captura de “Jesús Santrich”, cerremos filas en torno a los acuerdos de paz.

Una máxima social es que las personas no pueden estar por encima de las instituciones, premisa obviada a lo largo de la historia colombiana. El proceso de paz en el fondo apoya la institucionalidad, esto es así, comoquiera que la desmovilización de sujetos que actuaban en el marco de la clandestinidad y decidieron someterse al imperio de la legalidad, no es más que la preservación del status quo.

Sin entrar en el profundo debate del descrédito y la desinstitucionalización en Colombia, el proceso representa el sometimiento de actores ilegales frente al Estado, con inventario de absolutamente todas las implicaciones que esto conlleva. Por lo cual el acuerdo de 2016 está, o debe estar, por encima de los individuos, aunque estos sean presidentes, jefes guerrilleros o combatientes.

Por ello, que Jesús Santrich esté siendo investigado por narcotráfico no debe alterar de ninguna forma la aplicación de lo pactado. En ultimas, de acreditarse su responsabilidad penal, no cabría duda de que fue él quien decidió continuar en la ilegalidad, a sabiendas de que todos los crímenes cometidos con posterioridad a la suscripción del acuerdo no serían amnistiados ni contarían con los beneficios de pena reducida, que podría imponer la Jurisdicción Especial para la Paz para quienes aportasen verdad y reparación. Así entonces, el exguerrillero es víctima de su propia ceguera y si la Presidencia y la Corte Suprema de Justicia determinan su extradición será actuando en derecho.

Sin embargo, esto devela un reto aun mayor y es el de llevar a miles de hombres en reinserción, al sometimiento de la ley y este tránsito no es sencillo, comprender que el imperio de la ley es para todos y que los sujetos no pueden sobreponerse a ello requiere de un proceso de reeducación. De no hacerlo, a la vuelta de un quinquenio, tendremos las cárceles llenas de desmovilizados de las FARC.

Muchos vemos en el acuerdo de paz una causa nacional y un paso en la dirección correcta, comprendiendo que será la suma de todos los esfuerzos la que logrará quitarle guerreros a la confrontación. Siempre será mejor construir un acuerdo, evidentemente imperfecto, pero que en cualquier caso mejor que 50 años de guerra igualmente imperfecta.

Por ello hay que ampliar el presupuesto de análisis: la desarticulación guerrillera es un logro histórico, un intento que para muchos presidentes tan solo trajo frustraciones, por lo cual el tránsito hacia la política por parte de las FARC es una hazaña histórica, aun si su poder electoral es absolutamente residual. No se requiere ser fariano o guerrillero para convenir con esto. Para quienes apoyan la tesis de la vía militar como único camino, se debe señalar que los conflictos solo tienen un final y este es por medio de procesos de negociación. La posibilidad de aniquilar hasta el último combatiente no es más que una falacia populista.

Más preocupante que los delitos de Santrich, es el problema de la realidad en la seguridad en las regiones, la máxima alerta sobre la composición de grupos residuales y sobre el reciclaje de la marca FARC. Mucho más, el permitir el rearme de guerreros que buscan camuflar el crimen organizado tras causas ideológicas, esto sería darle nueva vida a una lucha anacrónica y descontextualizada.

Más allá de extradiciones, el problema se cierne sobre cabecillas disidentes, alias Guacho y los cerca de 1.200 a 2.000 combatientes que se han reincorporado a la guerra. Por ello, es menester que la sociedad se sensibilice sobre la necesidad de mantener el pie de fuerza de soldados y policías durante por lo menos dos periodos presidenciales adicionales. Lo anterior es imperativo para contener de manera efectiva y disuasiva la delincuencia organizada.

Como espejo debemos tener en cuenta el proceso de posdesmovilización de las autodefensas en el marco de la Ley de Justicia y Paz y lo que en su momento se denominó una transición sin transición: el rearme de miles de exauc que se reintegraron a la ilegalidad debe dejar lecciones aprendidas que iluminen el camino del actual proceso. De no hacerlo, se multiplicarán los guachos, y el acuerdo de paz no habrá sido más que otro largo y costoso proceso de negociación fallido. Recordemos que lo único que ha logrado el país es un papel con firmas y el compromiso de las Farc de no volver a delinquir, pero el tránsito de lo deseado a lo real es un camino tortuoso.

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