En Colombia no ha pasado ni va a pasar nada

Lo que va a suceder es que se van a continuar perpetuando en el poder a los de siempre, y se dará un premio de consolación entre los supuestos nuevos partidos y movimientos, quienes terminarán rasgándose las vestiduras por las migajas.  

Haciendo un recuento breve sobre las víctimas de la Unión Patriótica, un pasaje del libro de Roberto Romero Ospina Unión Patriótica: expedientes contra el olvido me causó mucha conmoción, aquel dicho por Clara López a Patricia Ariza en el recinto donde yacía en cámara ardiente el cuerpo de Teófilo Forero en 1988: “nos vemos en el próximo entierro”. Casi 30 años después, la famosa “guerra sucia” acecha el escenario de posconflicto con una cruda enseñanza: en Colombia no ha pasado ni va a pasar nada. Se repite la misma receta de una serie de asesinatos sistemáticos a la orden del día y con una inmaculada indiferencia nacional.

Alejado del protagonismo ya insoportable que le dan en los medios a la godarria y la férrea “supuesta oposición” de Uribe y sus secuaces al Acuerdo de Paz, quisiera centrarme en los argumentos de fondo de todo lo que no nos dicen los Acuerdos y, que muy seguramente, seguirán perpetuando la paz para los ricos y la guerra para los pobres.

Desde el Plan Nacional de Desarrollo (PND) de Juan Manuel Santos, en su segundo mandato, se le hizo conejo a la paz. Ineludiblemente ni el viejo,  ni el nuevo Acuerdo,  tocaron temas como el de la educación, el modelo económico o los mecanismos reales de reestructuración del campo.

Los Acuerdos no nos dicen, por ejemplo, que el sistema educativo seguirá siendo igual de desperfecto y seguirá siendo un mecanismo de control social para producir mano de obra barata, poco cualificada y competitiva en comparación con las economías “desarrolladas”. Así pues, el país es más atractivo para la Inversión Extranjera Directa (IED), porque los costos de producción son más baratos a medida que los salarios de la mano de obra poco cualificada son menores. Aquí, no sé si fue que a las FARC-EP se les pasó o, tal vez, quieren entrar a competir laboralmente bajo estas paupérrimas condiciones.

En efecto, lo que se puede esperar es que no va a haber una restructuración en la educación, al Gobierno Nacional (y al parecer a las FARC-EP) no le interesa, ni desde el PND,  ni desde el Acuerdo de Paz, que las universidades públicas en el país se estén desmoronando, como ocurre con las instalaciones de la Universidad Nacional, al igual que tampoco le interesa que se siga perpetuando la apropiación y privatización de los recursos públicos mediante el Icetex.

Los Acuerdos tampoco nos dicen que el modelo de desarrollo en el campo seguirá siendo el mismo. Sin lugar a dudas, todo se va a transformar para que todo siga igual. En un análisis del profesor y economista Óscar Rodríguez, aunque en el lenguaje, e incluso en las intencionalidades del documento del PND y de los Acuerdos de paz  se plantea un cambio en el discurso oficial hacia el campo, el plan sigue siendo el mismo: “crear el ambiente político y económico para el retorno al campo de los empresarios nacionales e internacionales que ubicaron sus inversiones en actividades urbanas y financieras tras la crisis agrícola de los años noventa. Es decir, asegurar las inversiones de los de siempre: los grandes propietarios, pero también las de otros nuevos”.

Otra cosa que no nos dicen los Acuerdos, es que el campo se va a financiar con los mismos recursos del sistema financiero que ha patrocinado más de la mitad de las campañas presidenciales, que hace lobby en el Congreso para mantener el 4x1000 en la reforma tributaria y  que espera continuar cobrando los usureros “servicios bancarios”. El Gobierno Nacional y las FARC-EP proponen dos instancias de financiación: los subsidios o los créditos. Ambos igual de perversos. En el primero, se condena a la pobreza al campesino, porque los subsidios son políticas asistencialistas poco especializadas en generar innovación y capital de trabajo. Como resultado, los hijos de las generaciones pobres que antecedieron los 90 hoy siguen siendo pobres. Mientras que, por el lado del crédito, se siguen fortaleciendo los bancos. Mediante las tasas de interés (así sean especiales) para prestarle dinero a los campesinos, le significa un retorno al sistema financiero mucho mayor al préstamo inicial, haciéndose más ricos los bancos y los campesinos más pobres.

Luego de este punto, los grandes terratenientes que tienen la capacidad productiva y técnicas para competir en el mercado nacional e internacional se continúan apoderando a sangre y fuego de las tierras de aquellos campesinos que terminan endeudados o con una pobre capacidad productiva.

Finalmente, y como si esto no fuera lo único que no nos dicen los Acuerdos, hay que sumarle las atrocidades de la supuesta “ampliación” en la participación política. Estas denominadas circunscripciones especiales, así como la conformación de nuevos movimientos sociales no son ningún favor del Gobierno Nacional,  ni deberían serlo. Es una aberración que se relegue a unas cuantas curules a los partidos y movimientos que han sido silenciados históricamente. Esto lo único que va a generar es una disputa entre “pobres” y discriminados por un capital político incipiente, sesgando cada vez más la sociedad. La supuesta “ampliación política” no va a generar ni un recambio en las élites políticas, ni mucho menos mayor participación política. Lo que va a suceder es que se van a continuar perpetuando en el poder a los de siempre, y se dará un premio de consolación entre los supuestos nuevos partidos y movimientos, quienes terminarán rasgándose las vestiduras por las migajas.  

*Escrita por Esteban Salazar.