Emancipación de la violencia

Somos un producto histórico y mal haríamos en este mes si omitiéramos hacer alusión a la Batalla de Boyacá, aquel evento que, se dice, culminó la lucha por la independencia iniciada a finales del siglo XVIII. El desconocimiento de la historia no es sino el preludio de una sociedad sin identidad, o al menos carente de la capacidad de reconocerla.

Por Laura Barón-Mendoza

Sin entrar en las discusiones sobre cuál es el hecho libertario para la fundación de la Gran Colombia, entre el 20 de Julio, los eventos en el Pantano de Vargas y la Batalla de Boyacá, ni cuál era la naturaleza de la independencia que se apetecía, lo cierto es que los tres episodios hicieron parte de la campaña independentista que reivindicaba una emancipación. Sin embargo, no es insólito decir, en términos de Daniel Pécault, que todos estos hechos fallaron en consolidarse como mito fundacional de la nación. En consecuencia, la nación colombiana permanece en fase de construcción.

Como bien lo señaló William Ospina en su momento, desde entonces Colombia viene creciendo con el centro de gravedad situado afuera. Nos ha costado llegar a ser una comunidad imaginada, en palabras de Benedict Anderson, y, con esto, identificar aquello que compartimos para percibirnos como parte de un todo.

Aún así, pareciese como si la violencia fuese aquello que nos uniese. Hemos estado zambullidos en ella por décadas, lo cual ha engendrado una cultura de violencia, que la consolida como la herramienta principal para remediar conflictos y destrona su uso como último recurso. Esta violencia ahora heredada y aprehendida, es la que reproducimos en nuestra cotidianidad y ante la cual no existe desconcierto o asombro, sino una sombría aquiescencia a causa de su normalización e incluso aceptación como medio para conseguir cualquier propósito.

Por otra parte, esa cultura de violencia intrínseca es la que promueve la fatalidad colectiva de los colombianos que señala Diana Uribe, la cual no es más sino la frustrante idea de que estamos condenados a la guerra y, en consecuencia, de que como sociedad no es posible un cambio de paradigma. Si bien las imágenes de la guerra, como aquellas ilustradas por Stephen Ferry en su libro Violentología, muestran una cara que se debe conocer para construir memoria, no pueden generar un estancamiento. Conocer la historia permite transformaciones, las cuales requieren de diversas disciplinas para alcanzarlas.

Debo resaltar que, así como las normas jurídicas pueden constituir una de las fuentes de violencia en sí misma, también tienen la capacidad de ser un instrumento de transformación. En otras palabras, todo marco normativo puede enviar mensajes de legitimación o rechazo al empleo de la violencia, y, con ello, su efecto cultural es irrefutable. Así las cosas, el Congreso y las Cortes juegan un rol innegable de cambio, a través de la creación de marcos alejados de estereotipos que reconozcan la humanidad y los derechos de todos y todas sin distinción alguna.

Así como Salavarrieta, Santander, Nariño, Bolívar, entre otros, emprendieron una campaña por la independencia de la corona española, es nuestro momento de emprender la campaña para superar el yugo de la violencia y lograr una batalla de Boyacá sin sangre dos siglos después. Ahora bien, la paz, en tanto proceso continuo, tiene avances y retrocesos, tal y como la campaña independentista los tuvo durante la Patria Boba, en donde la codicia por el poder entre los criollos centralistas y federalistas culminó con una temporal Reconquista Española en 1814 antes de “recuperar” la independencia el 7 de agosto de 1819.

Con todo esto, alejados de cualquier chauvinismo y nacionalismo, Colombia está en el momento de construir nación indagando cuál es su proyecto colectivo, cuáles son los rasgos irrebatibles para la formación de su identidad y cuál puede ser su o sus actos fundacionales, incluyendo en estos las heterogéneas fórmulas de leerlo o percibirlo en razón a nuestra riqueza cultural.

Con el develamiento de ese común denominador, la sociedad colombiana alcanzará su propia valía, se distanciará de la fatalidad colectiva, así como de la perenne definición a partir de la violencia y, finalmente, podrá renunciar a conmemorar el rojo de su bandera que solemniza la sangre de los patriotas y ovaciona la violencia misma disimulada bajo el idolatrado heroísmo. La cuestión es reprogramar a Colombia como pueblo, distanciarla de su sentido de miseria y derrota, y adoptar una narrativa en donde la paz no sea considerada como una utopía. 

*Abogada y especialista en Resolución de conflictos de la Pontificia Universidad Javeriana y Maestra en Derecho Internacional Humanitario de la Geneva Academy. ​@laurabm02