El viejo Francisco

Ya no quiere volver a su tierra, ni le interesa reclamar lo que las AUC en su momento le robaron cobardemente, la guerra le enseñó que también sin nada se puede vivir. Que aun en una ciudad tan destruida como Cúcuta por el robo y el abandono se puede ser feliz.

Francisco fue marinero y vagabundo, anduvo por caminos insospechados para un hombre analfabeto y solitario. Negro, costeño, un día decidió sacarle la lengua a la vida y marcharse, “todo mejor que Colombia”, dijo que pensó cuando resolvió emprender camino. Hijo de palenqueros pero criado en los montes de María. Un campesino negro tan viejo como el vallenato, que hoy está cerca de los cien años.

De las pocas cosas que imaginó este veterano de varias guerra, es que una, tal vez la más sangrienta, lo desterraría para siempre de sus montes. Cuando los paramilitares entraron arrasaron con todo, hasta con las gallinas. Y Francisco, “el vallenato negro”, como suelo reconocerlo, salió despavorido hacia la frontera con Venezuela, sin nada, como solía deambular por el mundo.

Es que suele ser incomprensible cómo este hombre, un “costeño de pata pelá”, un día decidió irse de minero al sur del continente, a Chile, dizque porque la oferta de cobre era toda una promisoria fortuna. O de caminar por las montañas llegando a pueblitos de Bolivia y Ecuador. Imposible no creerle cuando le brillan los ojos y narra los detalles de su experiencia como pescador en Brasil, pues cuenta con tanta propiedad sobre Salvador de Bahía que pareciera estar hablando de su Guajira, la tierra donde terminó de crecer.  

Francisco no tiene hijos, no pudo, aunque saluda a las plantas que siembra y cuida en su casa con la misma ternura que a cualquier niño. Vive en un rancho de tablas a las afueras de Cúcuta, en un barrio que hasta hace poco fue legalizado. Sobrevive el día a día, como todos los habitantes de esta ciudad fronteriza que más bien parece un pueblito abandonado a la suerte de los bandidos que la gobierna.  

Recuerdo una tarde entre cervezas en la orilla del rio pamplonita, de lo poco o nada que queda, el viejo se soltó con su rollo de siempre, esta vez como hechizándonos con el cuento de que la suerte de Colombia estaba echada. A continuación nos dijo que para él la historia del país era como un vallenato y que todo se supo cuando Emiliano Zuleta y Lorenzo Morales se pusieron a pelear con los acordeones, de lo cual afirma fue testigo.

-¡O sea que usted vio nacer la gota fría! – dijo

-Así es, yo vi esa pelea subido en un árbol – respondió

Aquel emblemático vallenato que retrata también esa cosa tan colombiana de “querer joder al otro” a como dé lugar. 

Pero tal vez, su tristeza más profunda fue la salida con sus corotos después de la última masacre en los Montes de María, donde según dice, él quería pasar el resto de sus días. Sin embargo, viejo y cansado de tanto andar, cualquier tarde logró reunir lo que pudo y comprar un pasaje para Cúcuta donde tenía algunos conocidos que con gusto le ofrecieron un predio invadido a las malas, que aunque sin servicios, al menos tendría a donde llegar. Y así fue a parar el viejo Francisco a la frontera con Venezuela, la que aún sigue cerrada.

Hoy está tranquilo, en la pobreza, pero tranquilo, acostado en su hamaca en las tardes mientras la brisa lo mece y toma aire para narrar sin parar las aventuras de su largo caminar por el continente y de la masacre que lo sigue perturbando, aunque el tiempo también va ayudando a olvidar.

-Hombre, yo nunca necesité nada, los pies pa andá, na´ má –se ríe

Ya no quiere volver a su tierra, ni le interesa reclamar lo que las AUC en su momento le robaron cobardemente, la guerra le enseñó que también sin nada se puede vivir. Que aun en una ciudad tan destruida como Cúcuta por el robo y el abandono se puede ser feliz. Así vive el viejo Francisco, como resiste cualquier pobre de Colombia, tranquilo y desprevenido.