El pueblo Yukpa y su drama en Cúcuta

Como si fuera poco a la crisis humanitaria que vive en su frontera con Venezuela, Cúcuta también  está recibiendo un éxodo del que no se habla: más de 500 familias indígenas Yukpa, un pueblo indígena que ha llegado buscando salir del régimen venezolano que al parecer los abandonó sin encontrar soluciones en Colombia.

Como si fuera poco a la crisis humanitaria que vive en su frontera con Venezuela, Cúcuta también  está recibiendo un éxodo del que no se habla: más de 500 familias indígenas Yukpa, un pueblo indígena que ha llegado buscando salir del régimen venezolano que al parecer los abandonó. Sin embargo, la cosa parece no mejorar en territorio colombiano, donde en teoría el Estado debería responder por la vida de estas personas, dada su condición de binacionales.

Están ahí, “a la suerte de Dios”, en la orilla de un río que separa a Cúcuta de Ureña, mientras los funcionarios del Estado colombiano, enredado en trámites con organizaciones internacionales, se reúnen cada tanto a ver si pueden hacer alguna cosa. Pero la vida y el hambre no dan tregua y por esto las madres Yukpa salen con sus hijos muy de mañana todo los días a mendigar en el centro de la ciudad. Es común verlos arrojados en las calles con cara de hambre e inspirando lástima.

Hace cuatro días murió un bebé con síntomas de desnutrición y todos los males que le puede dar a la intemperie. Tenía nueve meses, el pequeño no soportó el dolor de la marginación y el hambre. Así como nuestros niños que se mueren en la Guajira o en el Pacífico, o como los miles que van con hambre a la escuela en esta “Colombia próspera”. Así como ellos, este niño Yukpa que no tuvo la suerte de nacer en una familia que no fuera indígena (porque es pecado ser indígena en Colombia) evitó resistirle a la muerte y marcharse para siempre de este mundo egoísta (es preferible pensarlo así).

Pero ahora sus hermanos de etnia que siguen dando la pelea contra nadie para que les permitan reubicarse en territorio colombiano y tener acceso a los derechos que por siglos les han sido negados, tal vez caigan en la tentación de marcharse para siempre, cansados de tanta espera. Esperamos que el cuerpo de estos bebés Yukpa resistan, que más de seiscientos niños, muchos de ellos con hambre y mal nutridos (por no decir todos) no mueran, y que el glorioso Estado colombiano no pase a la historia con un expediente más por abandono.

Esperamos que esta situación sea emblemática en su solución, que le muestre al mundo y a Latinoamérica cómo resolver problemas étnicos fronterizos y que no sea recordado como un drama que pudo ser solucionado a tiempo, pero que por la burocracia acostumbrada, enredada en la tramitología del legalismo tengamos que llorar la muerte de personas echadas a su suerte por un régimen espurio como el venezolano y la flamante “democracia colombiana”. Confío que no tengamos que contarles a nuestros hijos la historia dramática de un puñado de hombres, mujeres y niños de la tierra que murieron de hambre en la raya divisoria entre dos países que se dicen hermanos.

Confiemos en medio del caos, es menos dañino y más propositivo. Por esto confiamos en que las próximas reuniones del estado colombiano con sus instituciones, en conjunto con las organizaciones internacionales y los líderes del pueblo Yukpa se pongan de acuerdo y encuentren soluciones a la incertidumbre de estas familias que hoy yacen a la orilla de un río en condiciones sanitarias y alimentarias que comienzan a configurar una bomba de tiempo.

No nos digamos mentiras, como está demostrado esto es un tema de voluntad política (como dicen los expertos), por eso confiamos antes que nada en la buena voluntad del Estado colombiano y las autoridades cucuteñas, como del conjunto de instituciones nacionales e internacionales para que realmente contemos la historia de otra manera, como una situación caótica de un pueblo indígena que fue superada con grandeza. Mientras tanto, los niños Yukpa esperan luchando por su vida contra el tiempo y contra nadie.