El primer día de la paz: Vera Grabe

No es un asunto semántico la diferencia entre dejar o entregar las armas. De por medio hay dignidad, orgullo, honor. El arma ha sido compañera, tradición, protección y acción. El arma da presencia y reconocimiento.

Otro proceso. Otro momento. Otros actores. No se trata de comparar, sólo de hacer un poco de memoria. Los nuevos procesos no se quieren parecer a los antiguos. Crean y tienen sus propios símbolos y modos.

Pero para todo guerrero, en todos los tiempos y lugares, dar el paso a la paz no es un tema menor ni procedimental. Es un paso decisivo, es dejar un estado e inaugurar otro. Por eso no es un asunto semántico la diferencia entre dejar o entregar las armas. De por medio hay dignidad, orgullo, honor. El arma ha sido compañera, tradición, protección y acción. El arma da presencia y reconocimiento. Genera miedo o respeto. Dejarla despierta preguntas e incertidumbres: ¿Quién seré cuando no tenga un arma en mis manos? ¿Cuál es mi autoridad? ¿Cuál es mi poder en la paz?

Por esta razón en el proceso de paz del M-19 en 1990 hubo el máximo cuidado con las palabras y los símbolos. No era una entrega sino la decisión libre de dejar las armas: dejar un modo de actuar sin renunciar a las ideas. Entonces la decisión se tomó mediando una votación interna. Y las armas no las recibía el gobierno, sino testigos internacionales, para luego fundirlas.

“¡Oficiales de Bolívar, rompan filas!” Fue la última orden de Carlos Pizarro. Fue la mejor, la más valiente. Era mucho más que un acto militar. Era un cambio de vida, para asumir a fondo una condición civil y ciudadana.

En el acto de dejación y firma de la paz hubo alegría y nostalgia, algunas lágrimas. Era el fin de una época, años de vida de caminar país y mundo, con el recuerdo de los que ya no estaban. Surgían enormes enigmas por descifrar. No habíamos estado ausentes del país, pero el “regreso” era descubrir qué tanto o qué poco había cambiado, y qué tanto habíamos cambiado nosotros. La palabra “reinserción”, acuñada en este proceso, no logra recoger el complejo proceso de emprender la vinculación a una realidad urgida de transformaciones a cuales íbamos a contribuir ahora desde la legalidad.

Pero la paz era también una nueva liviandad. Significaba quitarnos capas como la cebolla. Despojarnos de aquello que es útil en la batalla, pero se convierte en un peso en la civilidad y la paz: la liturgia de la guerra, las botas y las jerarquizaciones, aquellas que uno hace valer, pero también aquellas a las que se somete casi como orden natural; la clandestinidad trasladada a la vida, que significa no abrirse con los demás.

¿Traumático? No, liberador. Era despercudirnos y renacer, sin negar la vida anterior. Descubrir otros poderes. Redescubrir también cosas elementales, esenciales. Salir a la calle. Mirar a la gente a los ojos, responder miradas de conocidos y desconocidos. Reconocerse en la mirada de la gente. Aceptar saludos y regaños. Reencontrarse con la familia. Tener domicilio conocido. Montar casa, desempacar el morral y colgar la ropa en un armario.

No es lo mismo ser guerrillero que ser exguerrillero, así después de décadas aún alguien te grite “guerrillera”. Es el mismo ser humano, pero en otra condición: desaprende, aprende, reaprende.

Entonces no hubo mucho tiempo para celebrar esa victoria de la paz. La campaña militar fue inmediatamente reemplazada por la campaña electoral. Había que aprender a echar discursos y conseguir votos. Había que dejarse contar.

Pero hoy sí tenemos tiempo para celebrar. Porque la paz que se firma es de Colombia. Y por eso es también nuestra. Todo el reconocimiento a quienes han tenido la perseverancia, paciencia a  inteligencia de encontrarle las rutas a esta paz.

*Observatorio para la Paz –Paciculturas. @obserpaz