El Pacífico colombiano y la enfermedad mental: secuelas del olvido

Testimonio de una siquiatra que trabaja con Médicos Sin Fronteras en Tumaco y Buenaventura con población víctima de violencia.

Por Médicos sin fronteras

Soy colombiana, médico y psiquiatra, y mi colaboración con Médicos Sin Fronteras me ayudó a ver otras dos expresiones de la vida en Colombia, la de Tumaco y la de Buenaventura. Estas son versiones que no se sienten con tanta intensidad viviendo en Bogotá, la capital, tan lejos de todas las realidades del país. Tengo que decir, franca y abiertamente, quehe quedado asombrada, no solo por la riqueza cultural, la gastronomía, la sabrosura de la gente, la idiosincrasia, el acervo de tradiciones que perviven en sus pobladores y que se respiran en sus calles, sino también por lo que en silencio está corroyendo a sus pobladores: el olvido.

Las necesidades básicas insatisfechas en la población han sido el caldo de cultivo perfecto para la instalación de la violencia en el territorio. Los habitantes han estado expuestos una violencia generalizada, fortalecida por el aislamiento geográfico originado por las dificultades del terreno, la falta de inversión en infraestructura y la falta de respuesta a sus diversas necesidades. Esta es una región de conflicto activo con presencia de diferentes actores armados, sumiéndose la población en una prolongada exposición a la violencia que exacerba la manifestación de problemas de salud mental.

Trabajar en estas regiones me ha mostrado lo que significa padecer un trastorno mental en estos lugares. Un caso típico es el de Amanda*, una señora de 85 años, que habitaba en la zona rural, como casi la mitad de los habitantes de Tumaco, quien había desarrollado síntomas psicóticos de más de 5 años de evolución sin ninguna atención. Eso, en otras palabras, quiere decir que Amanda padecía alucinaciones e ideas de que era perseguida hace ya varios años sin recibir tratamiento alguno que le ayudara a mejorar su situación. Inevitablemente, esta condición deterioró su capacidad de cuidar de sí misma, se volvió agresiva hacia otros y empezó a tener dificultades en las relaciones con sus vecinos y familiares.

Las manifestaciones de esta enfermedad fatigan, entristecen y generan una sensación de desesperanza entre los cuidadores. Amanda tampoco tuvo acceso a medicamentos para tratar su condición, lo cual tiene, en todos los casos, un impacto negativo en el bienestar del paciente y de aquellos que lo rodean. Sumado a ello, se debe mencionar el deterioro de las funciones cognitivas, que implica el hecho de que una enfermedad mental se desarrolle sin manejo por tanto tiempo.

Hasta hoy en Tumaco no existe ningún tipo de atención psiquiátrica especializada, la atención en salud mental se da en hospitales en casos de urgencia a cargo de médicos generales en las salas de emergencia y a través de un limitado presupuesto y acceso a psicofármacos. Tampoco hay un ala de hospitalización de salud mental y aquellos pacientes que requieren vigilancia permanente, valoración especializada u hospitalización deben ser remitidos a la cabecera municipal (Pasto).

En Buenaventura la situación no es muy diferente. Aunque ya se encuentra en planeación un ala de hospitalización por psiquiatría y recientemente algunas Entidades Prestadoras de Salud han incluido una oferta de consulta externa por psiquiatría, la posibilidad de encontrar un psiquiatra es de una vez cada dos semanas, en el mejor de los casos. Esta intermitencia en la disponibilidad de psiquiatras genera largas esperas y, lamentable e inevitablemente, una atención rápida y superficial dada la gran demanda y poca capacidad de respuesta. Adicionalmente, la presencia de psiquiatría en consulta externa aun no resuelve la necesidad de infraestructura para hospitalización por salud mental de los pacientes más agudos, más urgentes y en más riesgo, quienes a causa de la situación deben ser remitidos a Cali, lejos de su red de apoyo y fuera de su entorno. Por si fuera poco, dar la orden de remitir a los pacientes a la cabecera municipal no garantiza que reciban la atención de urgencia que requieren y muchos pacientes en riesgo considerable no consiguen una resolución oportuna de sus trámites de remisión,  teniendo que regresar a casa sin recibir la atención que necesitan.

Tenemos entonces una población víctima de un conflicto que ha exacerbado la violencia sexual, ha deteriorado el tejido social, y como consecuencia ha debilitado las redes de apoyo familiares y comunitarias, que vive con necesidades básicas insatisfechas y, para empeorar las cosas, una mezcla de factores que aumenta las probabilidades de padecer trastornos mentales. Una población doblemente vulnerable, encallada en un contexto de privaciones y con el riesgo latente de manifestar síntomas de trastornos mentales severos, en ocasiones con limitaciones para su capacidad de funcionar de manera autónoma y en sociedad. Si bien se ha avanzado, en gran parte gracias al trabajo de la organización que ha atendido a más de 60.000 personas en los últimos 10 años, todavía no hay una capacidad para brindar atención adecuada a personas vulneradas históricamente, que continúan siendo revictimizadas por la ausencia de atención ante la cantidad de males que las aquejan.

*Nombre cambiado para proteger la identidad de la paciente.