El miedo y el testimonio

De pequeños no enseñaron a decir siempre la verdad, pero a medida que crecíamos se hizo relativo. ¿Por qué un valor supremo se convierte en excusa o en arreglo?

Existe una andanada de opiniones acerca de la columna de Claudia Morales, que apela a tocar varios temas de fondo. En primera las relaciones de poder entre hombres y mujeres y la dignidad de las ellas. Allí, toda la solidaridad y el camino de ardua travesía para sembrar igualdad.

Pero, ¿qué hace que un testimonio tenga más valor que otro? En un ejercicio de reflexión que pronto será publicado por el programa de Estudios Críticos a las Transiciones de la Universidad de Los Andes hicimos un intento de organizar ideas al respecto.

El testimonio de por sí, se convierte en la única herramienta a disposición de las víctimas para enfrentar la justicia y sobre todo lo que se considera en la opinión pública como víctima. Esas personas son además de la parte esencial de la historia, el sujeto que da cuenta de las violaciones y por ende que algo en el sistema no funciona.

La relación entre verdad y justicia es un binomio inseparable en el ideal pero no en la realidad, ¿por qué? Porque existe otra variable indispensable: El poder.

Y en ello sí la víctima no tiene poder o relaciones para que su historia acceda a la pirámide construida cultural y políticamente; Será más que re victimizada, condenada al olvido. Y en nuestro país, no es un olvido simple, es el verbo eliminar en su máxima expresión  -física y simbólica. Quien se enfrenta al poder corre riesgos y eso parece estar normalizado.

Miedo se llama. En palabras castizas “deje así” que es a la vez una manera de resignación pero también de resiliencia. Resignación porque enfrentar un testimonio conlleva a tres situaciones 1) Si no hablas la situación de desigualdad se mantiene. 2) Si hablas te enfrentas al poder y al riesgo de volver a ser agredido o agredida y la comunicación efectiva del agresor y 3) El trámite de la justicia que más que satisfacción es un vía crucis.

Resiliencia porque es una capacidad de nuestras entrañas reconstruirnos con y a pesar de lo vivido. Cada familia guarda recuerdos de cómo sobrevivió o llegó hasta donde está, apelando al trabajo y a la noción en que solo nuestras manos hacen posible la existencia, allí no hay estado que valga.

Somos una nación tan echada para adelante que pocas veces mira hacia atrás. Pero hoy mirar hacia atrás debe convertirse en un ejercicio público y dinámico que además de juntar fogones arda en la fogata de la verdad.

La valentía del testimonio será en nuestra época más que un valor, uno de los bienes más preciados -como el agua- y allí reside buena parte de lo que podamos considerar como cimiento para ser mejor país.

La verdad seguirá siendo un problema mientras no se decanten o se analicen las relaciones de poder en cada caso. Solo si hay una cadena de verdades hechas testimonio y construidas en el transcurso del tiempo, es decir la relación entre historia y memoria, podremos establecer un margen de valores predominante.

Nuestro estado fue construido sobre la represión, la dominación y el miedo. Los trasegares de quienes se levantaron contra esa forma son más que lamentables y el miedo predominó como forma de sobrevivencia y a la vez de mantener el statu quo.

Por ello hoy más que nunca, el valor de la verdad es una fuerza incontenible para transformar esas relaciones de otrora, una verdad que nos interpele como seres humanos parte de una nación que aún no se mira totalmente el rostro.