El futuro de las relaciones Colombia-Estados Unidos en la era Trump

Estos temas de política exterior hacia América Latina que no ocuparon la atención central del candidato probablemente van a ser espacios en donde el Partido Republicano va a tener la oportunidad de sugerir y moldear la política que se seguirá con más efectividad.

Por mucho que uno busque, es prácticamente imposible encontrar una declaración de Donald Trump relacionada con Colombia durante toda la campaña presidencial. De tal forma que no es fácil intentar dilucidar lo que significará su llegada a la Casa Blanca para el país y su proceso de paz, en particular.

Estos temas de política exterior hacia América Latina que no ocuparon la atención central del candidato—a diferencia de lo que sucedió con México o con Cuba—probablemente van a ser espacios en donde el Partido Republicano va a tener la oportunidad de sugerir y moldear la política que se seguirá con más efectividad.  Trump y el partido tienen ambos incentivos fuertes para zanjar las diferencias que generó la campaña: ambos pueden usufructuar mucho mejor en conjunto las mayorías republicanas en cámara y senado que dejó la elección del pasado martes. 

Así las cosas, hay dos posiciones relativamente distintas al interior del Partido Republicano sobre el tema colombiano: el establecimiento del partido siempre ha defendido la agenda del libre comercio y la lucha con las drogas, ha sido algo tibio en sus declaraciones a favor de las negociaciones de paz pero tampoco ha hecho declaraciones abiertamente opuestas al mismo. Este es el caso de figuras como John McCain, quien claramente ha centrado sus prioridades en el tema comercial y de tráfico de drogas y más bien tiende a pronunciarse menos sobre el resto. 

El otro sector del partido, encabezado más visiblemente por Marco Rubio, si ha expresado con claridad sus reparos a la forma cómo se ha adelantado el proceso de paz colombiano. Le preocupa la participación política de las FARC y la posibilidad de que haya impunidad de los miembros de esa organización que hayan cometido delitos de lesa humanidad, entre otras cosas.  También ha escrito que “dado el historial del presidente Barack Obama sobre intercambio de prisioneros (lo hizo con Cuba y con Irán), tiene poca confianza en que vaya por un camino similar para el caso de las Farc”, refiriéndose a la posibilidad de que su gobierno (con la complicidad del colombiano) deje de insistir en la extradición.

Dependiendo de cuál de estos dos sectores logré reconciliarse más rápida y efectivamente con el nuevo presidente, entonces la agenda de política exterior hacia Colombia adoptará formas distintas. Trump insultó fuertemente a McCain y a Rubio durante las primarias presidenciales y en ambos casos los agravios van a ser difíciles de superar.  Sin embargo, los incentivos políticos de Trump para acercarse a Marco Rubio son, desde mi punto de vista, mucho más contundentes y tienen que ver con el papel trascendental que jugó el estado de la Florida en su elección.

Cuando muchos aseguraban, incluso hasta horas antes de las elecciones generales, que la población latina se revelaría abierta y decididamente contra Trump en revancha por su discurso contra los inmigrantes, el resultado electoral apuntó en una dirección muy distinta.   El 65% del voto latino a lo largo y ancho de Estados Unidos acompañó la candidatura de Clinton y el 29% acompañó la de Trump.  A pesar de la diferencia, a Trump le fue mejor con los latinos que a Mitt Romney (el candidato republicano que se enfrentó a Barack Obama hace cuatro años) en la medida que obtuvo 2% más de apoyo electoral que este último.  En cambio, Hillary Clinton obtuvo un 6% menos de los votos latinos comparado con los votos de este grupo que obtuvo Barack Obama en la elección pasada. Tampoco puede decirse que la xenofobia de Trump haya generado más entusiasmo latino o un voto de protesta nuevo y sustancial: en el caso de la Florida, en esta ocasión su voto constituyó el 18% del electorado de este estado mientras en el 2012, constituyeron el 17%.  El nivel de participación no sufrió un cambio drástico. 

Sin embargo, donde si hay una diferencia en el caso de Florida, es en el voto cubano-americano.  En esta ocasión, el 52% de los cubano-americanos de Florida votaron por Trump mientras hace cuatro años solo el 47% lo hizo por Mitt Romney.  De hecho, Trump se enfocó particularmente en el electorado cubano, haciendo referencia a ellos incluso en lugares donde el voto hispano no era significativo. La insistencia de Trump en reversar el proceso de normalización de relaciones con la isla adelantado por Obama estaba también dirigida a estos votantes. 

Por esta razón, es probable que uno de los temas de las relaciones con América Latina que domine la agenda de Trump al inicio de su gobierno sea justamente el de las relaciones con Cuba.  Y por ese mismo camino, la política hacia Colombia y la solución al conflicto armado pueden quedar atrapados en el medio en la medida en que Cuba ha sido un actor fundamental en las negociaciones de paz.  

Adicionalmente, Marco Rubio es al tiempo uno de los críticos más vocales del proceso de paz colombiano y uno de los voceros más importantes de la oposición de cubanos exiliados al proceso de normalización de las relaciones con la isla y con el régimen Castro. El riesgo de que los dos temas terminen vinculados es entonces alto. Como todo con Trump, lejos estamos de tener certezas sobre el futuro.  Pero tampoco vale la pena hacerse ilusiones con una continuidad contundente que tiene muy pocas probabilidades de darse. 

*Sandra Borda Guzmán, doctora (PhD) en Ciencia Política de la Universidad de Minnesota.