El experimento FARC-EP

La noticia que circula acerca de que las FARC-EP conservarán el mismo acrónimo como partido legal se convierte en una de las cuestiones más interesantes de la política colombiana de este año.

Aunque aún no puede darse por definido, la noticia que circula acerca de que las FARC-EP conservarán el mismo acrónimo como partido legal se convierte en una de las cuestiones más interesantes de la política colombiana de este año.

Comienzo contándoles sobre un ejercicio que hice en mi burbuja de Facebook, donde hay personas de todo tipo, desde viejos y nuevos militantes de las izquierdas hasta algunos publicistas. Sabiendo que no tiene ninguna rigurosidad estadística pregunté sobre éste tema y el resultado fue el siguiente: de 132 comentarios en total, 104 estuvieron claramente en desacuerdo con la conservación del acrónimo, 19 estuvieron de acuerdo, y 9 tuvieron opiniones intermedias referidas sobre todo al programa detrás del nombre.

Aunque fueran menos las personas que expresaron estar de acuerdo, me llamaron mucho la atención sus argumentos por contundentes. En síntesis, con una lógica de real politik, priorizan la autonomía de la ex-insurgencia y el imperativo de la cohesión interna de sus integrantes en este período de transición, afirmando que resulta más fácil resignificar la connotación negativa del acrónimo con base en una buena acción política que posicionar uno nuevo. Por su parte, y con no menos razón, quienes dijeron estar en desacuerdo enfatizaron una perspectiva de political marketing, con una preocupación por la carga simbólica de la sigla FARC-EP relacionada con la guerra, afirmando que el hecho de no cambiarla sería una muestra de anclaje en el pasado.

A mi modo de ver, dando por cierta la hipótesis, creo que la decisión de que el nuevo partido se llame FARC-EP tendría mucho sentido, aunque implica un experimento riesgoso. Cualquiera prevería que llamarse de ese modo haría llover reproches. Hacerlo significa apostar a mediano plazo por el posicionamiento de una reputación a partir de la política de cumplir con lo que se dice con la mayor coherencia, aún cuando nadie más cumpla, como ya viene ocurriendo durante la implementación de los Acuerdos de Paz y que ha producido importantes resultados. Esa apuesta no rechaza el marketing, como hemos visto a través de videos creativos enfocados en problemas económicos y sociales más que en candidaturas, pero quiere pasar al otro lado del río, al lugar de la legitimidad plena, con el equipaje completo, haciendo de ello un ejercicio de construcción de mensaje frente a un pueblo que puede no entender muy bien sobre las opciones políticas en disputa, pero que lo que sí sabe es que la mayoría de las veces nadie cumple.

Vienen dos períodos en el Congreso sin depender de los votos ni del marketing para plantear una alternativa coherente en medio de una crisis de representatividad de la que no se salva nadie. Y desde cierta visión de la política podría argumentarse que la connotación negativa del acrónimo no redunda sólo en pérdidas, porque para ser gobierno se necesita también ser temido, como enseñaba Maquiavelo. Pero éste experimento también puede salir muy mal. Implica hacer de esos dos períodos consecutivos en el Congreso una prueba durísima en condiciones que son muy distintas a las que posibilitaba el conflicto armado, y se le entrega desde ya una herramienta afilada a quienes quieren hacer del proceso de justicia transicional una etapa de señalamiento permanente. En lo inmediato, afectaría las elecciones de 2018 que son determinantes para la continuidad de los Acuerdos. Se afecta la posibilidad de coaliciones con candidatos que sí dependen de los votos que logren, y que no querrán asociarse con una marca que hoy está desprestigiada. Y más allá, se le da un golpe a la estrategia misma, porque la promesa de una política de cumplimiento existe por fuera de lo conocido, es decir, necesita también de la expectativa de novedad.

No es fácil tener una opinión definitiva sobre este tema y a mí no me corresponde tenerla. Sin embargo, creo que es fundamental que se entienda que FARC-EP no es sólo el nombre de una organización, sino un significante más amplio cuyo devenir afecta al conjunto de las posibilidades de cambio en Colombia.