El destierro de mi bisabuelo Rafael

Me contó una tía abuela, hija del bisabuelo Rafael, que aquel día del asesinato de Gaitán, llegó corriendo a casa para cambiarse. Habían dado orden de ejecutar a los policías liberales y él era uno de ellos.

Mi bisabuelo fue un hombre grande y negro, venido de los socavones de Antioquia. Llegó a Medellín buscando mejor vida y se instaló al norte de la entonces Villa De La Candelaria, en los potreros de un caserío, a las afueras de un pueblo. Era contestario, liberal y tanguero, es decir el adefesio de un pueblo conservador. Acusado de masón varias veces aunque escasamente sabía leer. Cuando se sentaba en el balcón los domingos a ver pasar los conservadores que iban a misa, estos dizque se santiguaban ante el “liberal negro”, como se lo reconocía.  

Me contó una tía abuela, hija del bisabuelo Rafael, que aquel día del asesinato de Gaitán, llegó corriendo a casa para cambiarse. Habían dado orden de ejecutar a los policías liberales y él era uno de ellos. Abrió como pudo una vieja maleta y metió lo que primero se le vino a la cabeza: algo de ropa, las fotografías de su esposa y una foto de su primer nieto, mi padre. Después bajó a la estación del tren y consiguió ruta hasta Cisneros, allí habría de salir rumbo a Remedios, la tierra de sus ancestros.

Remedios era un caserío grande y rojo como la sangre, una zona híbrida entre mulatos campesinos en un espacio limítrofe. Sus pobladores vivían en la frontera con el departamento de Bolívar y el aliento del rio Ité. Un pueblo de nadie en medio del calor a donde llegó mi bisabuelo huyendo de la persecución conservadora. Dicen que cuando regresó a su caserío natal, no había nada. La casa de su parto ya no existía y solo algunos compadres lo volvieron a abrazar.  

Viejo y cansado regresó a las minas, de las que tanto huyó. En las noches pasaba el tiempo jugando dominó, cantando tangos y tomando aguardiente.  Sin embargo, el destierro de mi bisabuelo se tornó cruel: volver de donde escapó con las manos limpias, sin plata, sin nada, eso vacía el alma. Cada vez que mi tía abuela  contaba esta historia suspiraba, pero también daba gracias a sus dioses de que el abuelo nunca hubiera amanecido muerto en alguna quebrada u orilla del rio Medellín. Todo mejor que morir en las manos de un “pájaro” (como le decían a los sicarios conservadores).   

- Yo no quiero morir como mueren los hombres tristes –dicen que decía

Cuando la violencia menguo, volvió a Medellín para morir de viejo. Cansado, siempre con una sonrisa. No pudo recuperar su puesto de policía, un logro que tanto le enorgullecía, se resignó a ser vigilante de buses y casas de personas importantes, los ricos conservadores. Siempre tan digno, nunca amedrentado. Para entonces su mujer había muerto, es decir mi bisabuela a la que nunca pudo ofrendarle unas exequias. El destierro lo devolvió extraño a su propia familia, muchos de sus hijos habían abandonado la casa.  A Rafael Solo le quedaba caminar despacio tanteando las tapias con la vista del tacto.

- ¡Para qué volviste! –decía mi tía abuela cuando lo veía decaído

- A morir, a morir… – respondía con la voz agitada

Era la tristeza de un hombre que arrastraba la pena del destierro, la valentía de quien lucha hasta el final. La impotencia de algo que se le había escapado de las manos, que le habían obligado a abandonar. Exiliado en su propia tierra para volver. Ya sin memoria aguardaba en algún parque para que su nieto, mi padre acudiera a buscarlo.   

Una mañana mientras esperaba el desayuno para ir a trabajar, un dolor le invadió el pecho y le paró para siempre el corazón. Murió queriendo ser útil, volviendo a una vida que ya no era su vida, como es la vida de un desterrado.  

- Nunca entendí para que volvió  –decía mi tía abuela cuando recordaba al viejo Rafael.