El comandante y la bruja

En un caserío en las montañas del Catatumbo se dio esta historia que retrata con crudeza por qué Colombia es puro realismo mágico.  

En la noche cuando llegó el Epl al caserío, María Rosa recién había cerrado su “tienda”, un pequeño cuarto abarrotado de toda clase de enseres y objetos, grandes y pequeños, enredados en toda la habitación, identificados por distintos precios. Era una tienda de pueblo con la que se ganaba la vida. Los “pelusos” habrían de reunirnos un par de horas después de su arribo, justo en el parque donde hacía 10 años atrás los paramilitares habían jugado al futbol con algunas cabezas de jóvenes acusados de guerrilleros.

La noche estaba despejada y bella, como suele ser la vida en las montañas del Catatumbo. El caserío estaba ubicado en un corredor estratégico entre Sardinata y Pacelli, olvidado por el Estado, que en cambio siempre ha puesto a soñar a los campesinos con trochas pavimentadas y subsidios que permitan exportar sus productos, cuando, algún día, esas tierras sean de ellos.

El comandante se llamaba Willinton, hace poco murió en un operativo militar de las Fuerzas Armadas en este mismo corredor del Catatumbo. Era un hombre moreno, robusto, de mirada agresiva y osada, alardeaba reiteradamente en su discurso sobre no temer a la muerte: “no nacimos pa semilla”, decía, mientras nos hablaba en el parque a toda la comunidad, unas 300 personas. También estaba un mando medio del Eln, un joven más bien desarrapado y borracho con muy poca formación ideológica.  

Esa noche, Willinton nos amenazó, caminaba de un lado a otro por las escaleras del parque donde fingíamos ser espectadores de alguna tragedia. Pronto llegaron más guerrilleros y guerrilleras del Epl, rodeaban el parque y hacían como de escoltas del susodicho mientras este nos lanzaba diatribas acusándonos de “sapos” y delatores. El personaje no lograba entender como hacía tan poco las Fuerzas Militares habían dado golpes tan duros. No creía en la inteligencia sino en la superstición, alguien le había dicho que en el pueblo había una bruja, y que tenía antecedentes porque esa misma bruja había "molestado" la compañera de uno de sus mandos. Era increíble la escena.

Ciertamente, María Rosa había enviudado hacía muchos años atrás cuando su esposo fue asesinado por paramilitares, y también era cierto que su cuerpo nunca pudo ser encontrado hasta el sol de hoy. También era verdad que sus dos hijos habían marchado a la guerra, uno para las Farc y otro para el Ejército. Pero a nadie le constaba que esta se hubiese dedicado a la brujería, más que ser una mujer triste, entrada en edad y casi muda. Doña Rosa no se metía con nadie, llevaba su dolor sola, en silencio. Eso ya la hacía sospechosa.

El guerrero le ordenó que se parara delante la multitud. La mujer se levantó sumisa aunque sin miedo, me atrevo a especular por su rostro sereno. Sus miradas se cruzaron. El verdugo y la víctima. O dos víctimas, porque según las publicaciones posteriores a su muerte, su vida había sido la de cualquier niño campesino con una madre no muy distinta de la mujer que lo miraba en silencio.

La acusó de bruja sin misericordia, le dijo que uno de sus mandos casi abandona las filas porque había perdido a su compañera gracias a que ella se había prestado para realizar un bebedizo para que ella se enamorara de otro guerrillero de sus filas y viceversa. Y que por esta razón, se habían pegado un tiro cada uno en una riña. Que eso había sido un “desorden muy feo en su tropa”, y que ella tenía la culpa. Ah, y que además tenía comentarios de la gente del caserío que daban testimonio de que ciertamente ella era una bruja. Doña Rosa permanecía callaba. Después de tanta retahíla y nuevas amenazas la reunión terminó. Cada uno a su casa.

Pasadas varias semanas nadie supo de la mujer. Algunos dicen que huyó. Lo cierto es que la tienda abarrotada no abrió más sus puertas, y que unos meses después el comandante que tal vez pudo ser su hijo fue asesinado.

 

*Por Charli Spansky