El comandante Diego

Al comandante Diego lo conocí algunos años atrás en los manglares del pacífico nariñense, justo en la última vereda de un río que parecía una serpiente negra y brillante.

Ese caserío internado en la selva distaba a siete horas del casco urbano en lancha rápida, que se volvía lenta a medida que el caudal del río disminuía anunciando su origen. Increíble que en condiciones tan inhóspitas viviera gente totalmente alejada de la “civilización”; selva adentro y en el nacimiento de un río, pensaba, mientras nos acercábamos.

A medida que subíamos por el río se divisaban los pequeños caseríos, todos tenían nombres peculiares. Así se organizan las comunidades descendientes de africanos que huyeron de la colonia española o de la naciente república que también los marginó y margina. Huyeron de los grandes hacendados del Cauca, Valle y Nariño a fundar entre manglares, ríos y mar nuevos pueblos que habitar.

El comandante Diego era uno de ellos, es decir un afrodescendiente de risa impecable, no muy grande y de manos duras, como la madera de chonta. Nos conocimos en ese último caserío llamado “cañas”, a donde él solía ir con la guerrillerada a pasar revista y tomarse alguna cerveza. Allí me invitó a una, para entonces yo era un misionero consagrado a trabajar con comunidades llevando el mensaje de Jesús de Nazaret. Mi formación por años en teología de la liberación y mi admiración, por mitos familiares, de algunas revoluciones prepararon nuestro encuentro.

Jesús fue el primer gran revolucionario, me dijo. Después tomó un largo sorbo de cerveza. Sí, le dije, pero sin ideología. Insistí. De ahí me explicó, como si tuviera una cartilla en su cabeza, sobre la importancia de la ideología. Repliqué que esto no era más que construcciones siempre interesadas. Le hablé de la caída de la URSS y del fracaso de la revolución nicaragüense. Se quedó en silencio varias veces, pero nunca me atemorizó, era buena gente. Repuso mirándome, que en Colombia el día de la revolución iba a ser diferente. Precisamente, en este punto discutimos largo y tendido sobre lo difícil que sería unir regiones y un mapa tan variopinto como el colombiano en todos los temas. Coincidíamos de a poco.

Llegaban noticias con algunos campesinos del caserío que varias vueltas río abajo estaban las pirañas del Ejército, como le llaman a esas lanchas rápidas de guerra de última generación que llegaron con el Plan Colombia. Temí un posible enfrentamiento pero veía a los guerrilleros tranquilos. De pronto el comandante habló con sus hombres advirtiendo la situación y diciendo que pasarían la noche allí de ser necesario. Igual, el río baja con la marea, y ya está bajando, no creo que se metan, decía Diego, y nos miraba.

Siguió en la mesa conmigo, a veces se sentaban uno que otro guerrillero que escuchaba la conversación. En un momento me dijo que su único temor era su familia, un hijo de año y medio, y su esposa. Confesaba con confianza, tal vez por mi investidura, que se había marchado desde muy pequeño a la guerrilla buscando oportunidades para dejarle algo a su familia. Trataba de seguirlo en la conversación pero no entendía del todo.

Sin embargo, lo miraba fijamente rodeándolo en confianza, por minutos, quizá segundos. Ya no era el comandante Diego, era el hombre, el niño, el joven, el adolescente que un día huyó. De pronto volvía abruptamente a su rol, entonces era de nuevo el comandante. En ese juego con el cual se desnudaba de a pocos duramos algunas horas. Me explicó que la guerra era mala y me preguntó si Jesús aceptaría la guerra, a lo cual respondí que no. Después ajustaba mi respuesta a su explicación diciendo que ellos, las Farc no querían la guerra pero que los habían obligado a tomar las armas cuando les negaron la posibilidad de una reforma agraria hacía mucho tiempo, y que ahí comenzó todo. Pero que no querían la guerra, y que él personalmente solo quería dejarle unas vacas y tierrita a su familia. Después de esto se marchó selva adentro, nos despedimos de abrazo. Traté de entender su discurso de paz acompañado de su fusil café de origen ruso, colgado al hombro.

En el caserío dure dos días más, quedé muy pensativo y escribí incesantemente  mis comprensiones sobre este encuentro un poco surrealista. Meses después supe que el comandante Diego había caído en combate. Y hoy años después me interrogo qué pensaría del proceso de paz. Su hijo debe estar grande, quién sabe de su mujer. 

*Por Charli Spansky