Discursos de odio

Por todos lados el odio se ha convertido en tema de campaña. Un odio de otros tiempos: un odio de muros para separar naciones, de códigos de vestimenta, de requisitos raciales y étnicos. Un odio que sólo se puede entender como parte de una amnesia generalizada.

Ha sido un año de debacles democráticos: el Reino Unido resquebrajado tras el brexit, el impensable Trump en EE.UU., y nosotros, claro, con nuestro país roto en un 50,2 % luego del plebiscito. Pero detrás de todo, un denominador común: los discursos de odio.

Están por todos lados. Los políticos que acusan a grupos minoritarios de sus fracasos. Grupos de extrema-lo-que-sea convencidos de que le problema no es de ellos. En Francia prohiben los burkinis, en Inglaterra atacan a cualquier persona que parezca extranjera.

Por todos lados el odio se ha convertido en tema de campaña. Un odio de otros tiempos: un odio de muros para separar naciones, de códigos de vestimenta, de requisitos raciales y étnicos. Un odio que sólo se puede entender como parte de una amnesia generalizada. Sólo el olvido de las atrocidades que hemos cometido como especie puede explicar que Trump exista en EE.UU., Marine Le Pen en Francia, la Lega Nord en Italia. Por todos lados el odio: nasty women y bad hombres.

Odiamos, parece, porque tememos. Porque la diferencia aún sigue siendo un problema para muchos. Odiamos porque para lo inexplicable de la violencia no hay cura más rápida –aunque superficial– que el señalamiento. Odiamos, parece, porque estamos llenos de terror al terror. Porque las bombas del medio oriente empiezan a tronar en nuestros oídos. Y por eso, “Trump dice las cosas como son”. Por eso, “Acá las FARC nos van a matar si no lo hacemos primero”. Por eso, “tenemos que sacar a estos musulmanes antes de que acaben con lo que hemos conseguido”.

Y si en el primer mundo el demonio son los inmigrantes (los de México y los de Irán), acá el plebiscito nos dejó un demonio de otros tiempos: el terror a la diversidad, la angustia de las libertades sexuales, la defensa –tan anacrónica e irreflexiva– de la familia.

Colombia se salió del clóset cristiano el pasado octubre. Cristianismo, digo. Lo digo haciendo referencia a todas las corrientes religiosas que se desprenden del catolicismo y que se construyen bajo visiones de mundo que excluyen ideas contrarias a las suyas. Lo digo pensando en las iglesias y sus pastores que condenan a las llamas a las comunidades LGBTI, a los ateos, a los agnósticos y a las mujeres que deciden configurar su propia versión de familia. Esas: las iglesias de los púlpitos enardecidos que promueven la eliminación de quienes no cabemos en sus sermones azarosos. Y dentro de esos sermones no cupo el SÍ. Dentro de esos sermones lo pactado en La Habana acababa con su visión de mundo, destruía la familia, instauraba la “ideología de género” (concepto tan nuevo y borroso como el “castro-chavismo”) en el país.

Y mientras algunos sacerdotes y el mismo Papa le dieron el espaldarazo católico al SÍ desde los púlpitos más tradicionales, las otras iglesias apoyaron el NO desde canales más contemporáneos. Canales como Youtube en el que Oswaldo Ortiz, por ejemplo, habla como un personaje de la Guerra Fría sobre el lobby gay de los medios de comunicación y de como “La comu” –como se refiere a la población LGBTI– tiene una agenda innegable en la política nacional. Hace unas semanas, y luego de recibir denuncias, Facebook cerró la página de Ortíz. Las denuncias lo acusaban de promover discursos de odio.

El plebiscito instauró el discurso cristiano en la política colombiana. Suena, insisto, como algo de otra época, pero sólo hace falta girar los ojos hacia Brasil y anteponerse a las posibilidades. La política colombiana: dividida y ad portas de una carrera presidencial incierta. Una política en la que partidos como el Liberal albergan en sus filas a Vivianne Morales, gran opositora de la igualdad de derechos de las comunidades LGBTI, y en la que Alejandro Ordóñez –con Álvaro Uribe como escudero– esgrime la religión como base de discusión política.

Y es peligroso, porque la fe no invita al diálogo sino a la doctrina. Es peligroso, porque la verdad construida a partir del dogma es una verdad que no se negocia en tanto es una verdad finita. Es –en fin– peligroso que los intereses de grupos religiosos crucen nuestra política endeble. Es peligroso porque es una razón más para dividirnos y esa división, esa polarización, es el terreno más fértil de los políticos mediocres.