Desde una frontera agrícola

El municipio de Calamar, alguna vez llamado 'Calafarc', fue escenario del más reciente Encuentro Regional por la Paz. 

Un pequeño municipio ubicado en el centro del Guaviare fue protagonista del más reciente Encuentro Regional por la Paz organizado por la Oficina del Alto Comisionado en asocio con la Ruta Pacífica de Mujeres y con el apoyo de Juventud por el Guaviare e INDEPAZ. Calamar surgió en el albor del siglo XX a orillas del rio Unilla y aunque hay cuentos sobre ello, nadie sabe por qué tuvo ese nombre marino en estos confines. De lo que sí saben sus habitantes, porque la han vivido en carne propia, es de la guerra.

Caucheros, explotadores de la selva y de los indígenas, aprovecharon la siringa natural y durante décadas comercializaron este producto con distintas casas en Manaos. Fueron los tiempos de los depósitos de látex a orillas de los ríos, de lo que quedan pocos vestigios solo en linderos entre Guaviare y Vaupés, al sur de Miraflores, en medio de inimaginables rápidos, lagunas y cascadas. El caucho que salía de Colombia iba a parar a Alemania y por ello el Gobierno central puso freno a la exportación al sur cuando se alineó contra los germanos al término de la II Guerra Mundial.

Las selvas fueron concesionadas a la compañía gringa Rubber Development, la que empezó a llevar la goma hacia el norte lo que dio origen al camino que se volvió carretera entre Calamar y San José del Guaviare. Después vino la colonización del “retorno del hombre al campo” a finales de los años 60s y la manigua se llenó de campesinos, desposeídos por la guerra liberal-conservadora, buscadores de tierra y de mejor fortuna. Como ha ocurrido casi en toda la Amazonía norte, Calamar también fue testigo de bonanzas de maderas, pieles, pescado y coca, pero ello fue también producto del olvido.

Bogotá administró hasta hace poco mas de veinte años a toda la Amazonia bajo el régimen de un Departamento que desde la Presidencia decidía el poder territorial. La creación de Mitú para atender en algo la frontera con Brasil fue lo único destacado en un siglo. Jefes políticos locales repartieron los pocos cargos existentes gracias a la milimetría del Frente Nacional mientras la ocupación de la selva por parte de colonos se adentraba por doquier sin seguridad, sin apoyo, sin servicios, ni infraestructuras. Sin gobierno. La coca se volvió reguladora y motor de todas las relaciones sociales.

Esa bonanza inigualable cayó en los 80s. Con la crisis de precios de la pasta base, aparecieron las primeras juntas comunales y los sindicatos agrarios que se destacaron por liderar protestas reclamando garantías políticas, vías, escuelas y sustitución de cultivos de coca. La región vivió el experimento de la Unión Patriótica, la que también aquí fue exterminada a bala con la complicidad de sectores estatales. Aun así, en Calamar dicho movimiento mantuvo la Alcaldía hasta el 2003. Pero entonces el gobierno de la época ordenó una masiva judicialización y el encarcelamiento desapareció lo que no había podido el sicariato.

El bloqueo a la lucha política y social le dio más vuelo a las FARC, las que se habían asentado en el sur del Guaviare y controlaban casi todo. La prensa acuñó un despectivo término para el municipio: Calafarc, le llamaron, estigmatizando a sus habitantes y ambientando la pretensión de consolidación estatal. El piloto de Zona de Reserva Campesina que fue el primero en el país que planteó una distribución equitativa de la tierra y un manejo sostenible del bosque nativo con venta de servicios ambientales, cayó en desgracia y solo recién, dicen sus líderes, se ha vuelto a activar. Pero ahora la mayoría de las 500 mil hectáreas que componen dicha zona están en manos de latifundistas y sufren de un modelo más depredador que la coca: la ganaderización extensiva.

Los colonos se fueron monte adentro una vez más luego de ofensivas paramilitares, de fumigaciones aéreas, erradicaciones y proyectos de bajo impacto que llegaron solo hasta las veredas cercanas a los pueblitos, ampliando otra vez la frontera agrícola y llegando a resguardos, parques naturales y lo que queda de reserva forestal. Ellos desde allí, nuevamente piden sustracciones de la reserva, reconocimiento de su ocupación, construcción de infraestructuras y… sustitución de cultivos. Pero esta vez, la región tiene expectativas por el resultado del acuerdo con las FARC: Esperanzas viejas y desafíos nuevos.

“Y quién responde por los jóvenes, hijos nuestros que se fueron a la guerrilla, que nunca volvieron y que quizá estén muertos?” dijo alguien en el Encuentro. “Nosotros estamos con los brazos abiertos esperando a nuestros hermanos que fueron llevados a la guerra” dijo un Nukak. Un ganadero aseguró que en su vereda viven tranquilos, pero le preocupa lo que pase “después de que los mechudos se desmovilicen”. Él, como todos, espera que esta vez el Estado asuma la seguridad en serio del territorio que sea dejado por los insurgentes y se acaben por fin los impuestos ilegales.

El Encuentro Regional sirvió como espacio para aclarar dudas sobre zonas veredales y fue escenario de ideas e iniciativas. Surgieron voces que pidieron no esperar a que el gobierno les diga qué deben hacer, sino que ya mismo, están planteando recuperar la figura de zona de reserva campesina, a partir de diálogos territoriales entre indígenas, afros y colonos; grandes y pequeños propietarios; gremios y asociaciones; jóvenes, mujeres y viejos; viendo el proceso actual como una oportunidad de crear alianzas para la construcción de una nueva apuesta.

 

*Observatorio de cultivos y cultivadores declarados ilícitos OCDI GLOBAL-INDEPAZ.