Derrotar el miedo

Este sentimiento, inherente al ser humano,se ha usado como fortín político, como argumento para votos y guerras. El miedo, sumado al odio, no deja espacio para la reconciliación.

El miedo es una emoción inherente a la condición humana. Desde que nacemos y venimos a un mundo que no conocemos, sentimos mucha curiosidad e interés por descubrir todo lo que nos rodea, también sentimos miedo por aquello que nos parece desconocido.

El uso del miedo como un recurso político tiene una larga tradición. Es muy común que distintos sectores, apelando a movilizar a la ciudadanía a tomar una decisión política determinada, a lo largo de la historia hayan utilizado el miedo como catalizador de la acción política.

En un país marcado por la violencia social y política, el miedo ha sido una emoción que nos ha acompañado en nuestra cotidianidad. Todas las generaciones, independiente del momento histórico del que hablemos, han tenido muchas razones para sentir miedo. La violencia política de los 50, el bandolerismo, las guerrillas, los paramilitares, la delincuencia común, el narcotráfico, la intolerancia social, por solo mencionar algunos, son elementos que han infundido el miedo en nuestra sociedad.

La clase política y los grupos legales e ilegales con intereses en juego en el espacio público tienen muy claro lo efectivo que puede ser generar condiciones para la acción política precedidas y sustentadas en el miedo. Sumándole el miedo a otros sentimientos como el odio, la venganza y el rencor, el coctel emocional que nos ha movilizado políticamente por mucho tiempo es enorme. El más claro ejemplo fue el resultado del plebiscito del 2 octubre de 2016 donde, así sea por muy poco, el discurso del miedo históricamente arraigado le gano al discurso de la esperanza basada en expectativas e ilusiones llenas de optimismo y a la vez de incertidumbre.

En este momento vemos, como en medio de un escenario que debería llamarnos más al optimismo, después de la reintegración de las FARC a la vida civil, otros sectores legales e ilegales siguen insistiendo en el miedo como su principal recurso de acción política.

Hoy, el miedo adquiere otras formas y otros escenarios, sobre todo en el escenario de lo urbano. Vemos como la inseguridad ciudadana, la delincuencia urbana y otros fenómenos, quizás efectos colaterales del proceso de paz, empiezan a llenar la agenda política, mediática y ciudadana.

Todo esto, acompañado del sentimiento generalizado de pesimismo, por la corrupción, los desastres de la infraestructura, la desconfianza frente a la clase política, el creciente y peligroso sentimiento “antivenezolano” en muchas ciudades y la complicada situación económica, hace que los miedos tengan un caldo de cultivo mayor en la opinión pública.

Es claro que la situación que atravesamos no es la mejor, pero como sociedad deberíamos pensar en capitalizar y canalizar nuestras emociones de otra manera. Otras sociedades conducen su desazón y desconfianza hacia procesos de cambio político marcados por el empoderamiento ciudadano. Otras sociedades luchan en medio de la adversidad por mantener sus valores democráticos. Nuestra historia ya nos ha demostrado que siempre que actuamos impulsados por el miedo terminamos sacrificando nuestros propios derechos y libertades. No permitamos que eso vuelva a ocurrir.

Una sociedad democrática, que busca consolidar la paz, debe, independiente de la pluralidad ideológica, propender por derrotar al miedo como elemento valido y legitimo en la deliberación pública. Los colombianos merecemos, al menos por una vez, un escenario político marcado por la controversia ideológica de los argumentos y las propuestas y no por los rumores, los insultos y las mentiras, pero sobre todo donde el miedo no prime a la hora de tomar las decisiones mas importantes para nuestro futuro.

Es el miedo y son las mentiras las que obstaculizan los verdaderos procesos políticos democráticos y pluralistas. No dejemos que el miedo vuelva a ganar, derrotémoslo.