Demoras, turbulencias y soluciones

Qué bueno sería que el Presidente Santos y su equipo, aplicando el principio de que nada está acordado hasta que todo lo esté, entendieran que dándole la oportunidad a quienes proponen la reapertura de algunos puntos se podrían zanjar casi del todo las actuales diferencias.

Pasamos por un momento de dos grandes preocupaciones nacionales: una muy publicitada, generada por la incertidumbre sobre los posibles resultados del plebiscito ante lo acordado en La Habana, y otra, casi soterrada, de la cual poco se habla: la necesidad de adoptar de inmediato una reforma tributaria apremiante, que elevando algunos impuestos como el IVA y aterrizando y disminuyendo otros, genere un mayor recaudo fiscal compensando la conocida caída en la renta petrolera que hemos padecido.

Sobre la primera, el jueves pasado tuvimos la oportunidad de escuchar en la sede del partido Conservador las explicaciones dadas por los doctores De La Calle y Jaramillo, jefes del equipo negociador del gobierno en La Habana.

Quedó claro que estamos aún lejos de la firma definitiva del acuerdo de paz, porque, según explicaron, no se ha terminado de negociar aún el último punto de la agenda. Además fuimos enterados sobre una gran cantidad de salvedades sobre temas que creíamos ya cerrados, formuladas por ambas partes, que abarcan una gran variedad de temas.

Deduzco de lo escuchado, que faltan unos meses más para finalizar las negociaciones y firmar el acuerdo; por lo que el plebiscito no podría ser convocado antes de finales de Octubre, dejando sin tiempo al ejecutivo para sacar adelante en el Congreso la urgente reforma tributaria que le evite al país caer en el abismo económico de la pérdida de la favorable calificación que ahora tenemos, la caída en el empleo, además de inflación y devaluación desbocadas.

Es lamentable que el Presidente Santos, por temor a perder el plebiscito, haya decidido aplazar la presentación al Congreso de esa reforma tributaria y deje de lado la necesaria pedagogía para aclimatarla y hacerla entender por todos como algo inevitable y necesario. Está jugando con candela pues podría quedarse, para mal de todos, sin el pan y sin el queso.

De otro lado, vemos crecer el tono de las voces, de quienes sin ser enemigos de la paz, claman por la reapertura y renegociación de algunos puntos muy sensibles ya negociados con la guerrilla, como el de la justicia, en el tema de ese nuevo y poderoso tribunal que se anuncia y el de las penas alternativas a imponer a los jefes guerrilleros que cometieron delitos atroces y ya han sido condenados.

La tremenda polarización política que vivimos y el desconcierto de gran parte de la población, se origina, entre otras cosas, en la queja de los contradictores del gobierno por no haber sido nunca escuchados ni tenidos en cuenta durante estos largos años de negociación.

Qué bueno sería que el Presidente Santos y su equipo, aplicando el principio de que nada está acordado hasta que todo lo esté, entendieran que dándole la oportunidad a quienes proponen la reapertura de algunos puntos se podrían zanjar casi del todo las actuales diferencias. Evitando tal vez así, las agrias discusiones que a diario presenciamos que le hacen tanto daño al clima de convivencia nacional.

Incluso, estoy seguro, que esto sería benéfico para las FARC en su anunciada transformación de grupo subversivo alzado en armas, a partido político que le apueste al sistema democrático para sacar adelante sus propuestas. De este modo ganarían en legitimidad y reconocimiento.

Sería deseable, entonces, que se varíe la hoja de ruta, acogiendo la renegociación en La Habana de dichos puntos, dándole prioridad mientras eso ocurre a la pedagogía y la aprobación del grueso tema tributario.

Así se podrían solucionar estas dos grandes amenazas de hoy. Pero sobre todo, se pondría fin a la malsana división que vivimos sobre el tema de la paz, marcándole un nuevo y claro rumbo  a nuestra ahora maltrecha economía.

*Profesor Universitario y Consultor económico.