De un secuestro y de un hijo reclutado, aprendí que quiero la paz

La paz es un derecho que merece cada colombiano, sin discriminar raza, sexo, nivel económico y demás. Es hora de que los colombianos nos demos la oportunidad de acabar con este flagelo y nos unamos para acabar con el caldo de cultivo de la guerra: la pobreza, la desigualdad y la falta de oportunidades. 

 

Nuestros padres ganaron la guerra

y nosotros ganamos la paz.

Himno a Santiago de Cali

 

Tengo la esperanza de que la paz sea un hecho, no por apoyar a un político ni porque sea un trending topic en las redes sociales. En el año 2000, con varios de mis familiares compartíamos un fin de semana con puente incluido en la finca de una de mis tías, en el corregimiento de la Buitrera, zona rural del municipio de Cali. Eran las 10 de la noche y ya era hora que junto a mis primos fuéramos a dormir después de muchos juegos durante el día, éramos quizás 7 niñas y niños que rondábamos entre los 7 y los 12 años.

Llegando a la 1 de la mañana, desperté tras un fuerte estallido, mirando a mi alrededor no fui el único, uno de mis primos mayores comento: ‘esos son disparos’, asustados salimos del cuarto. En la sala estaban 2 de los 8 adultos que nos acompañaban, mi felicidad fue extrema al ver que se trataba de mi madre y una tía que se habían quedado. Abrace a mamá fuertemente, que con cara asustada me abrazaba, mientras mis otros primos preguntaban: ¿dónde están nuestros papás?, estas dos mujeres borraron el susto de sus rostros de inmediato y respondieron que los demás adultos estaban detrás de un ladrón que había entrado en la finca del vecino, y prosiguieron a invitarnos hacer una oración, colocaron una música de fondo para dar gracias a Dios y ante la inusual invitación a orar a esa hora de la madrugada para pedirle protección a Dios, medio zonambulos seguíamos sin entender que pasaba.

Quizás la música o las luces que prendimos empezaron hacer eco en el lugar, alguien toco a la puerta y mi mamá fue atenderla. Ella intento no abrir mucho la puerta, sin embargo, los demás alcanzamos a ver que hablaba con un militar, nos dio tranquilidad en ese momento. Cerraron la puerta y mamá apago el equipo de sonido, sin dejar terminar la última canción con la cual nos inspirábamos para seguir orando. ¿Por qué lo apagas? preguntó mi tía, y mamá le respondió: acaban de ordenarnos que no hagamos ruido.

El militar o, más bien el hombre que portaba un traje camuflado, era un guerrillero. Los estallidos eran las balas con las que habían atacado a los vecinos de la finca de al lado que no estaban colaborando mucho con el grupo de guerrilleros que acababan de rodear la zona. Los demás adultos que nos acompañaban habían sido llevados a un potrero, algunos de ellos habían sido amarrados y amenazados con ser torturados, estábamos presenciando nuestro secuestro.

Los guerrilleros exigieron a los adultos que les colaboraran con una suma de dinero en efectivo, 150 millones de pesos de esa época para no volar la casa en la que estábamos con nosotros adentro. No contábamos con esa suma y alguno de mis tíos se ofreció a ir a Cali en búsqueda del dinero. Lo dejaron salir, recomendándole que si mencionaba algo a otra gente, los que se quedaban en la finca sufrirían las consecuencias. Mi tío no logró conseguir toda la suma que le pedían, no recuerdo muy bien si fueron 50 millones los que pudo conseguir en ese corto periodo de tiempo, muy a las 4 de la mañana todos los adultos regresaron a casa y ese mismo día, muy temprano todos regresábamos a casa adelantando un día antes nuestro regreso. A los guerrilleros le bastaron los 50 millones como vacuna para dejarnos en libertad.

Soy privilegiado de contarles esta historia y no haber fallecido esa noche con muchos miembros de mi familia. Mientras escribía este artículo, leía en internet noticias sobre guerrillas en el corregimiento de la Buitrera, al parecer en la zona que quedaba a un par de horas de Cali, operaba el ELN. La familia no volvió a esa finca por el miedo a que se repitiera el hecho, crecí odiando a las guerrillas por lo de ese día y en su momento, siendo un adolescente, creía que el mejor remedio para acabar con la guerra era acabar con cada guerillero.

En el 2002 cuando un nuevo presidente se posesionaba en la Casa de Nariño, tuve cierta satisfacción porque finalmente la guerrilla desaparecería. Sin embargo, unas semanas después, Diomar, la mujer que nos apoyaba con el aseo en casa y que queríamos mucho, nos comentaba que en Yumbo, al otro extremo de la Buitrera, en el norte Cali, las FARC acababan de reclutar a su hijo.

Después de estos sucesos, de olvidar aquella noche y de pensar que muchachos como el hijo de Diomar eran reclutados para hacer frente a una guerra que no era de ellos, creo que la paz es un derecho que merece cada colombiano, sin discriminar raza, sexo, nivel económico y demás. Es hora de que los colombianos nos demos la oportunidad de acabar con este flagelo y nos unamos para acabar con el caldo de cultivo de la guerra: la pobreza, la desigualdad y la falta de oportunidades, para que pasemos la página de violencia escrita con sangre y podamos cantar como menciona el himno de Cali, lugar en el que ocurrió esta historia:

Nuestros padres ganaron la guerra

y nosotros ganamos la paz.

*Álvaro Narváez / @narvalez