De espaldas a la opinión

Para que nos encaucemos en la ruta de los países civilizados, en el que podamos disfrutar nuestro derecho a la libertad, tendremos, entre otras cosas, que eliminar las fallas protuberantes que hoy tenemos en nuestra estructura estatal. 

Ahora que se avecina el ingreso a la democracia del partido de las FARC, muy bien financiado y con ventaja territorial, vale la pena hacer algunas reflexiones sobre nuestras imperfectas practicas electorales.

Una vez más, ha sido notorio en estos días, el descarado desdén de nuestros políticos sobre el sentimiento colectivo mayoritario del pueblo colombiano. Revisemos dos hechos puntuales: 

A mediados de semana, a pesar de serias y contundentes críticas que desde los frentes empresariales y sociales se le hicieron al proyecto de reforma tributaria, que pomposamente el Gobierno presentó como estructural, sin serlo, para resolver los problemas acumulados por décadas en la legislación tributaria que nos rige y supuestamente para contribuir a la equidad; las comisiones económicas del Congreso, con apoyo de la totalidad de los partidos, menos solo uno, aprobaron, en relampagueante pupitrazo, una compleja ley de muchos artículos, que nos dará duro en los bolsillos de todos.

Días antes, el Partido Conservador, reunió en su convención a una multitud, que pareció más que de  militantes  una de beneficiarios de mermelada y clientelismo, con el único propósito de elegir una Dirección Nacional de bolsillo de los congresistas, subalterna y abyecta al gobierno; todo esto, en contra vía de las reiteradas manifestaciones que las mayorías conservadoras del país habían expresado en las elecciones presidenciales de 2014 y en el pasado plebiscito.

Pero entonces, ¿por qué son indiferentes los partidos al pensamiento mayoritario nacional, actuando sin temor a la reprobación? 

La respuesta es más simple de lo que podríamos imaginar: porque ellos saben que con la legislación electoral vigente no necesitan del escaso voto de opinión, que solo existe en algunos pocos barrios de las ciudades capitales. Saben que sus resultados electorales son proporcionales a los apoyos presupuestales directos, que el gobierno les proporcione para pequeños proyectos dentro de sus feudos electorales y que, con la compra de votos que puedan agregar, les será suficiente; es decir, su lógica les indica que su elección solo depende  de la mermelada que puedan conseguir.

Por eso a la actual clase política, tampoco les interesa que los organismos disciplinarios de sus partidos funcionen. Para ellos cumplir sus deseos, dichos organismos deberán ser solo decorativos.

Ciertamente para que nos encaucemos en la ruta de los países civilizados, en el que podamos disfrutar nuestro derecho a la libertad, tendremos, entre otras cosas, que eliminar las fallas protuberantes que hoy tenemos en nuestra estructura estatal. 
Las distintas ramas del poder deben estar integradas solo por los más probos y preparados y los partidos políticos deben rendir cuentas por las ideas que promuevan y por los resultados alcanzados. No sigamos con colectividades políticas que viviendo de espaldas a la opinión sean susceptibles de convertirse, con prebendas, en manipulables  apéndices del poder ejecutivo. 

Ojalá el país corrija antes que sea tarde los males que corroen nuestra democracia