De camino al colegio

Ricardo salió caminando de su casa hacia el colegio en compañía de su hermano menor y por absurdo que parezca allí encontró la muerte. La violencia cotidiana -la causada por riñas, ajustes de cuentas, intolerancia o delincuencia común- continúa creciendo frente a nuestros ojos, convirtiéndose en parte del paisaje, alimentándose de nuestra indiferencia. 

Por: John Anzola Morales

@john_anzola

Aquella mañana de agosto, Ricardo salió caminando de su casa hacia el colegio en compañía de su hermano menor. Cada uno llevaba 200 pesos en sus bolsillos, el dinero que su madre les daba diariamente para comprar comida durante la hora del “recreo”. En los inicios de los años 90 con eso alcanzaba para una gaseosa y una empanada.

Después de avanzar unas pocas calles, un atracador apareció con un cuchillo, le pidió lo que llevaba y le terminó asestando una puñalada en el corazón por robarle “lo de las onces”. No fue suficiente que su hermanito corriera para avisarle a su mamá lo que había ocurrido, ni que ella, en medio del desespero, detuviera el primer carro que pasaba para subirlo e intentar llegar al hospital más próximo; Ricardo murió en sus brazos pidiéndole perdón por dejarla. Tan solo tenía 15 años.

Su familia y la mía eran muy cercanas. Fue la primera vez que tuve que ir a un velorio y a un cementerio. La primera vez que presenciaba tanto dolor. En esa época yo tendría alrededor de 9 años y me costaba entender que alguien pudiese quitarle la vida a otra persona por unas monedas -a mí me daban la misma cantidad para mis onces-, más aún cuando esa persona era un niño al que conocía y que lo único que había hecho era salir de su casa para ir a estudiar. Al día de hoy, sigo sin comprenderlo. Nunca lo haré.

Comparto este recuerdo porque, al igual que la de Ricardo, cada año miles de familias colombianas ven como uno de los suyos pierde la vida a manos de alguien, en trágicos e inentendibles acontecimientos, con el agravante de no poder obtener justicia porque nunca se encontró al asesino. Puede que el dolor por la pérdida de un ser querido se oculte o parezca desvanecerse, pero la realidad es otra: nunca desaparece.

Durante décadas, de manera consciente o no, culpamos casi que exclusivamente a los carteles del narcotráfico, a las guerrillas y a los paramilitares por las muertes en este país. ¿Cómo no hacerlo? Mi generación creció siendo testigo de los asesinatos ordenados por los narcos, con el sonido de las bombas y con las imágenes de los atentados que destruían edificios enteros o derribaban aviones llenos de pasajeros. Después, con el recrudecimiento del conflicto interno, vendrían las masacres, los desaparecidos y los millones de desplazados que llegaron a las ciudades huyendo de la violencia en el campo.

Sin embargo, la violencia cotidiana -la causada por riñas, ajustes de cuentas, intolerancia o delincuencia común- también continuó creciendo frente a nuestros ojos, convirtiéndose en parte del paisaje, alimentándose de nuestra indiferencia. En este sentido, según cifras del Instituto Nacional de Medicina Legal, solamente en el año 2015 aproximadamente 11.600 colombianos fueron víctimas de homicidio, siendo posible establecer las circunstancias del hecho para alrededor de 3.500 casos. De estos, cerca del 10% estuvieron asociados a la violencia sociopolítica en el marco del conflicto armado.

No se trata de negar o minimizar el daño y el dolor que los grupos armados nos han causado a millones de colombianos. Todo lo contrario. Se trata de reconocer que estamos ante la extraordinaria posibilidad de detener una parte importante del derramamiento de sangre que ha sufrido Colombia durante los últimos cincuenta años, de reparar y dignificar a las víctimas, de dejar la guerra atrás y de, al mismo tiempo, empezar a cohesionarnos para trabajar juntos por la construcción de una sociedad que tenga como principal valor el respeto por la vida. Un país en donde, precisamente, podamos lograr una convivencia tranquila y pacífica. Encontrándonos frente a esta oportunidad ¿por qué negárnosla?

Es hora de intentar pasar esta triste página de nuestra historia y mirar hacia adelante, aunque el dolor no desaparezca. Una paz estable y duradera va mucho más allá de la firma de un acuerdo. Se requiere, además, del fuerte compromiso de cada colombiano para evitar que el conflicto armado retorne y que crímenes como el de Ricardo se repitan. Para que la tragedia no sea parte de nuestro día a día.